Religión en Libertad

El silencio interior: la gran urgencia espiritual de nuestro tiempo

 En un mundo que ya no sabe escucharse, recuperar el silencio interior se vuelve urgente. A la luz de Edith Stein, von Balthasar y Guardini, reflexiono sobre por qué solo en ese silencio Dios vuelve a encontrarnos.

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RuidoFoto de Vincent L en

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Hay ideas que una entiende con la cabeza y otras que sólo se comprenden cuando la vida te empuja a mirarlas de frente. En mi caso, estas semanas han coincidido dos acontecimientos muy distintos pero misteriosamente conectados: la relectura de Edith Stein, von Balthasar o Guardini, y el descubrimiento —brusco, casi cómico por lo imprevisto— de que mi vida estaba pidiendo silencio sin que yo me hubiera dado cuenta.

En un mundo donde lo urgente devora lo importante, el silencio parece un lujo o una excentricidad. Y sin embargo, es exactamente lo contrario: es una necesidad ontológica, una condición para ser plenamente humanos. Edith Stein lo explica con una claridad inquietante: la mente necesita “espacios de hondura” para poder distinguir, comprender y amar; sin ellos, la interioridad se vuelve plana, reactiva, superficial. Y cuando la interioridad se aplana, Dios queda fuera no porque se haya ido, sino porque no encuentra dónde alojarse.

Lo veo en situaciones tan sencillas como entrar en el metro por la mañana. Doce personas, doce pantallas. Silencio exterior absoluto, pero ruido interior absoluto también. Guardini diría que el hombre moderno vive en una “indisponibilidad permanente”, incapaz de recibir lo real porque su atención está siempre orientada hacia estímulos prefabricados. Es un silencio sin interioridad; un silencio vacío. No es el silencio del alma, sino el silencio del auricular.

En contraste, pienso en ese otro tipo de silencios que aparecen en la vida de forma no programada. Por ejemplo: cuando un médico te pide que esperes en una sala antes de darte un resultado; o cuando, camino a una reunión, tu móvil se queda sin batería y descubres —como quien tropieza con una piedra— que no sabes qué hacer con tus manos, ni con tu mente, ni con tu alma. Esos silencios incómodos, casi ridículos, son los que revelan el nivel real de nuestra dependencia del ruido. Von Balthasar diría que vivimos prisioneros de “lo inmediato”, tanto que no dejamos espacio para lo que realmente importa: la irrupción de la verdad.

Y sin embargo, es en esos silencios involuntarios —no en los voluntarios— donde a veces se cuela Dios. Un pensamiento que no habías visto venir. Una lágrima que no responde a nada específico. Un recuerdo que te interpela. O, simplemente, la certeza extraña de que algo en ti está pidiendo una pausa, un respiro, un “hasta aquí”.

He descubierto últimamente, quizá porque mi propio cuerpo me obligó a parar, que el silencio auténtico no empieza cuando uno decide callarse, sino cuando deja de huir. Es un silencio que no es ausencia de ruido, sino presencia de significado. Un silencio que incomoda antes de consolar. Que desnuda antes de vestir. Que te muestra, con ternura pero sin piedad, dónde has llenado tu vida de cosas que no te llenan el alma.

Lo cotidiano está lleno de estos pequeños exámenes de conciencia involuntarios.

Por ejemplo, ese segundo de vergüenza cuando te das cuenta de que no puedes esperar un semáforo sin mirar el teléfono.

O esa sensación de vacío que aparece cuando, después de un día entero de estímulos, te das cuenta de que no recuerdas nada realmente importante.

O ese domingo por la tarde en el que intentas rezar y descubres que tu interior está tan lleno de hiperactividad que no cabe ni un Padrenuestro.

La gran tradición cristiana conoce bien esta tragedia silenciosa: el alma que ya no se reconoce a sí misma porque nunca se detiene lo suficiente como para escucharse. Guardini diría que se ha roto la “forma interior” del hombre. Stein afirmaría que la persona vive dispersa, sin centro. Y von Balthasar insistiría en que sin contemplación no hay misión, porque uno no puede dar lo que no ha dejado madurar.

El problema, entonces, no es que no sepamos rezar; es que no sabemos parar.

Por eso, estos días, mientras avanzo lentamente por las páginas de Stein, Balthasar y Guardini —como quien conversa con viejos amigos que te dicen verdades incómodas— me doy cuenta de que la Iglesia tiene hoy una tarea prioritaria, más urgente incluso que muchas estrategias pastorales: enseñar de nuevo el arte del silencio.

No el silencio como técnica, sino como acto espiritual.

No como una terapia, sino como una forma de verdad.

No como un espacio vacío, sino como un espacio habitado.

Un silencio que limpia, que ordena, que dispone.

Un silencio donde Dios no grita porque no compite.

Y quizá, sólo quizá, si aprendemos a escucharle en ese silencio denso, pobre, frágil y cotidiano, descubramos lo que siempre estuvo ahí: que la fe no empieza cuando hablamos de Dios, sino cuando finalmente callamos lo suficiente como para dejarle hablar a Él.

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