El misterio trinitario desde la escritura para el hombre de hoy
mar-olas-nubes-tormenta-viento-luz
El hombre de hoy como Moisés necesita acercarse a la montaña, a la presencia de Dios, para poder escuchar esos mandatos divinos, y tomar esas tablas que le hablan de la voluntad de Dios en su vida. Pero, el hombre de hoy rechaza la presencia de Dios en su existencia, no está capacitado para reconocer a Dios como aquel que quiere entrar dentro de él, porque no siente necesidad de él, y así rechaza ese designio de Dios para él, porque lo ve como algo impuesto y no como un bien que lo hace libre.
Dios se manifiesta en el monte a Moisés y cada uno de nosotros. Pero el Señor baja en forma de nube. Esta nube es la presencia del Espíritu que viene al hombre y le quiere cubrir. El hombre y la mujer de nuestro tiempo no se siente en ocasiones capacitados para percibir esta presencia del Espíritu. Muchas veces podemos cubrir de un falso espiritualismo nuestra existencia, aunque también encontramos signos en los que el Espíritu se hace presente en el mundo y en los hombres de hoy. El surgimiento de nuevas formas de expresión de la fe, como el crecimiento de las formas ya más consolidadas hacen que aparezcan las señales y los frutos que el Espíritu regala al hombre de hoy. Por ello, en medio de la oscuridad el Espíritu se presenta en una nube que trae luz, descanso y claridad al hombre. La nube que nos previene del sol y del agobio de la existencia es el Espíritu mismo que nos quiere dar aliento en medio de la dificultad. Por tanto, Moisés pronunció el nombre del Señor que quiere salvar al hombre y revelarse en su existencia. Este Dios que se hace patente al hombre es un Dios lleno de amor y misericordia, fiel y leal, que viene a transformar al hombre. El hombre de nuestro tiempo necesita ahora más que nunca experimentar en su vida la misericordia de Dios, que viene a unirse a la miseria humana, con un corazón que desborda a todo hombre y mujer de nuestro tiempo. Se hace necesario que el hombre encuentre esa misericordia divina sin la cual la existencia no es posible, y se reduce solo a "un ir pasando" en este mundo en la vida muchas veces sin sentido, porque no se ha dejado iluminar por el amor de Dios. Así, al hombre y a la mujer se le reclama reconocer que es criatura ante Dios y solo puede depender de él, para postrarse, como Moisés en su presencia. Solo de esta manera se sentirá acompañado, dejará de mirarse a sí mismo, podrá recibir el perdón de Dios, que quiere limpiarle para darle una vida nueva.
Pero esta vida nueva que nos recuerda San Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Cor 13, 11-13) se reviste de los frutos del Espíritu, que son: la paz, la alegría y el amor. Con ellos el hombre se ve colmado por completo. El hombre y la mujer de hoy en ocasiones no viven desde la paz. Su corazón está dividido y roto. Ven la paz como ausencia de guerra. Pero la paz es el don por el que el hombre se reconoce como hijo de Dios. Solo desde la filiación, en la que Dios es Padre, el hombre puede tener esa caridad, que está en el origen, porque Dios es amor. Así, como marca el Apóstol de los gentiles, la gracia que se desborda en el don del Hijo, el amor de Dios como la caridad perfecta a la que el hombre es llamado, y el Espíritu como el vínculo de comunión entre el Padre y el Hijo hará posible que el hombre y la mujer recupere esa comunión con Dios, con la creación con el otro, y consigo mismo, que el hombre por el pecado había perdido.
La alegría brota de un corazón agradecido que vive la existencia no como un derecho sino como un don inmerecido. Así, la santidad como don de Dios, será el fin por el que el hombre ha de trabajar. Está será el objetivo cumplido del hombre en esta tierra y la alegría que brota de su corazón será el signo más manifiesto. Pero, el hombre y la mujer de hoy buscan en ocasiones ser buenos, pero no santos. Buscan sentirse satisfechos con lo que hacen pero sin ver un plan de salvación de Dios en sus vidas. Solo cuando superemos esta sensación de que Dios nos quiere arrebatar la alegría y el júbilo, porque le vemos como una imposición, seremos capaces de vivir la vida como un don que está llamado a comunicarse. La tristeza y la resignación que brota de un corazón que se ha puesto como el centro darán paso a la alabanza y la adoración de un corazón que pone su centro en Dios. La santidad será nuestra mayor tarea. Recibiremos el beso del Espíritu que transforma nuestra afectividad herida en un camino de entrega y servicio hacia los demás. Esta actitud tiene su origen en el Hijo y en el Padre. El Padre envía al Hijo para que el hombre viva ya la vida eterna y la salvación. El amor del Padre se revela en la actitud de ofrenda del Hijo, que viene a redimirnos. Así, por el don del Hijo en el Espíritu, el hombre puede salvarse. Esta salvación supone creer en el Hijo que desde el amor se ofrece por el hombre. Este es el reclamo que Dios pide al hombre: vivir como hijo desde el don del Espíritu para reconocer en Jesús al Señor que quiere unirse a él, para cambiar su vida. El hombre y la mujer de nuestro tiempo necesitan reconocer que Dios viene a ellos para llenarles de su Espíritu, que se refleja en muchos momentos en su existencia, y que le lleva a la gratitud, para saberse hijos en Jesús, por lo que son hechos hermanos.
El misterio trinitario viene hacerse presente al hombre de hoy cuando se abra a su acción, y le quiten esos impedimentos que le hacen llevar una vida sin Dios. Cuando el hombre se abra a la vida entonces podrá saltar de júbilo porque el amor de Dios ha entrado en él, Muchas veces vivimos en la oscuridad y en la tiniebla, pero el Espíritu del Hijo quiere llenarnos de luz. Vemos muchos signos de esperanza en un mundo en el que la presencia de Dios, puede no ser tan manifiesta. Pero, Dios viene, se hace presente. La Trinidad quiere habitar en nosotros. Muchos sentimos esa presencia. Te invito a que también puedas vivir de este misterio, tan real y tan cercano, también para nosotros.
Belén Sotos Rodríguez