Religión en Libertad

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

Romano Guardini: poder y responsabilidad

Romano Guardini

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Estamos viviendo una encruzijada en la que el poder en su vertiente tecnica y militar no anda en las mejores manos. En El ocaso de la Edad Moderna (1950), Romano Guardini no se limita a describir una crisis cultural más entre otras, ni a lamentar la pérdida de valores tradicionales. Su tesis es más radical: la Edad Moderna, entendida como una determinada forma histórica de relación entre el hombre, la razón y el mundo, ha llegado a su límite. Lo que se quiebra no es solo un equilibrio social o moral, sino una imagen del mundo y, con ella, una manera de habitar la realidad.

El núcleo del diagnóstico guardiniano se articula en torno al concepto de poder. La modernidad ha otorgado al ser humano un poder sin precedentes sobre la naturaleza, el cuerpo, el tiempo y los procesos vitales. Este poder no es, en sí mismo, negativo. Al contrario, constituye una de las grandes conquistas de la razón moderna. El problema aparece cuando ese poder crece más rápido que la capacidad interior del hombre para asumirlo responsablemente. El desequilibrio entre poder técnico y madurez moral genera una situación inédita: el hombre puede hacer mucho más de lo que sabe orientar, medir o justificar.

En este contexto, la técnica deja de ser un medio al servicio de fines humanos y comienza a configurar ella misma el horizonte de lo posible. Guardini no critica la técnica como tal, sino su independización respecto de toda instancia que la mida. Cuando la técnica se absolutiza, la pregunta ya no es si algo es verdadero, bueno o justo, sino simplemente si es posible y eficaz. La razón se ejerce entonces de forma predominantemente instrumental, y la realidad se convierte en un campo de operaciones disponibles.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas para la relación contemplativa con el mundo. En la visión moderna tardía que describe Guardini, la naturaleza deja de ser experimentada como orden con sentido y pasa a ser tratada como material neutro. Se produce lo que él llama una desmitificación de la naturaleza (concepto cercano, no intercambiable, con desencantamiento en Max Weber): no en el sentido de una purificación racional legítima, sino en el sentido de una pérdida de toda dimensión simbólica, finalista o normativa. La naturaleza ya no enseña, no orienta, no limita; solo responde a las intervenciones del poder humano.

Con ello se pierde algo decisivo: la experiencia de que la realidad posee una medida propia. El mundo ya no se presenta como algo que debe ser reconocido y respetado, sino como algo que puede ser reorganizado indefinidamente. Esta pérdida de la medida no es solo cognoscitiva, sino existencial. El hombre moderno, señala Guardini, comienza a vivir en una situación de inseguridad radical, porque ha destruido los marcos de sentido que le permitían orientarse. Al renunciar a dejarse medir por la realidad, se queda sin criterios para medir su propia acción.

Guardini describe también la aparición de una nueva figura humana: el hombre-masa, integrado en sistemas técnicos y colectivos que funcionan con independencia de la interioridad personal. No se trata de una crítica elitista, sino antropológica. El hombre-masa no es simplemente un individuo anónimo, sino un sujeto cuya relación con la realidad ha sido mediada casi por completo por estructuras técnicas y funcionales. En este contexto, la cultura —entendida como cultivo de lo humano— es sustituida por la civilización técnica, donde prima la eficiencia y no el sentido.

Desde esta perspectiva, la contemplación reflexiva de la realidad se vuelve prácticamente imposible. No porque el hombre haya dejado de ser capaz de contemplar, sino porque el mundo ya no se le presenta como algo contemplable. Cuando todo es funcional, provisional y manipulable, la realidad pierde espesor. Guardini percibe aquí una pérdida que no puede resolverse con reformas técnicas ni con apelaciones morales superficiales: está en juego la forma misma de la razón y su relación con el ser.

La respuesta que Guardini propone no es una vuelta nostálgica al pasado ni una negación del poder técnico, sino una llamada a la responsabilidad. El hombre moderno debe asumir conscientemente el poder que ha adquirido y someterlo a una instancia más alta. Esta responsabilidad no puede provenir de la técnica misma ni de consensos cambiantes, sino de una renovación de la relación con la verdad de lo real. Guardini intuye que sin una reapertura a la trascendencia —nombrada finalmente como relación con Dios— la razón humana carece de fundamento suficiente para orientar el poder que ejerce.

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