Religión en Libertad

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

Este 2026 es el Año de la Vida Analógica

Vivir analogicamente más alla de lo digital

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El llamado “Año de la Vida Analógica” (Year of Analog Living), este 2026, no designa una iniciativa institucional ni un programa oficial, sino un gesto cultural consciente que emerge como respuesta a una forma de vida crecientemente dominada por la mediación digital. No se trata de una nostalgia tecnófoba ni de una negación de los avances técnicos, sino de un intento deliberado de reordenar la experiencia humana devolviendo centralidad a aquello que es corporal, temporal, situado y relacional. La vida analógica no es lo opuesto a la tecnología, sino lo previo a ella: el modo humano de estar en el mundo que la técnica debería servir y no sustituir.

En la cultura digital contemporánea, la experiencia tiende a fragmentarse en estímulos discontinuos, notificaciones y flujos de información que reclaman atención inmediata. Frente a esta lógica, lo analógico remite a una experiencia continua y gradual de la realidad, una experiencia que exige presencia y atención prolongada. Cuando el mundo deja de ser algo que se recibe y pasa a ser algo que se controla, se acelera y se consume, la relación con la realidad pierde profundidad y significado.

La vida analógica supone, ante todo, una recuperación del tiempo humano. El tiempo digital es homogéneo, cuantificable y siempre intercambiable; el tiempo analógico, en cambio, es cualitativo, rítmico y marcado por procesos que no admiten atajos. Leer un libro en papel, cocinar sin prisa, escribir a mano o conversar sin interrupciones no son gestos accesorios, sino prácticas que restituyen al tiempo su densidad existencial. Byung-Chul Han ha señalado que la cultura de la hiperconectividad elimina la pausa y, con ella, la posibilidad misma de la contemplación, cuando escribe que “Solo la capacidad de pausa, de vacilación, hace posible una vida verdaderamente contemplativa”.

En el centro de esta recuperación se encuentra el cuerpo. La digitalización progresiva de la vida cotidiana tiende a desencarnar la experiencia, relegando el cuerpo a un mero soporte funcional mientras la atención se desplaza a espacios abstractos y virtuales. La vida analógica devuelve al cuerpo su condición de lugar de conocimiento, de acción y de responsabilidad. Trabajar con las manos, cuidar objetos, reparar lo que se estropea o aprender oficios no es una regresión premoderna, sino una forma de formación personal.

Desde el punto de vista educativo y moral, la vida analógica resulta indispensable para la formación de la atención, la paciencia y la virtud. El aprendizaje profundo exige repetición, espera y esfuerzo sostenido, condiciones difícilmente compatibles con un entorno dominado por la gratificación inmediata y sobre todo dopaminita. La lectura lenta, la memorización significativa, el diálogo cara a cara y el aprendizaje situado en comunidades reales constituyen prácticas que forman el juicio y el carácter. Nicholas Carr advirtió que el uso intensivo de Internet no solo cambia lo que hacemos, sino cómo pensamos, al afirmar que “Lo que Internet parece estar haciendo es erosionar mi capacidad de concentración y contemplación”.

La dimensión comunitaria del Year of Analog Living es igualmente decisiva. Aunque la tecnología digital promete conexión permanente, con frecuencia produce aislamiento y vínculos frágiles. La vida analógica, por el contrario, se construye en torno a prácticas compartidas que requieren presencia real: comidas comunes, celebraciones, trabajo cooperativo, rituales familiares y educativos. Alasdair MacIntyre ha subrayado que la vida buena solo es inteligible dentro de historias y tradiciones encarnadas, cuando afirma que “Solo puedo responder a la pregunta ‘¿qué debo hacer?’ si antes puedo responder a la pregunta ‘¿de qué historia o historias formo parte?’”). La vida analógica restituye precisamente ese marco narrativo y comunitario que permite orientar la acción humana.

Existe, además, una dimensión espiritual ineludible. La saturación de estímulos digitales dificulta el silencio interior y la atención profunda, condiciones necesarias tanto para la contemplación filosófica como para la apertura religiosa. Simone Weil expresó esta verdad con una formulación extrema y luminosa al escribir que “La atención, llevada a su grado más alto, es lo mismo que la oración”. La vida analógica no garantiza por sí misma la vida espiritual, pero crea las condiciones antropológicas mínimas para que el ser humano pueda escuchar, acoger y responder a lo real.

En este contexto, el Year of Analog Living no debe entenderse como una simple actitud personal, sino como el germen de un posible ecosistema cultural y económico. Ya es posible vislumbrar una industria analógica emergente en ámbitos como la educación, la edición de libros y cuadernos, las artes y oficios, la producción artística original, el turismo lento, los retiros de silencio o el diseño de tecnologías subordinadas a fines humanos. No se trataría de una industria de la desconexión, sino de una economía orientada a bienes internos (concepto muy fructífero de Alasdair MacIntyre), a la durabilidad y a la calidad de la experiencia, evitando reproducir la lógica extractiva y acelerada del mundo digital.

Conviene subrayar, finalmente, que el llamado “Año de la Vida Analógica” no ha sido instituido por ninguna autoridad estatal, académica o religiosa. Su origen es difuso y cultural, nacido de iniciativas educativas, familiares, artísticas y comunitarias que han reconocido la necesidad de un reequilibrio vital. Es, por tanto, un año instituido desde abajo, por prácticas concretas más que por decretos formales, y su fuerza reside precisamente en esa libertad de adopción. Me gustaría decir que procede de una sociedad civil, al margen del estado y del mercado, que sabe lo que es la vida buena.

En una cultura marcada por la velocidad, la abstracción y la obsolescencia, optar por la vida analógica, aunque sea durante un año, constituye un acto de discernimiento y de resistencia serena. Quizá, tras este año, haya que seguir proponiendo la década analógica. No porque el pasado sea idealizable, sino porque la condición humana permanece: corporal, temporal, relacional y abierta al sentido y apuntando al logos, a la razón. El Year of Analog Living no propone una huida del presente, sino un reaprendizaje de lo esencial para poder habitarlo con verdad. Lleno de futuro y de esperanza. La nostalgia es viejuna. 

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