León XIV, la Iglesia y la inmigración

Papa León XIV
Antes de leer este artículo conviene dejar sentado algo que algunos prefieren no escuchar: León XIV no fue a Canarias a justificar la inmigración irregular, a bendecir el efecto llamada ni a pedir que las fronteras desaparezcan. Quienes esperaban —o temían— que su visita se convirtiera en un mitin por la migración indiscriminada se equivocaban en ambos casos: los que lo esperaban con entusiasmo ideológico y los que lo temían con alarma política. Lo que el Papa hizo fue exactamente lo contrario de romantizar la migración: denunció con dureza las causas que la generan, las mafias que la explotan, los gobiernos que la propician con su corrupción y una Europa que la instrumentaliza según le conviene políticamente. Eso no es un efecto llamada. Es un examen de conciencia global que incomoda a todos por igual, que es precisamente la señal de que es verdadero.
Los titulares, sin embargo, lo reducen a una consigna. Cuando León XIV se plantó en el puerto de Arguineguín el 11 de junio y lanzó flores al mar en memoria de los muertos en la ruta atlántica, los medios fueron unánimes: el Papa pide acoger a los migrantes. Al día siguiente, en Santa Cruz de Tenerife, ante 40.000 personas y tres cayucos senegaleses presidiendo el altar, el viaje se cerró con la misma simplificación. Y sin embargo, lo que León XIV ha dicho sobre la migración a lo largo de estos meses —en África, en su encíclica, en Canarias— es una propuesta radicalmente más exigente, más incómoda y más completa que cualquier titular que hayas leído.
El diagnóstico: la migración forzada tiene autores concretos
Antes de hablar de acogida, León XIV habla de causas. Y lo hace nombrando culpables con una precisión que incomoda. En abril, en Luanda, ante el presidente de Angola y el cuerpo diplomático, fue directo: "¡Cuánto sufrimiento, cuántas muertes, cuántas catástrofes sociales y ambientales trae consigo esta lógica extractiva! Ya vemos en todas las latitudes cómo ella alimenta un modelo de desarrollo que discrimina y excluye, pero que aun así pretende imponerse como el único posible." No era retórica: estaba hablando de los recursos naturales de Angola —petróleo, gas, diamantes— y de a quién enriquecen en realidad. El Papa lamentó que con demasiada frecuencia las regiones de África se han percibido "como un lugar en donde dar o, más a menudo, de donde tomar algo", y llamó a "romper esta cadena de intereses que reduce la realidad y la vida misma a una mercancía."
El mismo argumento lo había desarrollado en Camerún. En su catequesis tras el viaje africano describió ese país como "África en miniatura" precisamente porque concentra las grandes necesidades del continente: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas, de dar espacio a los jóvenes superando la corrupción endémica, de promover el desarrollo integral y sostenible, "oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro." Y ante los jóvenes universitarios cameruneses fue todavía más directo: les dijo que emigrar vacía de capital humano a sus propios países, que África necesita liberarse de la plaga de la corrupción, porque mientras la corrupción devore el presente, los jóvenes seguirán huyendo. No estaba animando a emigrar. Estaba diciéndoles que se quedaran y construyeran.
La pregunta que León XIV plantea, y que nadie recoge en los medios, es esta: ¿por qué emigran? La respuesta que da no es "porque quieren" ni "porque en Europa se vive mejor." Es porque les roban el futuro en casa. El neocolonialismo económico, la corrupción de las élites locales y la indolencia de la comunidad internacional frente a ambos fenómenos fabrican la emigración forzada con la misma eficacia que las guerras. Combatir el efecto llamada sin combatir esas causas es curar la fiebre con paracetamol mientras el enfermo tiene una infección sin tratar.
El derecho a no emigrar
Hay un concepto que León XIV ha colocado en el centro de su pensamiento migratorio y que los medios de todos los colores prefieren ignorar sistemáticamente. Lo formuló con precisión en su encíclica Magnifica Humanitas: el llamamiento a custodiar el "derecho a la esperanza" de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; y al mismo tiempo a promover el "derecho a quedarse" de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando "las causas profundas" de las migraciones.
El derecho a quedarse. Nadie lo cita. Es, sin embargo, el corazón de su planteamiento. Fíjate bien en lo que implica: si el objetivo real es que cada persona pueda vivir con dignidad en su propia tierra, entonces la migración masiva y forzada no es el horizonte deseable sino el fracaso que hay que superar. La migración deseable para León XIV es la libre, la voluntaria, la que enriquece a quien parte y a quien acoge. Mientras las causas profundas no se afronten —la pobreza estructural generada por el neocolonialismo, la corrupción interna, los conflictos armados financiados desde fuera—, cada barco que llega a Canarias no es una victoria humanitaria: es la evidencia de un fracaso global que nadie quiere reconocer como propio.
Y en Tenerife, en la Plaza del Cristo de La Laguna, el Papa añadió una dimensión que tampoco ha tenido eco: interpeló directamente a las mafias con una frase de notable dureza: "El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro." Las mafias son, en su lectura, otro de los actores que fabrican y perpetúan la migración forzada. No son un fenómeno secundario ni un mal inevitable: son una industria que se alimenta exactamente del mismo hueco que deja la ausencia de desarrollo, de justicia y de vías legales. Denunciarlas con esa contundencia es todo lo contrario de un efecto llamada.
Una interpelación que incomoda a todos
En Arguineguín, León XIV distribuyó la responsabilidad con una claridad que los resúmenes periodísticos han diluido. Este drama debe convertirse en examen de conciencia para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante para arreglar los problemas en los países de origen, de modo que nadie se vea obligado a emigrar, ni legal ni ilegalmente.
Cuatro actores. Cuatro responsabilidades. Los gobiernos africanos corruptos. Las mafias de tránsito. Europa, que firma tratados de derechos humanos y mira hacia otro lado ante los cayucos. Y la comunidad internacional, que recorta la financiación de programas de desarrollo mientras proclama su compromiso con la dignidad humana. Ninguno queda bien parado. Ninguno puede apropiarse del mensaje del Papa sin incomodarse. Eso incluye a los partidos que aplaudieron en el Congreso por la mañana y defienden políticas contrarias a ese mensaje por la tarde.
Lo que el Papa no dijo
Este es el punto que algunos prefieren omitir deliberadamente. No hay en ninguno de los discursos de León XIV sobre inmigración —ni en Camerún, ni en Angola, ni en Arguineguín, ni en Tenerife, ni en la encíclica— una sola frase que invite a cruzar el mar de forma irregular, que relativice el derecho de los Estados a gestionar sus fronteras o que presente la llegada masiva y desordenada de personas como algo deseable en sí mismo.
Al contrario. Cuando el Papa reivindica el derecho a quedarse en la propia tierra como el horizonte al que hay que tender, está diciendo implícitamente que la migración forzada es un mal que hay que erradicar, no un bien que hay que facilitar. Cuando advierte a los propios inmigrantes que no entreguen su existencia a quienes comercian con ella, que no crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, su dinero, su silencio o su libertad, porque esas falsas promesas son "industrias de muerte", está desmontando la narrativa del sueño europeo que alimenta el negocio de las mafias. Romantizar la inmigración sería, en su lógica, una forma de complicidad con quienes se lucran de ella.
Tampoco dice que África deba vaciar sus universidades para enriquecer los hospitales y las obras de Europa. En Camerún dijo exactamente lo contrario: que los jóvenes formados son los que el continente necesita para liberarse de la corrupción y construir sociedades justas. La emigración de capital humano desde el Sur global hacia el Norte es, en su lectura, una forma más de neocolonialismo que nadie denuncia porque beneficia a los países ricos. Y en Tenerife añadió la advertencia al turismo como modelo de desarrollo: pidió no reducir todo a comercio y beneficio, y valorar cada persona y cada cosa, en una interpelación que toca el modelo económico de las islas y, por extensión, el modelo global que genera la pobreza de la que huyen quienes llegan a sus costas.
Una agenda de seis puntos
La propuesta concreta de León XIV sobre la cuestión migratoria, extraída de sus discursos y de la encíclica Magnifica Humanitas, se puede sintetizar en seis exigencias que van de la emergencia a la raíz: vías legales y seguras, rescate y asistencia, protección real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra.
El primer punto —vías legales y seguras— es la alternativa explícita a la inmigración irregular: si hubiera vías legales, no haría falta jugarse la vida en un cayuco. El último punto —vivir con dignidad en la propia tierra— es el único que resolvería el problema de fondo. Y es, no por casualidad, el que casi ningún medio recogió, porque implica una reforma del orden económico internacional que incomoda a todos los que están cómodos.
León XIV no romantizó la inmigración. No llamó a abrir las fronteras sin criterio. No ignoró a las mafias ni absolvió a los gobiernos corruptos ni eximió a Europa de su responsabilidad. Lo que hizo fue algo bastante más difícil: decirle la verdad a todos al mismo tiempo, en sus propias casas, mirándoles a los ojos. Eso no es lo que hacen los demagogos. Es lo que hacen los profetas. Y como siempre les ha ocurrido a los profetas, cada cual intentó quedarse con la parte del mensaje que le convenía y olvidar el resto.