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Quintiliano radicalizó esta visión: “el orador ideal es el hombre bueno que sabe hablar”

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Introducción

Ya hace muchas décadas que cuando se habla de retórica, de la retórica de un político, del tono retórico de un comunicador no se habla en sentido positivo. En la Antigüedad clásica la retórica era un arte muy apreciado y casi necesario. Era el arte de la comunicación en ámbitos políticos, judiciales, académicos y festivos. Se estudiaba retórica de un modo concienzudo pues era imprescindible para quien quisiera defender ideas grandes y nobles. Los griegos y los romanos se jactaban de manejar las artes retóricas después de haber estudiado mucho en escuelas y academias destinadas a los estratos libres y patricios. Para dedicarse a la política, a la reflexión, a la abogacía era imprescindible manejar un lenguaje afinado, elegante, elocuente, respetando siempre principios éticos, lógicos y todos los elementos de la persuasión. Persuadir desde la personalidad del orador, desde su credibilidad, su verdad y su ajuste a la realidad de las cosas era bien recibido. Era una voluntad de hacer las cosas bien, con justicia e incluso con belleza.

La retórica bajo sospecha

Hoy, detrás de la retórica de un comunicador, político, juez, etc., siempre queda una sospecha. No se le cree del todo, se considera la retórica como un caparazón para falsear la verdad pues hay intenciones escondidas detrás. Hablar en clave retórica es hablar de una cierta manipulación en favor de intereses ocultos a menudo ligados al poder, al dominio, al éxito. El servicio a la verdad se considera hoy casi imposible. Los clásicos ya se encontraron con este problema en las personas de los sofistas que, desde su relativismo, totalmente enfrentado a Sócrates, Platón, Aristóteles, defendían lo que fuera preciso para ganar juicios, defender gobiernos, halagar a los destinatarios de sus discursos en la argumentación de sus ideas, o en los panegíricos o en los discursos fúnebres. Los sofistas se jactaban cínicamente de que sus técnicas oratorias estaban al servicio del mejor postor sin tener en cuenta nada más. Creían que, como el hombre era la medida de todas las cosas, podían discursear de cualquier modo.

Sucede hoy lo mismo. ¿La comunicación es solo interesada más allá de la realidad de las cosas? ¿La publicidad y la política, en sus peores usos, son un ejemplo? ¿La verdad ha entrado en descrédito? ¿Estamos en la era de la posverdad? ¿Las fake news todo lo invaden sobre la base de ausencia de fuentes contrastadas? ¿Las redes sociales son el eco de la mentira en la defensa de la mejor versión de nosotros mismos que no coincide muy a menudo con la realidad? Qué ha pasado. ¿Cómo era la retórica noble frente a la manipuladora retórica? ¿Qué ha sucedido hoy? En qué se parece aquella época a la actual. ¿Cuáles son las novedades hoy?

El discurso público está en crisis y esta realidad genera mucho cinismo y desconfianza.

La retórica noble y la retórica sofística en la Antigüedad

Desde los orígenes griegos, la retórica fue considerada un arte (techné) de gran importancia para la vida pública (centro de las artes liberales). Platón en el Gorgias ya distinguía entre una retórica que busca la verdad y otra que solo busca el poder. Aristóteles, en su Retórica, definía este arte como la capacidad de discernir “los medios de persuasión que tenemos a nuestro alcance” (Rhetorica, I, 2, 1355b). Para él, persuadir no consistía en manipular, sino en adecuar el discurso a la verdad, uniendo ethos (credibilidad del orador), pathos (disposición afectiva del oyente) y logos (fuerza racional del argumento).

Quintiliano radicalizó esta visión: “el orador ideal es el hombre bueno que sabe hablar” (Institutio oratoria, XII, 1, 1). Así, la retórica noble se apoyaba en una dimensión ética: el discurso era verdadero en cuanto se ajustaba a la realidad y servía al bien común.

Frente a ello, los sofistas proponían una retórica desligada de la verdad objetiva. Protágoras, con su célebre afirmación “el hombre es la medida de todas las cosas”, abría la puerta a un relativismo que legitimaba cualquier argumento según conveniencia. Gorgias incluso llegó a afirmar que nada existe y, si existiera, no podría comunicarse, reduciendo la palabra a puro efecto de seducción.

El diagnóstico contemporáneo: abuso del lenguaje y crisis de la verdad

El filósofo Josef Pieper, en su ensayo El abuso del lenguaje, el abuso del poder (1974-2003), advierte que cuando la palabra se desconecta de la verdad, se convierte en instrumento de dominación. “El lenguaje se degrada en propaganda cuando deja de ser comunicación de lo real para transformarse en medio de manipulación” (Pieper, 2003). Esta degradación es exactamente lo que los sofistas practicaban y lo que nuestra cultura digital reproduce con las fake news y la posverdad.

Alasdair MacIntyre (1981-2007) ha mostrado cómo, al romperse las tradiciones morales compartidas, el lenguaje público se fragmenta en emotivismo: se discute no para buscar lo verdadero y lo bueno, sino para imponer preferencias subjetivas.

De los sofistas a la posverdad: continuidades y novedades

Las semejanzas entre la sofística antigua y la manipulación contemporánea son claras: relativismo, interés inmediato, indiferencia hacia la verdad. Pero existen novedades significativas: a) Velocidad y viralidad: las redes sociales multiplican exponencialmente el poder de un discurso falso, algo imposible en la Grecia clásica; b) Anonimato y algoritmos: el orador ya no se juega su ethos en persona; muchas veces es un perfil anónimo o un sistema automatizado el que persuade; c) Economía de la atención: mientras la retórica clásica buscaba la atención sostenida, hoy la comunicación compite por captar segundos de mirada. Entonces captar la atención se convierte una lucha despiadada donde todo cabe.

Estos factores hacen más urgente la tarea de recuperar una retórica noble que no sea instrumento de manipulación, sino transmisión desde la verdad, el bien y la belleza.

Conclusión: hacia una retórica ética y formativa

La historia de la retórica muestra un dilema permanente: ¿es la palabra un medio para iluminar la verdad o un arma para conquistar poder? La Antigüedad nos legó un modelo de retórica noble, que unía persuasión y verdad, discurso y virtud. Hoy, en la era de la posverdad, necesitamos volver a ese ideal, como advierte Pieper, para que el lenguaje no se convierta en instrumento de dominación. La escuela, apoyada en una familia que vive la verdad, tiene una tarea impostergable.

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