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Domingo de Ramos, el primero con León XIV: predica a Jesús, «Rey de la paz», en un mundo en guerra

El primer Domingo de Ramos del pontificado de León XIV, marcado por guerras en Líbano, Irán, Israel, Ucrania, Etiopía...

El primer Domingo de Ramos del pontificado de León XIV, marcado por guerras en Líbano, Irán, Israel, Ucrania, Etiopía...

Redacción REL
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“Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él “es nuestra paz”, aseguró el Papa León XIV en durante la Eucaristía del Domingo de Ramos, el primero que preside como Romano Pontífice.

Con el Domingo de Ramos empieza la Semana Santa. Los cardenales y oficiales de la Curia, y otros cardenales y obispos llegados de distintos países, han participado en la mañana del Domingo de Ramos en la procesión y misa en la Plaza de San Pedro con el Papa.

En este Domingo de Ramos León XIV inició la procesión desde el obelisco central de la plaza vaticana hasta el altar, acompañado por cardenales, obispos y cientos de sacerdotes que concelebraron la Eucaristía.

Como en años anteriores, las palmas y ramas de olivo que llegaron al Vaticano eran de procedencia italiana, de diversas entidades. Las denominadas “palmas fénix”, de mayor tamaño y sin trenzar, son una donación del Camino Neocatecumenal. Muchos fieles además llevaban las pequeñas palmas trenzadas artesanalmente que en Italia llaman palmurelli.

En su homilía, el Pontífice meditó sobre el camino de Jesús hacia la Cruz. "Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia”, contrastó.

Cuando Pedro hiere a Malco con la espada, Jesús interviene: “Él lo detiene de inmediato diciendo: “Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere””. Eso muestra la incompatibilidad entre fe y violencia: “Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: “Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!””, afirmó, citando al profeta Isaías.

Recordando la profecía de Isaías sobre un misterioso Siervo Sufriente, que encaja asombrosamente con Jesús, destacó: "No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra. Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y, en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad”, añadió León XIV. Y en Cristo crucificado, añadió, “vemos a los crucificados de la humanidad”. Enumeró algunos: "quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra”.

Y exhortó: "¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!"

En su homilía, el Pontífice citó al Venerable Antonio Bello (1935-1993), obispo italiano promotor de la paz, que presidió el movimiento Pax Christi Italia y protagonizó una histórica marcha por la paz en Sarajevo en 1991, en plena guerra de los Balcanes.

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Van a ser días intensos en Roma. León XIV celebrará el Viacrucis en el Coliseo de Roma en Viernes Santo, como hacían sus predecesores. 

Además, en Jueves Santo recupera la celebración de la misa en la basílica de San Juan de Letrán, que es su catedral como obispo de Roma. El Papa Francisco no celebraba la misa en Letrán, sino que en Jueves Santo prefería celebrarla en cárceles o centros de acogida de inmigrantes.

León XIV en el Domingo de Ramos de 2026, marcado por las guerras y su llamado a la paz

León XIV en el Domingo de Ramos de 2026, marcado por las guerras y su llamado a la pazvatican Media

Texto completo de la Homilía de León XIV en el Domingo de Ramos de 2026

Queridos hermanos y hermanas: mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.

Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.

Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz » (Ef 2,14).

Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de una asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones» (Za 9,9-10).

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Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos desenvaina la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él lo detiene de inmediato diciendo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).

Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca» (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra.

Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.

Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).

Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.

Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!

Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:

“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. [...] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni).

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