27 de agosto de 1978. El Papa de la sonrisa.
Albino Luciani será elegido Papa en el cónclave de agosto de 1978 que siguió a la muerte de Pablo VI, un cónclave inusualmente breve, -sólo duró un día- asumiendo el papado el día 26 de agosto de 1978. Escoge el nombre de Juan Pablo, gesto con el que pretendía honrar a sus dos predecesores, Juan XXIII y Pablo VI, todo lo cual le vale el ser el primer papa de la historia con nombre compuesto. El mismo explicó sus razones: “El Papa Juan quiso consagrarme personalmente aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia, le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la plaza de San Marcos, me hizo ponerme completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan colorado. Por otra parte, en quince años de Pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo” Fue también el primero en portar el ordinal “primero”, pues los papas que inician un nombre no lo hacen (así Lino, Cleto, Evaristo, Telesforo y un largo etcétera), y sólo se les añade cuando existe un sucesor que les sucede en el nombre. Juan Pablo I llamó poderosamente la atención por la sonrisa con la que saludó a los peregrinos desde la ventana del Vaticano cuando fue elegido sumo pontífice, sonrisa que le ganó el sobrenombre con el que es más conocido: “el Papa de la sonrisa”. Tengo entre mis personales recuerdos de esas fechas la crónica de la periodista de TVE, Paloma Gómez Borrero, cuando pocos días después fue necesario elegir a su sucesor, encarnado como se sabe en la persona de Juan Pablo II, y su preocupación sobre si éste también sonreiría al salir al balcón, gritando al verlo salir: “¡sonríe, sonríe!”. En su cortísimo pontificado, tomó una serie de decisiones destinadas a desproveer al papado de su boato. De hecho, eligió como lema de su pontificado la palabra “humilitas” (“humildad”), rechazó la coronación y la tiara papal en la ceremonia de entronización, las cuales sustituyó por una simple misa de inauguración. Será el primero en utilizar el “yo” en lugar del famoso “Nos” papal, e intentará rechazar la silla gestatoria, que terminará utilizando sin embargo convencido de que era muy conveniente para facilitar la visión de su persona a los peregrinos en los masivos actos vaticanos. Juan Pablo I dejó alguna obra escrita. Su libro “Illustrissimi”, escrito cuando era cardenal, consiste en una divertida serie de cartas dirigidas a un personajes históricos y ficticios, entre los cuales el propio Jesús, el Rey David, el barbero Fígaro, la Emperatriz María Teresa, los escritores Mark Twain y Charles Dickens, e incluso Pinocho. Pero si algo caracteriza el pontificado de Juan Pablo I fue su extraño, temprano e inesperado fallecimiento, y su consecuente brevedad, una brevedad que es, después de todo, menos extraña en la historia de la Iglesia de lo que se acostumbra a pensar (pinche aquí si desea conocer sobre el tema). Y es que Juan Pablo I fue hallado muerto en su cama poco antes del amanecer del 29 de septiembre de 1978, es decir, apenas treinta y tres días después de su elección. El hallazgo lo realizó la hermana Vincenza Taffarel, y según la versión oficial, había muerto de un infarto. Sólo tenía sesenta y cinco años de edad. El hecho de no practicarle la autopsia y algunas contradicciones en las circunstancias que rodearon su muerte, dieron pie a escribir y decir toda clase de cosas sobre su repentino fallecimiento. Juan Pablo I pretendía ahondar en las reformas iniciadas por Juan XXIII. El hecho de que la clarificación de las cuentas vaticanas y más concretamente las del famoso Banco Ambrosiano, fuera una de sus prioridades, abonó también las teorías de su posible asesinato, desarrolladas en libros como “El día de la cuenta” del sacerdote español Jesús López Sáez, o “In God’s Name” (“En el nombre de Dios”) del británico David Yallop. En el otro plato de la balanza, el periodista norteamericano John Cornwell, que entrevistó a los secretarios del papa difunto, al Cardenal Paul Marcinkus, gerente de la Banca Ambrosiana, a la sobrina del Papa, médico de profesión, a un sargento de la guardia suiza, a los embalsamadores, a un agente del FBI que trabajaba en Roma, a Joaquín Navarro-Valls, a Radio Vaticano, a los médicos del Papa y a una larga serie de personas más o menos cercanas a los hechos, en su libro “Como un ladrón en la noche. La muerte del papa Juan Pablo I”, atribuye la muerte del Papa a la presión de trabajo a la que fue sometido, a sus problemas de salud y hasta a un posible descuido en la medicación.
Dos papas frente a frente
A Juan Pablo I sucedió en la silla de Pedro, como de todos es conocido, el gran papa polaco Juan Pablo II, primero no italiano en cuatrocientos cincuenta y cinco años (véalo aquí si quiere), quién naturalmente, había participado en el cónclave en el que poco más de un mes antes fuera elegido su predecesor.
©L.A.
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