Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

La trascendencia necesita subir hasta Dios, amando. Todo un desafío

🔹San Agustín. Comentario al salmo 126,1🔹

🔹San Agustín. Comentario al salmo 126,1- NMN

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No intentes subir con pies, ni pienses que bajas andando. Subes amando a Dios, caes amando al mundo 🔹San Agustín. Comentario al salmo 126,1🔹

Nuestra capacidad de amar se suele dividir en dos caminos: el amor a Dios que construye la Ciudad de Dios y el amor a uno mismo (o al mundo) que construye la ciudad terrenal.

El ser humano no se mueve por otra causa que no sean nuestros afectos. El "peso" del alma es el amor, pero no es lo mismo que ese peso se dirija a Dios o a lo material. El ascenso místico nos incita a "ascender" y no es un esfuerzo físico, emotivista o voluntarista, sino una cuestión de prioridades del “ser”. No se llega a Dios por acumulación de méritos externos, sino por la purificación del deseo, sentimiento y voluntad. Quien ama a Dios, "asciende" hacia lo alto porque su ser se vuelve ligero frente a lo material. Como un globo que asciende porque el empuje del gas que lleva en su interior, es más fuerte que la gravedad que le empuja hacia abajo.

La caída (pecado) no es un tropiezo accidental sino poner nuestro ser (voluntad, emoción y conocimiento) en lo efímero y material. Al amar las cosas del mundo por encima del Creador, el alma se vuelve pesada y desciende. La espiritualidad es también una llamada a la vigilancia. Lo que "caminamos" externamente (costumbre, ritos, normas), aunque ayuda, no es lo que define nuestro empuje espiritual hacia Dios. Este empuje hacia Dios se cimienta en nuestro amor hacia Dios.

Desde la perspectiva de la evangelización en las redes: El propósito siempre debe de cimentar el contenido que compartimos. En el ecosistema digital, donde el éxito se mide a menudo en métricas de "alcance" y "movimiento", esta frase actúa como una brújula ética. No deberíamos de creer que subimos con "pies" (métricas), sino con la transformación interna que vivimos. El evangelizador digital puede caer en la tentación de pensar que "sube" (crece en influencia) mediante algoritmos, estrategias de marketing o número de seguidores. San Agustín nos recordaría que el verdadero éxito de un contenido católico no es su viralidad, sino la caridad con la que fue creado y nuestra oración sincera para que transforme a alguna persona que lo lea. 

Es fácil empezar evangelizando y terminar buscando la aprobación del "mundo" digital (la fama, el aplauso, la polémica). "Caer amando al mundo" en las redes significa perder el mensaje transformador por salvar la imagen de fama. Un perfil con millones de seguidores puede estar "caído" si su motor es el ego, mientras que una cuenta pequeña puede estar "subiendo" si su único fin es el amor a Dios.

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