La responsabilidad de ser libre: fe cristiana y decisiones que te definen
La responsabilidad no llega cuando fallas estrepitosamente, llega cuando sabes que podrías haber actuado mejor… y no lo hiciste
La libertad son pequeños gestos cotidianos
Hay un momento —no sé cuándo ocurre, pero ocurre— en el que entiendes que nadie va a decidir por ti. Que ya no hay excusas limpias. Que no puedes seguir diciendo “no sabía”, “no podía”, “no era el momento”. Ese día la libertad deja de parecer un privilegio y empieza a parecer un espejo. Y no siempre gusta lo que devuelve. Perdonen que abuse de su confianza, pero este artículo tiene nombre propio. No lo diré, porque aunque es de mis mejores amigas, me juego la decapitación. Pero va para ella, por valiente.
Durante años pensé que ser libre era no deber explicaciones. Poder moverme sin sentirme observada. Elegir sin sentir culpa. Pero la vida —y la fe, si la escuchas de verdad— te van desmontando esa fantasía con paciencia quirúrgica. Descubres que la libertad sin responsabilidad no te ensancha: te vacía. Te deja sola con tus impulsos y una especie de ruido interior que no se calla.
He tomado decisiones pequeñas que me han definido más que las grandes. Cosas que nadie vio. Palabras que elegí no decir. Verdades que postergué. Gestos que parecían irrelevantes y con el tiempo se volvieron grietas. Ahí entendí algo incómodo: la responsabilidad no llega cuando fallas estrepitosamente, llega cuando sabes que podrías haber actuado mejor… y no lo hiciste.
La tradición cristiana habla mucho del corazón. No como metáfora blanda, sino como centro de gravedad. El lugar donde se decide todo antes de que se note fuera. Y duele mirar ahí dentro sin atajos. Porque descubres que muchas veces no elegiste mal por ignorancia, sino por cansancio. Por miedo. Por no complicarte la vida. Y eso pesa más que el error.
La libertad real empieza cuando dejas de huir de esa conciencia. Cuando aceptas que decidir bien no siempre te hace sentir bien. Que a veces te deja inquieta, descolocada, incluso sola. Pero también más entera. Más alineada. Como si algo por dentro respirara mejor, aunque por fuera te falte el aire.
He aprendido que la responsabilidad no es castigarte por cada fallo, sino no anestesiarte. No justificarlo todo. No llamar “circunstancias” a lo que fueron elecciones. Porque cada vez que me cuento una mentira cómoda, mi libertad se encoge un poco. Y cada vez que asumo lo que hice —sin drama, sin épica— algo se recoloca.
No necesito grandes gestas para saber si estoy siendo libre. Me basta con mirar cómo trato a los demás cuando estoy cansada. Cómo respondo cuando nadie me exige nada. Qué hago con el poder pequeño que tengo cada día: una palabra, un silencio, una decisión que solo yo conozco. Ahí se juega todo.
La fe no me ha quitado la libertad. Me la ha vuelto más exigente. Ya no puedo fingir que no sé. Ya no puedo vivir como si mis decisiones no dejaran huella. Y aunque eso a veces cansa, también alivia. Porque la irresponsabilidad promete descanso y entrega desgaste. La responsabilidad, en cambio, pesa… pero ordena.
Hoy entiendo que la libertad no consiste en tener mil opciones, sino en atreverte a elegir con verdad. Y la responsabilidad no es una losa moral, sino una forma de respeto: hacia la vida, hacia los otros, hacia una misma. Elegir así no te hace perfecta. Te hace consciente. Y eso, en un mundo que huye de la conciencia, es casi un acto de resistencia.
No siempre elijo bien. Pero ya no quiero elegir dormida. Prefiero la incomodidad de la responsabilidad a la anestesia de una libertad sin alma. Porque al final, lo más íntimo que tenemos no es lo que sentimos, sino lo que decidimos hacer con ello.
Y ahí, en ese espacio pequeño y silencioso, se decide quién eres.