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San José es padre, silencio y cariño

San José es padre, silencio y cariño

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Cuando uno tiene el corazón en paz, vive feliz, muy feliz, se encuentra en su lugar, puede haber luchas y problemas, pero sabe que va por buen camino. Es algo que no llega de un día para otro, sino por medio de un proceso de acompañamiento que le muestra por dónde tiene que encaminar sus pasos. Todos empezamos a andar a gatas. Con el paso del tiempo y ayuda, damos los primeros pasos. Y cuando tenemos seguridad en nosotros mismos, caminamos con paso firme, pero sin dejar de lado ni quitar la vista de aquel que nos ha guiado desde que andábamos a gatas. Ver crecer a un niño es algo que ensancha el corazón. Lo mismo sucede a nivel espiritual cuando un sacerdote tiene el gozo de encontrarse con alguien que camina hace tiempo sin ayuda, pero que en su vida interior todavía anda a gatas. Lo ve, se da cuenta que necesita ayuda, se la presta y todo cambia. Comienza una vida nueva cuando ese andar a gatas se convierte en un corretear por aquí y por allí hasta que comienza levantar las manos. Quiere ya dar algún paso de pie, pero sin darse cuenta que son sus primeros pasos. Es algo que lo lleva en el corazón y busca lo mejor para su alma. Se siente protegido. Sabe bien que hay una mano que tiene siempre apretando la suya. Poco a poco esa mano, con mucho cuidado, tira, cuando se puede, para que se levante más del suelo y todo termine en un caminar y subir altas montañas con la firme decisión de vivir en esperanza para llegar un día al cielo.

Esto no es una imagen simbólica. Es algo real que todo padre vive en primera persona con sus hijos y también cada sacerdote con aquellos que Dios pone en su camino como hijos espirituales. No es fácil ser padre ya sea en la sangre o en el espíritu. Eso no quita para que no sea una vocación apasionante y entregada. ¡Ser padre! ¡Cuidar de los hijos! ¡Verlos crecer! ¡Enseñarles a caminar! Es algo que enciende del todo el corazón, ser padre… Ser padre es vivir unido a tus hijos que te llaman, te piden ayuda, te cuentan sus confidencias, te dan las gracias, te quieren, te preparan sorpresas, te hacen sufrir cuando lo pasan mal, te muestran que te necesitan para todo… Es lo que precisa todo hijo: un padre que esté siempre a su lado y según pasa el tiempo va dejando que camine a su manera y ritmo; pero sabiendo que ante cualquier dificultad hay alguien esperándole con los brazos abiertos para juntos mirar al cielo. Así aprende de la mano de su padre qué hay que hacer en cada momento concreto de la vida…

No termina aquí esta imagen. Hay que envolverla en el silencio. Sin silencio no se puede hacer nada. El niño no sabe ni puede vivir el silencio a fondo. Es más, muy pocos momentos lo vive así salvo cuando duerme. ¿Cuántas veces tiene un padre que decir a su hijo que se calle, que tenga cuidado, que hable más bajo o cuando es niño de pecho le da de todo para que cese el llanto o el gemido desconsolado? Y a nivel espiritual mucho más. El mundo en que se mueven los hijos en nuestros días no favorece para nada el silencio. El ruido los aturde. Necesitan estar con ruido porque si no se agobian, se bloquean, no saben qué hacer... Eso pasa porque no han puesto la mirada en el silencio de la oración, de la contemplación y de la adoración. Por eso es clave orar en la habitación de casa, contemplar la inmensidad del mar o de un monte que abre el horizonte a lo nunca visto o adorar al mismo Dios que, expuesto en la custodia, espera que un hijo venga con su padre a callar y hacer silencio…

Y como diría San Juan de la Cruz, “entremos más adentro en la espesura”, entremos en el corazón de un hijo. ¿Qué busca? ¿Qué quiere? ¿Qué necesita? ¡Cariño! ¡Cariño de padre que le da todo por puro amor! ¡Amor sincero! Sin cariño todo cambia. Todo se complica. Todo se oscurece. El cariño libera de una manera única porque si no se vive como se debe, se busca en otras fuentes. Al final no es hijo sino esclavo de todo aquello que le parece bueno pero que en el fondo no lo es. ¡Cuántos hijos viven este engaño por no tomar la mano del padre, hacer silencio y descubrir que el cariño es el que te hace levantar la mirada siempre al cielo con alegría, confianza y libertad! Sólo el hijo que recibe cariño es feliz, abre su corazón y con libertad toma decisiones importantes en su vida. Si alguien duda de esta afirmación que mire alrededor entre sus familiares y amistades. Muy pronto encontrará casos de unos hijos y de otros. Es así. Es la maravilla de amar y dejarse amar desde el corazón de hijo…

Todo esto brota de mi corazón en un momento muy especial. El punto de unión de todo lo dicho en estas líneas muestra de un modo muy directo quien ha guiado estos pensamientos después de celebrar la misa en la víspera de su fiesta. ¡Ha sido mi querido padre San José! ¡El glorioso patriarca me ha susurrado todo esto cuando he dejado que me hable al corazón en unión a su Hijo recién entrado en mi cuerpo en la comunión eucarística! ¡El Carpintero de Nazaret lo tenía todo preparado en su taller!:

Tras un largo silencio pongo mi corazón junto al corazón de mi padre San José. Le doy las gracias por todo lo que me regala cada día; y más ahora por mi nueva vida en Valladolid para difundir su vida y su persona. Escucho en mi interior tres palabras que iluminan todo mi ser… Me muestran cómo de distinta es la vida de un hijo cuando conoce, ama y agradece todo a un santo que al mismo tiempo es padre, silencio y cariño.

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