La pastoral de los olvidados
Acompañar a los homosexuales que quiere vivir la castidad

Las verdaderas periferias
Se nos llena la boca de periferias. Hablamos de salir a las fronteras existenciales, de acompañar a los descartados, de no dejar a nadie atrás. Son palabras hermosas, y no digo que sean falsas. Pero hay un descartado al que la Iglesia lleva años mirando de reojo sin saber muy bien qué hacer con él, un olvidado que no aparece en los discursos de los que presumen de pastorear los márgenes: la persona con atracción al mismo sexo o con disforia de género que ha decidido vivir conforme a lo que enseña la Iglesia.
¿Lo has pensado alguna vez? Es la gran invisibilidad de nuestro tiempo.
Porque si eres homosexual y quieres vivir una sexualidad activa, hay muchos que corren a abrazarte, a decirte que Dios te quiere tal como eres, a buscar maneras de bendecir tu estilo de vida. El lobby mediático te celebra, ciertos sectores eclesiales te aplauden, algunos pastores te abren la puerta con una sonrisa que a veces esconde más miedo que caridad. Pero si eres homosexual y has decidido que seguir tus inclinaciones no es el camino hacia la felicidad, que lo que quieres de verdad es vivir integrado en la comunidad cristiana, vivir la castidad, vivir con coherencia lo que profesas… entonces te quedas solo. Más solo que la una.
Esa es la gran paradoja de nuestra Iglesia de hoy. Hemos construido una pastoral de la periferia que excluye sistemáticamente a quienes más la necesitan.
Y para entender por qué ocurre esto, hay que nombrar con claridad lo que está pasando dentro de la propia Iglesia. Porque el problema no viene solo de fuera.
El problema
En los últimos años han proliferado dentro del catolicismo grupos, sacerdotes, teólogos e incluso algún obispo que, con la mejor de las intenciones declaradas, están empujando a las personas con atracción al mismo sexo precisamente en la dirección contraria a la que les pide el Evangelio. He leído artículos de sacerdotes jesuitas que defienden abiertamente que la Iglesia debe aceptar las relaciones homosexuales activas como una forma legítima de amor. He visto banderas arco-iris en librerías católicas en el mes del orgullo. He leído documentos que proponen normalizar las relaciones homosexuales activas dentro de la Iglesia, equiparando a quienes viven la castidad con quienes no la viven, como si fuera irrelevante, como si el Catecismo fuera papel mojado. Algún documento llega a afirmar que una pareja homosexual activa «también merece nuestro reconocimiento y apoyo», porque «esta relación, aunque no sea un matrimonio religioso, también puede ser fuente de paz y felicidad compartida».
Hay que decirlo sin rodeos: eso es mentirles. Es mentirles a ellos, que merecen la verdad, y es traicionar el Magisterio de la Iglesia, que no ha cambiado ni va a cambiar por mucho que algunos se empeñen. El Catecismo es cristalino: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad» (CEC 2359). No hay matiz que valga, no hay reinterpretación posible, no hay documento magisterial que justifique lo contrario —y eso que algunos obispos han llegado a citar alguna exhortación para decir lo que no dice, forzando sus palabras de un modo que, francamente, no tiene ningún pase.
Un daño concreto
Lo que me resulta especialmente doloroso de todo esto no es solo la falsedad doctrinal, que ya es grave. Es el daño concreto que produce en personas de carne y hueso. Porque cuando un sacerdote o un obispo le dice a alguien con atracción al mismo sexo que Dios quiere que sea feliz siguiendo sus inclinaciones y teniendo relaciones homosexuales, no le está abriendo una puerta: le está cerrando la única que lleva a la vida. Le está quitando de las manos la posibilidad de recibir un acompañamiento real, honesto, fiel. Le está diciendo, en el fondo, que no vale la pena luchar, que el Evangelio no es para él, que Cristo no tiene nada que ofrecerle. Y eso es una crueldad envuelta en palabras amables.
Conozco a estas personas. Las acompaño. Y puedo decirte lo que viven: una soledad profunda y muy particular, diferente a la de cualquier otro cristiano en dificultad. No encajan en el mundo, que les dice que se están reprimiendo y que son unos alienados por hacer caso a una institución antigua. No encajan tampoco fácilmente en muchas comunidades eclesiales, donde reina una especie de pánico pastoral ante todo lo que tenga que ver con la sigla LGTBI, como si el tema quemara. Y cuando se animan a acercarse a su párroco, muchas veces se encuentran o con un silencio incómodo, o con una vaga exhortación al amor propio, o, en el peor de los casos, con ese sacerdote “aperturista” que les dice que quizá la Iglesia está equivocada y que Dios les quiere felices, insinuando que ya saben lo que significa eso.
Entre dos fuegos
Puestos entre dos fuegos —el del mundo que les dice que se liberen y el de ciertos pastores que les dicen que se rindan—, estas personas se quedan sin tierra firme bajo los pies.
Lo que les hace falta es exactamente lo que el Catecismo lleva décadas diciendo: «Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida… y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición» (CEC 2358). Acogida sin mentira. Verdad sin crueldad. Acompañamiento sin rendición.
¿Por qué nos resulta tan difícil hacer exactamente eso?
Hay dos miedos que están paralizando esta pastoral, y conviene nombrarlos con claridad.
El primero es el miedo a la presión del activismo. Vivimos en un tiempo en que señalar que existe una diferencia entre la tendencia y el acto, entre acoger a la persona y aprobar su estilo de vida, se interpreta automáticamente como un gesto de odio. Es mentira, pero es una mentira que funciona muy bien. Y hay pastores que han decidido que no merece la pena el coste reputacional de sostener lo que siempre ha enseñado la Iglesia. Prefieren el silencio cómplice, o peor aún, la ambigüedad calculada. El resultado es que esos pastores no dan escándalo en los medios, pero abandonan a su suerte a las personas que más los necesitan.
El segundo miedo es casi el contrario: el miedo a que acompañar a estas personas parezca una forma de terapia de reversión, de esas que hoy se criminalizan en media Europa – aunque nadie sabe muy bien qué son. Y aquí hay que ser muy claro, porque la confusión hace un daño enorme. Acompañar a alguien que quiere vivir la castidad no es intentar cambiarle. No es terapia. No es sugerirle que en el fondo es heterosexual y que solo tiene que esforzarse más. Es exactamente lo mismo que hacemos con cualquier cristiano que quiere vivir su fe con coherencia: ofrecerle comunidad, oración, amistad, sacramentos, dirección espiritual. Nada más. Nada menos.
Acompañamiento puro y duro
La Iglesia no tiene como misión cambiar a las personas. Tiene como misión acompañarlas hacia la santidad en el estado en que se encuentran. Y eso es perfectamente compatible con la verdad de que los actos homosexuales son objetivamente desordenados. No hay contradicción. La hay solo para quien no distingue entre la persona y sus actos, entre la tendencia que no se eligió y el camino que sí se puede elegir.
Existe una iniciativa católica, aprobada por la Iglesia y presente en muchos países del mundo, llamada Courage, dedicada exactamente a esto: a acompañar a personas con atracción al mismo sexo que quieren vivir conforme a la fe. No hay en ella ningún matiz terapéutico. No se propone cambiar a nadie ni se trabaja con técnicas psicológicas de ningún tipo. Es pura pastoral: encuentros, grupos de oración, dirección espiritual, comunidad. Personas que se sostienen mutuamente en el camino hacia Dios, que se dicen la verdad con cariño, que saben lo que es la soledad de quien no encaja en ningún sitio y que han decidido que el Evangelio merece la pena.
Courage lleva décadas en esto. Tiene el respaldo explícito de la Iglesia. Y en España, salvo honrosas excepciones, es casi desconocida. ¿Cuántas diócesis la promueven activamente? ¿Cuántos obispos la mencionan siquiera? ¿Cuántos párrocos sabrían qué hacer si alguien se les acercara pidiendo exactamente este tipo de acompañamiento? La respuesta, me temo, dice mucho del estado de nuestra pastoral de las periferias.
Mientras tanto, ciertos grupos dentro de la Iglesia que sí tienen visibilidad, apoyo institucional y cobertura mediática, emplean esos recursos en convencer a esas mismas personas de que la castidad es una carga inhumana que Dios no les pide. El contraste es sencillamente escandaloso.
No estás solo
Quiero decirte algo a ti, si te reconoces en estas palabras. Si tienes atracción por personas de tu mismo sexo y has decidido que quieres caminar con la Iglesia, que quieres vivir la castidad, que crees que el plan de Dios para tu vida pasa por ahí aunque te cueste, aunque no lo entendas del todo, aunque a veces duela mucho: no estás equivocado. No eres un ingenuo. No eres víctima de una ideología represora. Eres alguien que ha tomado en serio el Evangelio, y eso, hoy, requiere una valentía que merece todo el respeto.
Y también tienes derecho a ser acompañado. Tienes derecho a encontrar en la Iglesia lo que la Iglesia dice que es: una madre. Tienes derecho a un párroco que no se asuste cuando le cuentes tu historia. Tienes derecho a una comunidad que te acoja sin juzgarte y sin mentirte. Tienes derecho a recibir los sacramentos. Tienes derecho a que alguien te diga la verdad con amor, que es la única forma de decirla.
Que la Iglesia todavía no te esté dando todo eso en muchos lugares no es señal de que debas rendirte. Es señal de que la Iglesia necesita, urgentemente, despertar.
Vayamos también a esta periferia
Decimos que queremos ir a las periferias. Muy bien. Aquí tienes una. Una periferia que no sale en los titulares porque no le interesa a nadie: ni a la izquierda, que prefiere presentar a todos los homosexuales como víctimas de la Iglesia, ni a ciertos sectores eclesiales que prefieren no complicarse la vida, ni a los grupos aperturistas que han encontrado en este tema su causa y no saben qué hacer con alguien que les estropea el relato.
Mientras seguimos discutiendo qué se puede y qué no se puede bendecir, mientras unos obispos normalizan lo que el Magisterio llama objetivamente desordenado y otros callan por no meterse en líos, ellos esperan que alguien los mire a los ojos y les diga: aquí tienes tu sitio. Aquí te queremos. Aquí no te vamos a pedir que dejes de ser quien eres, pero sí que camines con nosotros hacia quien puedes llegar a ser.