Amadas del Señor

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Estos días un gran número de mujeres, vírgenes consagradas, han sido convocadas para reflexionar sobre la pregunta, ¿“quién soy”?. Así, desde un mayor autoconocimiento en el que se revela en la oración y el trato personal con el Señor, se saben amadas como esposas de Cristo e hijas de Dios.
Cada virgen se reconoce como esposa de Cristo, y ello es lo que la identifica. Esta relación con Jesús brota del interior en el que Cristo con el Padre y el Espíritu moran. Ya no necesitan buscar a Dios en el exterior, sino dentro de sí para desde ahí ponerse en camino y salir hacia el otro, al que se entregan como a Jesús mismo.
En este camino de interioridad con el Esposo saben que su vida ya no les pertenece, sino que en todo dependen de él. Son habitadas por Dios pero no para permanecer mirándose a sí mismas sino para correr a atender a sus hermanos, que esperan una respuesta de ella.
El amor las apremia y no pueden permanecer quietas. Miran la cruz de Cristo, porque en ella se sienten consoladas y amadas. Ya no se pueden ver de otro modo. La cruz del Señor las hace sentirse queridas. En ella ponen toda su confianza y la entrega de la vida. Este darse conlleva una donación continua. Ya solo pueden vivir del amor del Esposo. A él dedican toda su existencia. Él vive dentro de ellas, pero este les llama, para que en su relación con él, puedan darse sin reservas.
El fin de la virgen consagrada es la vida eterna. A ella se conducen. Pero ya aquí viven la eternidad, porque pueden ver el cielo en la tierra, porque Dios mora dentro de ellas. Es el lugar sagrado, el nuevo Santo de los Santos. El misterio de su humanidad se llena de una presencia misteriosa de Dios, que las cubre, las envuelve y las colma por completo. Ya están aquí, en este mundo sabiendo que el cielo está dentro de ellas.
Por ello, la vida se vuelve una existencia que se llena de belleza. El misterio en el que viven las ayuda a celebrar eso por lo que se entregan. La acción de Dios se vuelca en ellas. Pueden celebrar con un nuevo gozo eso que tienen en su interior. Toda su vida se convierte en acción de gracias. Vive en una eucaristía continua. La verdad de Dios se les hace presente en la vida y les reclama el corazón que se vuelve un faro de luz y belleza que irradian allí donde se encuentran. La vida se colma por la celebración del misterio que es la entrega de Cristo hasta el final. Convierten su existencia desde un sentido pascual, que las lleva a vivir hoy de la entrega de Cristo, que culmina en la Pascua. La vida se convierte en pascua. Todo habla de resurrección y en ese misterio son llamadas a vivir. Descubren que son las esposas del Resucitado, que la hace mirar todo con un sentido de eternidad. Viven del amor del Esposo, que las dice y susurra en su interior que solo a él le pertenecen. Son suyas. Cada una es única e irrepetible. Son un don de Dios para ellas mismas y para toda la humanidad. Pueden vivir unidas a su esposo, que las reclama una entrega virginal. Cada virgen consagrada puede tener una existencia que desde la belleza de su vocación se revela al mundo como un don que está llamado a darse.
Vivir así es una gracia. Por ello, ellas estos días han tenido una experiencia de comunión que las ha ayudado a crecer en el conocimiento de lo que son. Solo pueden vivir como esposas. Ellas se han unido, se han escuchado y se han sentido amadas por un Dios que habitando en medio de ellas, las reclama la entrega personal de la existencia, para que el otro pueda oler una vida derramada por el bien de toda la humanidad.
Belén Sotos Rodríguez