Mitos griegos: relatos antiguos, preguntas de hoy
Los mitos no envejecen porque siguen hablando de lo que siempre nos ocurre por dentro

Profesor Pedro José Grande Sánchez, autor de "Mitos griegos que nos habitan" (Bookman, 2026).
Doctor en Filosofía y profesor en la Universidad Complutense de Madrid, con una amplia trayectoria docente en distintos niveles educativos, Pedro José Grande Sánchez está convencido de algo que contraría muchos discursos pedagógicos: los mitos no envejecen. No hablan de una época, sino de estructuras permanentes de la experiencia humana: el deseo y el límite, la culpa y la identidad, la relación con el poder.
En "Mitos griegos que nos habitan" (Bookman, 2026), compuesto por cuarenta capítulos breves y muy visuales, pone en diálogo figuras como Narciso, Ícaro, Prometeo, Sísifo o Antígona con la vida digital, la hiperconectividad, la posverdad y la cultura del cansancio, pero también con preguntas universales como la culpa, el perdón, la vocación, el destino o la dignidad.
Desde la tradición de la Escuela de Madrid y su convicción de que la claridad es la cortesía del filósofo, el profesor Grande muestra que el mito no es moralina ni simple curiosidad cultural, sino una forma de pensamiento simbólico que dice lo que el concepto no alcanza y que sigue iluminando, desde dentro, nuestra experiencia.

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-Muchas gracias por la pregunta. Después de veinte años en la enseñanza he podido comprobar algo que, en cierto modo, contradice muchos discursos pedagógicos contemporáneos: los mitos no envejecen.
No envejecen porque no hablan de una época concreta, sino de estructuras permanentes de la experiencia humana. En ellos aparecen, con una fuerza difícil de igualar, cuestiones como el deseo, el límite, la culpa, la identidad o la relación con el poder.
Pensemos, por ejemplo, en Platón. Su filosofía no se comprende plenamente sin los mitos. No son un recurso literario secundario, sino una auténtica forma de pensamiento. De hecho, podría decirse que su antropología es profundamente simbólica: el mito permite decir lo que el concepto, por sí solo, no alcanza.
Por eso suelo decir a mis alumnos que los mitos no son relatos del pasado, sino formas de comprensión de lo que siempre está ocurriendo. Son, si se quiere, “hipótesis vivenciales”: estructuras que iluminan nuestra experiencia desde dentro. Y precisamente por eso siguen siendo hoy una de las mejores puertas de entrada para entender quiénes somos.
-En realidad, ese puente no ha sido tan difícil de construir como podría parecer. Forma parte, en cierto modo, de la propia vocación filosófica.
Mi formación está muy marcada por la tradición de la Escuela de Madrid, donde hay una idea fundamental formulada por Ortega y Gasset: “La claridad es la cortesía del filósofo”. Es decir, la filosofía no puede renunciar a ser comprensible sin traicionarse a sí misma.
El libro está compuesto por cuarenta capítulos en los que intento poner en diálogo los mitos griegos con problemas contemporáneos. Julián Marías decía que si la filosofía no es visual, deja de ser filosofía. Pues bien, los mitos tienen una ventaja decisiva: son intrínsecamente narrativos y visuales. Por eso, hacen accesible lo complejo sin simplificarlo. De ahí que el paso de la reflexión académica a este formato más divulgativo no haya sido una ruptura, sino una continuidad: otra forma de hacer filosofía, fiel a su propia exigencia de claridad.
-Su pregunta me sitúa ante la necesidad de elegir, pero quizá lo más honesto es reconocer que no hay un único mito capaz de agotar la complejidad de nuestra vida. Los mitos que aparecen en el libro iluminan aspectos distintos de nuestra experiencia y, en ese sentido, todos ellos revelan verdades incómodas sobre nosotros mismos.
Si el libro tiene alguna pretensión, es precisamente esa: no ofrecer una respuesta única, sino permitir que cada lector descubra qué mito le interpela más directamente. Porque, en el fondo, no habitamos un solo mito, sino varios a la vez.
Y quizá la verdadera incomodidad consista en reconocer eso: que las tensiones que creemos propias de nuestro tiempo ya estaban, de algún modo, inscritas en esas antiguas narraciones.
-A lo largo de la historia, los mitos han sido una forma fundamental de expresión de la experiencia humana. No son simplemente relatos ficticios, sino configuraciones simbólicas que intentan dar sentido a las cuestiones más radicales de la existencia.
Desde ese punto de vista, un cristiano puede leer los mitos griegos no como una alternativa a la fe, ni como un riesgo de confusión, sino como un lenguaje simbólico que prepara o acompaña la comprensión de lo humano. Los mitos no sustituyen a la revelación, pero sí pueden ayudar a tomar en serio las preguntas a las que la revelación responde. Como afirmaba Terencio: “soy un hombre y nada humano me es ajeno” (homo sum, humani nihil a me alienum puto).
Por otra parte, Cassirer definía al ser humano como un “animal simbólico”, un ser que necesita interpretar su existencia. Y en ese horizonte, los mitos siguen siendo fecundos. Por eso, temas como la culpa, el perdón, la esperanza, el destino, la vocación o la dignidad no quedan diluidos en ellos, sino que aparecen formulados de un modo que interpela existencialmente. De este modo, pueden funcionar como un espejo que nos invita a pensar con mayor hondura nuestra propia vida.
-Los mitos no son moralina. Y precisamente por eso siguen siendo tan valiosos. Un mito no impone una lección cerrada, sino que abre un espacio de interpretación. Permite que un alumno –o cualquier lector– se vea implicado en la historia y tenga que posicionarse.
En mi experiencia docente, lo más importante no es “explicar” el mito, sino crear las condiciones para que el mito actúe. Cuando un estudiante se reconoce, por ejemplo, en Narciso, en Ícaro o en Sísifo, el aprendizaje ya ha comenzado.
Evitar el moralismo consiste en respetar la inteligencia del alumno, en no anticipar conclusiones que él mismo puede descubrir. Y evitar la ingenuidad implica no trivializar el mito, no reducirlo a una anécdota o a un mensaje simplista.
Los mitos son expresiones simbólicas de experiencias humanas profundas. Por eso, cada persona llega a ellos de un modo distinto. Y quizá ese sea su mayor valor educativo: no ofrecen respuestas prefabricadas, sino que despiertan preguntas que acompañan a lo largo de la vida.
Es todavía pronto, pero las primeras reacciones están siendo muy positivas, y eso siempre es motivo de alegría.
Querría destacar especialmente el trabajo editorial de Bookman y, en particular, de Miguel Ángel Blázquez, que desde el primer momento confió en este proyecto y que ha cuidado la edición con gran esmero. Cada capítulo está acompañado de un icono que representa el mito, lo cual refuerza esa dimensión simbólica que atraviesa todo el libro.
En cuanto a lo que viene, me interesa precisamente seguir explorando ese espacio de diálogo entre la reflexión filosófica y otras formas de escritura. No se trata de abandonar la filosofía académica, sino de ensayar modos distintos de hacerla llegar. En ese sentido, el trabajo con los mitos –y, en general, con el lenguaje simbólico– abre todavía muchas posibilidades. Muchas gracias.