Religión en Libertad

Decimos “hágase tu voluntad”… hasta que cambia nuestros planes

Amamos hablar de confianza en Dios, pero cuando el cambio llama a la puerta activamos todas las alarmas. ¿Es miedo al futuro… o resistencia a perder el control?

AbandonoFoto de Klara Kulikova en

Creado:

Actualizado:

Nos quejamos de la monotonía con una disciplina casi monástica. La vida es repetitiva, previsible, plana. “Necesito un cambio”, decimos con convicción. Y, sin embargo, cuando el cambio aparece —en forma de mudanza, giro profesional, ruptura de etapa o simple sacudida interior— activamos un mecanismo de defensa sorprendentemente sofisticado para conservar exactamente aquello que ayer nos pesaba. Queremos novedad, pero sin sobresaltos. Transformación, pero sin desorden. Renovación, siempre que no implique mover los muebles del alma.

El cambio incomoda porque nos desnuda. Nos obliga a reconocer que lo que nos sostenía ya no basta, que las estructuras que construimos con tanto esmero eran, en el fondo, provisionales. Preferimos la monotonía conocida al riesgo de una vida más ancha. Aunque luego nos lamentemos. Con argumentos muy bien elaborados, además.

Hay algo profundamente irónico —y teológicamente revelador— en esta resistencia: muchas veces no es miedo al cambio, sino una forma educada de echarle un pulso a Dios. Le hablamos de abandono, pero con cláusulas. “Hágase tu voluntad”, decimos… siempre que no implique soltar seguridades, empezar de nuevo o atravesar una etapa sin respuestas claras. El abandono nos gusta como concepto; como experiencia, entre poco o nada.

La Escritura no es especialmente tranquilizadora en este punto. Dios no llama a nadie para que se quede donde estaba. Abraham sale sin GPS ni garantías. Moisés es enviado cuando ya había pactado con la mediocridad. Los discípulos dejan redes, ingresos y cierta estabilidad emocional. Y María acepta el cambio más radical imaginable sin pedir un plan B. El problema no es que Dios provoque cambios; es que los hace sin previo aviso y sin consenso emocional.

Nuestra resistencia suele camuflarse de reflexión espiritual. Decimos que estamos discerniendo, cuando en realidad estamos negociando. Pedimos señales claras, confirmaciones múltiples y una paz interior homologable. Dios, en cambio, parece tener predilección por ofrecer solo la luz suficiente para el siguiente paso. Nada más. Lo justo para obligarnos a confiar.

Cambiar duele incluso cuando el cambio es bueno. Siempre implica un pequeño duelo: por lo que fue, por lo que creíamos ser, por las seguridades que nos daban identidad. Por eso resistimos.

No porque desconfiemos de Dios, sino porque aún confiamos demasiado en nuestras propias arquitecturas interiores.

Aquí aparece el núcleo del abandono cristiano. No como pasividad ni resignación, sino como un acto radical de libertad.

Abandonarse es renunciar a controlar el sentido de todo. Es aceptar que Dios no quita por capricho, sino que desplaza para ensanchar. Que no desmonta por crueldad, sino por fidelidad a algo más grande que nuestra comodidad.

El Evangelio no glorifica la estabilidad, sino la disponibilidad. Jesús no promete equilibrio emocional ni planes claros; promete vida. Y la vida, por definición, se mueve. Aferrarse demasiado a lo que fue puede ser la forma más elegante de resistirse a lo que está naciendo.

Tal vez el cambio sea el lugar donde se revela la verdad de nuestra fe. Donde se cae la retórica y queda la confianza real. Donde descubrimos si creemos solo cuando Dios confirma nuestros planes o también cuando los desarma con delicadeza quirúrgica.

Resistirse no evita el vértigo; solo lo aplaza. Abandonarse no lo elimina, pero lo vuelve habitable. Porque no se trata de entenderlo todo, sino de saber —con una sonrisa irónica y un poco de temblor— en manos de quién estamos.

Y quizá ahí esté el acto de fe más sofisticado de todos: decir “sí” cuando Dios decide cambiar las cosas… incluso aquellas que habíamos organizado con tanto esmero.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente