Todos creemos que somos buenos, hasta que enfrentamos esto
La grandeza no está en no fallar, sino en no normalizar el fallo. Cada acto injusto, cada palabra hiriente, cada omisión debería dolernos
A los pies de la cruz.
Hay una ilusión muy humana, incluso entre los que creemos: pensar que podemos ser lo suficientemente buenos. Que con fe, oración, confesión, actos de devoción y publicaciones piadosas en Instagram, podemos construir una vida que casi no necesite ayuda. Que podemos “ser buenos” por nuestros propios méritos.
Basta un solo día. Basta un solo gesto. Una palabra que hiere. Un pensamiento egoísta. Una indiferencia ante quien sufre. Y de pronto, esa seguridad se revela frágil. La fachada se quiebra. La grieta que intentábamos ocultar con apariencia y moral superficial se abre de par en par.
Ahí está la verdad: no somos buenos. Ni siquiera un poco suficientes. Reconocerlo no es una derrota; es el primer paso hacia algo más profundo. Porque en nuestra debilidad surge una necesidad que la fuerza de voluntad no puede llenar.
Es allí donde entra la misericordia de Dios. No como premio para quienes lo merecen, sino como sostén para quienes admiten que lo necesitan. La misericordia no borra nuestros fallos, pero nos enseña a levantarnos. Nos ayuda a no acostumbrarnos al error ni a la indiferencia.
Vivimos obsesionados con parecer buenos, con mostrar coherencia moral y éxito espiritual. Pero la verdadera fe no se exhibe. Se revela en la humildad de quien acepta su fragilidad. Reconocer que necesitamos ayuda es aceptar que la autosuficiencia es un espejismo. Por nosotros mismos, llegamos hasta un límite.
La grandeza no está en no fallar, sino en no normalizar el fallo. Cada acto injusto, cada palabra hiriente, cada omisión debería dolernos. No desde la culpa paralizante, sino desde la conciencia de que estamos llamados a algo más alto. La misericordia de Dios nos sostiene mientras buscamos mejorar. Nos recuerda que no estamos solos.
Reconocer nuestra necesidad de misericordia cambia nuestra mirada. Ya no se trata de aparentar bondad, sino de buscarla genuinamente. Ya no de juzgar a otros, sino de caminar con paciencia y compasión. Ya no de fingir fortaleza, sino de recibirla de quien puede sostenernos más allá de nuestras limitaciones.
Admitir que no somos plenamente buenos no es un fracaso. Es el principio de todo. Nos saca de la ilusión de autosuficiencia y nos invita a la autenticidad. Nos recuerda que la fe no es un accesorio moral, sino una necesidad vital. Que no podemos sostenernos solos, y eso está bien.
Cada día es una oportunidad para abrirnos a esa misericordia: para ser honestos con nosotros mismos, para buscar ayuda, para perdonar y ser perdonados. La misericordia de Dios nos enseña a ser humanos: imperfectos, necesitados, pero sostenidos por un amor que nunca falla.
Al final, no somos buenos. Somos necesitados de misericordia. Y reconocerlo es donde comienza la verdadera libertad.