Si no fuera papa estaría en Medjugorje
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Es el extracto de una carta escrita por el papa Juan Pablo II y recogida por su postulador, Slawomir Oder, en el libro “Perché è santo”. Pero paremos un poco en tal anécdota. En el capítulo tercero de la obrita, el postulador pretende centrarse en los aspectos “místicos” del papa polaco. Y tras unos breves apartados sobre la oración, los pobres, o su misteriosa y profética relación con el padre Pío… se centra en el “coloquio con María”. Interesantísimo apartado, más aún cuando algún alto purpurado meses atrás habría comentado que Wojtyla hablaba con la Virgen. Don Slawek ni afirma ni desmiente tal asunto, sólo reconoce que si bien no la veía, sí que la sentía. Y debía ser de un modo especial, como reconocen tantos testigos –muchos de nosotros hemos podido percibirlo- cuando le veían rezar de ese modo tan suyo, en el que parecía suspendido, aislado del mundo, por mucho que multitudes le rodearan y acosaran con cantos y gritos. Wojtyla entraba en una dimensión sobrenatural con tal naturalidad que sus ratos de oración acercaban lo espiritual a la tierra de un modo llamativo. Wojtyla es el Papa de María, no cabe duda, pero contra el sentir casi histórico y de los medios, el papa Wojtyla se sentía más cerca de Medjugorje que de Fátima. ¡Y se sentía el Papa de Fátima!
Volvamos al extracto de la carta. ¿Qué tiene en sí mismo? Más allá de la aprobación personal y absoluta a la veracidad de las apariciones, hay una descripción de su porqué. Toda aparición auténtica tiene un porqué. Un porqué directo, visible, a la par de otro escatológico, más olvidado y despreciado en estos tiempos. Pero Medjugorje tiene sus porqués. Cuando Wojtyla sale de la muerte aquel 13 de mayo de 1981 su historia personal queda vinculada a María, y en concreto a la protección de la Virgen dentro de una historia concreta y brutal narrada por la misma Señora en Fátima: “el papa sufrirá mucho”. La plaza de san Pedro fue testigo mudo de la brutalidad oculta en tal aseveración. Pero no se puede olvidar que un mes después de aquel atentado dan inicio las apariciones de Medjugorje. Wojtyla pudo entender vitalmente la directa relación de Fátima con Medjugorje, representando el vínculo de unión su mismo atentado. Medjugorje continuaría la advertencia de Fátima, donde ahora el sufrimiento del Papa -materializado con su lucha contra la muerte en el Gemelli- debía dar paso, con su milagrosa curación, a las demás advertencias marianas dadas en Fátima y que Medjugorje actualizaría.
Porque la clave era la misión íntima de Medjugorje: “hoy comprendemos mejor esta llamada” diría Wojtyla, como declarando y desgranando el sentido íntimo de Medjugorje: la oración. La vocación íntima y real de “ser llamados a la oración”, pero no de un modo ascético desvinculado de los hitos concretos de estos tiempos, sino como una realidad pegada al barro de los tiempos en el que la gravedad del mal, su fuerza destructora, sólo podría ser detenida en la humilde y sorprendente fuerza de la oración.
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