Religión en Libertad

Lo humano que es enfadarse… y lo divino que es olvidarlo


Con los años, y sin muchas virtudes añadidas, una desarrolla un pequeño superpoder: el modo olvido

Más difícil hoy que perdonar es pedir perdón. Foto: Melanie Stander / Unsplash.

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Enfadarse me parece casi inevitable. Fruncir el ceño, apretar los dientes, decir “esto no se olvida nunca”… es profundamente humano. Guardar rencor también lo es. Forma parte de nuestra biología emocional, como el café fuerte o esa tendencia a darle vueltas a los problemas una y otra vez.

Pero con los años, y sin muchas virtudes añadidas, he desarrollado un pequeño superpoder: el modo olvido. Ese modo secreto que te permite pensar: “Bueno, no pasa nada… seguimos”. No borra la ofensa de la memoria ni convierte al otro en un santo, pero sí libera el corazón. Es perdón práctico, diario, sin necesidad de discursos heroicos. Y si eres creyente, es un acto de gracia: una manera de imitar la paciencia de Dios sin perder la cabeza.

El modo olvido es una virtud silenciosa. No depende de la otra persona. No exige arrepentimiento ni cartas de disculpa. Es un reseteo interno, una forma de mantener el corazón ligero mientras el mundo sigue lleno de absurdos. Es un ejercicio de humildad y de amor propio, un recordatorio de que la paz interior vale más que la satisfacción de la venganza.

Pero aquí viene el giro teológico: ¿Qué pasa cuando la otra parte guarda rencor? Ahí nuestro modo olvido choca con la realidad. No podemos obligar a nadie a soltar su resentimiento. Y ahí es donde entra la oración. Rezar se convierte en la estrategia más sabia: un perdón extendido a distancia, que combina paciencia, fe y una pizca de humor. Porque Dios administra mejor las cuentas pendientes que nosotros. Y lo hace sin errores.

La teología nos recuerda que perdonar no depende del arrepentimiento del otro. Depende de nuestra capacidad de imitar a Cristo: amar aunque no nos amen, ofrecer paz aunque nos lancen piedras, mantener el corazón abierto aunque el mundo nos tiente a cerrarlo. Esto requiere sentido del humor. Mucho humor. Reconocer nuestra imperfección, la del otro y la del mundo, y aun así elegir el perdón consciente.

El modo olvido se convierte, entonces, en un instrumento de libertad interior. Nos permite caminar ligeros, reírnos de nuestras indignaciones y confiar en que Dios cuida lo que nosotros no podemos arreglar. Porque lo humano es enfadarse y resentirse; lo divino es aprender a soltar, a ofrecer perdón y a rezar cuando el otro decide que el rencor es más cómodo que la paz.

En definitiva: enfadarse es inevitable. Guardar rencor es comprensible. Pero desarrollar el modo olvido, practicar el perdón y dejar espacio para la oración —esa mezcla de paciencia, fe y humor— es un arte que nos acerca a lo imposible: vivir en paz mientras el mundo sigue haciendo ruido, mientras la otra parte se aferra a su resentimiento y mientras nosotros, con humildad, aprendemos a decir: “No pasa nada… seguimos”.

Y si me preguntan, esa capacidad de soltar, perdonar y confiar vale más que cualquier satisfacción momentánea del rencor. Porque mientras nosotros perdonamos y dejamos espacio para Dios, la vida sigue. Y, para nuestra sorpresa, descubrimos que podemos vivir ligeros, libres y con el corazón más grande… incluso cuando el mundo insiste en hacer todo lo contrario.

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