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Felipe VI y la Conquista: cuando la historia dice “irreprochable”

Por qué reconocer abusos sin caer en la leyenda negra ni en la autoflagelación importa a los católicos de hoy

Cruz y coronas sobre el mapa de América: fe, poder y memoria histórica en la Conquista.

Cruz y coronas sobre el mapa de América: fe, poder y memoria histórica en la Conquista.

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Desde hace décadas, el católico que intenta mirar la historia de España y de América se encuentra entre dos fuegos. De un lado, un relato negro que reduce casi cinco siglos de presencia hispánica a una operación de saqueo y exterminio en la que la Iglesia habría sido cómplice imprescindible. Del otro, una épica autosatisfecha que se refugia en las glorias de la evangelización para esquivar cualquier examen de conciencia, como si el pecado de los hijos de la Iglesia no hubiera tenido consecuencias muy concretas en la vida de millones de personas. Entre esos extremos, muchos fieles viven con una sensación incómoda: aman a la Iglesia, quieren a su país, pero no terminan de saber cómo encajar los claroscuros del pasado sin traicionar la verdad ni la caridad.

Sin embargo, la fe cristiana nunca ha tenido miedo a mirar de frente la historia. El mismo Evangelio que nos presenta a los apóstoles como columnas de la Iglesia no oculta sus cobardías, traiciones y mezquindades. La Tradición está llena de santos que hicieron un bien inmenso y, al mismo tiempo, necesitaron purificar mentalidades y estructuras profundamente marcadas por su época. Creemos en un Dios que entra en una historia real, no ideal, y que se sirve de instrumentos limitados para llevar la salvación hasta los confines de la tierra. Precisamente por eso, un católico no debería contentarse ni con la autoculpabilización estéril ni con la propaganda complaciente: está llamado a amar la verdad, aunque duela, porque sabe que solo la verdad hace libres.

En este contexto, las recientes palabras de Felipe VI sobre la conquista de América han actuado como chispa. El Rey ha reconocido “mucho abuso”, ha recordado las Leyes de Indias y ha pedido evitar el “excesivo presentismo moral”, reabriendo un debate que no es solo político o académico, sino profundamente espiritual: ¿cómo conjugar el pecado histórico, individual y estructural, con el bien inmenso de la evangelización? ¿Cómo hablar de abusos sin negar las gracias que Dios derramó a través de esos mismos acontecimientos? ¿Y cómo hacerlo sin dejarnos arrastrar por agendas ideológicas que usan el pasado para ajustar cuentas en el presente? A partir de ahí, conviene escuchar qué se ha dicho exactamente y cómo lo han valorado los historiadores.

Antes de dejarnos llevar por lecturas ajenas, merece la pena escuchar exactamente qué dijo el Rey y en qué contexto lo dijo.

Como era previsible, las palabras no tardaron en pasar por el filtro de la lucha partidista, con lecturas muy distintas según la sensibilidad política.

Las palabras de Felipe VI no se han quedado en el terreno de los historiadores. Desde el Gobierno se han calificado de “muy razonables” y se ha subrayado que encajan con la idea de reconocer “claroscuros” e injusticias sin negar la historia compartida con América. Desde la oposición, algunos portavoces han aprovechado para criticar el uso partidista del pasado por parte de gobiernos hispanoamericanos, mientras que sectores más críticos con la Corona han llegado a hablar de “revisión” o “cuestionamiento” de la propia Conquista. En paralelo, medios internacionales han destacado sobre todo el gesto diplomático hacia México y el hecho insólito de que el Rey hable explícitamente de “mucho abuso” y de “controversias morales y éticas” en un tema tan cargado simbólicamente.

Pero, más allá del ruido, conviene preguntar a quienes llevan años estudiando seriamente la Conquista qué les parecen estas palabras y hasta qué punto encajan con lo que hoy sabemos de aquel periodo.

Que un jefe de Estado admita que en la Conquista de América hubo “mucho abuso” a pesar de las Leyes de Indias y que, con los valores actuales, no es un pasado del que podamos sentirnos orgullosos, no escandaliza a la historiografía seria; simplemente verbaliza lo que la investigación lleva tiempo sosteniendo (declaraciones de Felipe VI durante su visita al Museo Arqueológico Nacional, 15–16 de marzo de 2026, recogidas por RTVE, El País, Onda Cero, etc.). Lo relevante de ese comentario, formulado en la exposición "La mitad del mundo. La mujer en el México indígena" en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, es que traslada al centro del debate público una lectura que, para los especialistas, es casi de manual: un proceso fundacional, atravesado por violencia y explotación, pero también por marcos jurídicos y controversias morales pioneras (crónicas de prensa sobre la visita).

Según esas informaciones, Felipe VI recordó ante el embajador de México que “los propios Reyes Católicos, la reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias” expresaron “un afán de protección que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho abuso” (transcripción de la conversación difundida por Casa Real y reproducida en diversos medios generalistas). Al mismo tiempo, advirtió que hay cosas que, vistas “con nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos”, pero deben conocerse “en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”, sacando lecciones de las “controversias morales y éticas” sobre cómo se ejerce el poder “desde el primer día” (mismas fuentes). Ese equilibrio entre reconocimiento de abusos, referencia al derecho indiano y crítica del presentismo explica por qué varios historiadores han considerado sus palabras “irreprochables”, “evidentes” y “acertadas” en entrevistas publicadas el 15 y 16 de marzo de 2026.

El historiador José Carlos Mainer lo expresa de forma especialmente clara en un reportaje de reacciones de historiadores a propósito de estas palabras: “me parece sano que el rey de España recoja algo que ya es bastante común” (entrevista recogida por Europa Press y replicada en otros medios). Mainer recuerda que, independientemente de que la Conquista fuese “un capítulo de la humanidad importante”, sí hubo “una violencia desatada y una explotación de un grupo de personas” (misma pieza). Esta doble dimensión —trascendencia histórica y brutalidad— es hoy un punto de partida compartido en la historiografía sobre la Monarquía Hispánica, y sitúa el discurso de Felipe VI dentro de ese consenso, no en sus márgenes.

En la misma línea, Enrique Moradiellos considera “evidente” lo dicho por el Rey sobre los abusos y controversias de la Conquista y subraya que cualquier gran proceso histórico combina violencia, tensiones y conflictos con dinámicas de superación y acuerdos posteriores (declaraciones suyas recogidas en ese mismo reportaje de Europa Press). Desde su perspectiva, resulta “ridículo” que “un Estado actual como España tenga que pedir disculpas por hechos ocurridos hace medio milenio”, del mismo modo que nadie espera hoy una disculpa formal de la República Francesa porque Napoleón “invadió y arrasó España entre 1808 y 1814”, o de Rusia por el sometimiento de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial (misma fuente). Con ello pone en cuestión la lógica de las culpas heredadas como herramienta política, sin negar en ningún momento la realidad de los abusos.

Otra de las claves del debate es el llamado “presentismo moral”. José Luis Corral insiste en ese reportaje en que “no hay que disculparse” por lo que hicieron otros españoles hace quinientos años y valora que Felipe VI haya mencionado expresamente esa cuestión (entrevista en Europa Press). A su juicio, “no se puede juzgar el pasado desde una posición moral del presente” porque, si lo hacemos, “estamos haciendo presentismo, y es lo que un historiador no debe hacer jamás”; al mismo tiempo reconoce que, “desde la posición moral ética del siglo XXI, entendamos que se hicieron algunas barbaridades” (misma entrevista). La distinción es nítida: comprender en contexto no es lo mismo que justificar; evitar el anacronismo no obliga a silenciar la injusticia.

El historiador Fernando del Rey, por su parte, interpreta la intervención del Rey como “acertada” y, en términos diplomáticos, como “un gesto político adecuado” y de “aproximación a un país hermano como México” (declaraciones reproducidas en el mismo reportaje de Europa Press). Pero al mismo tiempo subraya “el oportunismo” que ve “detrás de ese discurso populista de los mandatarios mexicanos”, en referencia a las reiteradas exigencias de disculpa formuladas desde 2019 (contexto recordado en esa pieza). Del Rey recuerda que “ellos son los descendientes de los criollos, de la población blanca procedente de Europa, y son los criollos los que más barbaridades cometieron en estos territorios antes y después de la independencia” (misma entrevista). Es decir, la historia de la violencia sobre las poblaciones indígenas no termina con la soberanía española, sino que se prolonga bajo las repúblicas criollas, como ha documentado la historiografía sobre América Latina.

Del Rey añade un matiz comparativo que suele incomodar, pero que también se apoya en esa investigación: el imperio español presenta “diferencias notables” respecto a otros procesos coloniales, “especialmente el británico”, por el fenómeno del mestizaje, “una ley general en todo el imperio” (declaraciones en el mismo reportaje). Aunque reconoce que la relación con las poblaciones indígenas “no fue igualitaria”, recuerda que en América del Norte “se produjo un auténtico genocidio”, algo que “no ocurrió en el ámbito español”, donde “los nubarrones históricos no son tan acusados” (misma fuente). Del Rey explica que “las historias de cualquier imperio siempre se ajustan a esos nubarrones y siempre se cometen barbaridades”, pero también que “los occidentales no debemos flagelarnos en exceso”. La comparación no pretende absolver, sino situar la experiencia hispánica dentro de un mapa más amplio de violencias imperiales.

En un registro más polémico, Jon Juaristi califica en ese mismo reportaje las palabras de Felipe VI como “irreprochables” y se distancia de vincularlas con una “petición formal de perdón” que “tanto descendiente de criollo antiespañol y asesino de indios está exigiendo del Rey” (entrevista en Europa Press). Su ironía apunta a la misma paradoja que señalaba Del Rey: quienes hoy levantan la bandera de la culpa histórica suelen pertenecer, simbólicamente al menos, a las élites que se beneficiaron del orden poscolonial.

Todo esto se inserta, además, en un marco institucional y cultural concreto. No es casual que el Rey pronunciara estas palabras en una visita —calificada como privada y no anunciada en la agenda oficial— a la exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena en el Museo Arqueológico Nacional, organizada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Secretaría de Cultura de México, en colaboración con el Ministerio de Cultura español, el Instituto Cervantes y la Secretaría General Iberoamericana (datos señalados en las crónicas del acto). Tampoco es irrelevante que, en la inauguración de esa misma muestra meses antes, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, reconociera que hubo “claroscuros” en la historia compartida y afirmara: “hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida, no podemos negarla ni olvidarla” (palabras recogidas en las noticias de la inauguración).

A la luz de todo lo anterior, la posición de Felipe VI se sitúa en una franja de razonabilidad historiográfica. Reconoce “mucho abuso” y conductas que hoy no pueden ser motivo de orgullo (según sus propias palabras en el MAN), subraya la existencia de un marco legal y doctrinal que intentó —con éxito desigual— proteger a los indígenas (la alusión a las Leyes de Indias y a Isabel la Católica va en esa línea), alerta contra el presentismo (algo que los historiadores consultados avalan explícitamente) y evita tanto la autocomplacencia como la autoflagelación. ¿Se le podría exigir más pedagogía, más detalle sobre la diversidad de experiencias o sobre el papel de las élites criollas tras la independencia? Sin duda. Pero el debate ya no está en si ese diagnóstico básico es o no compatible con la investigación histórica —lo es, a la vista de las voces académicas citadas—, sino en qué uso político y educativo hacemos hoy de esa historia.

Entre la exigencia de perdones retroactivos y la tentación de sacar pecho por cada gesta imperial, la historiografía invita a otro camino: reconocer la violencia y la injusticia, situarlas en su contexto, resistir la instrumentalización populista del pasado y convertir un pasado compartido —lleno de claroscuros— en un terreno para el diálogo y no solo para el reproche. Que un Rey se acerque a ese terreno es un paso; que los sistemas educativos, los medios y los responsables políticos lo transiten de verdad será la prueba decisiva.

Para quien quiera comprobar las citas y profundizar en el contexto, indico aquí las principales fuentes periodísticas que he utilizado al preparar este artículo.

Fuentes principales consultadas (15–18 de marzo de 2026)

  1. Declaraciones de Felipe VI sobre la Conquista de América durante su visita a la exposición "La mitad del mundo. La mujer en el México indígena" en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid), recogidas en crónicas y vídeos de medios españoles e internacionales publicados entre el 15 y el 17 de marzo de 2026.
  2. Reportaje de agencia con las reacciones de los historiadores José Carlos Mainer, Enrique Moradiellos, José Luis Corral, Fernando del Rey y Jon Juaristi a las palabras del Rey, difundido los días 15–16 de marzo de 2026 y reproducido en diversos diarios digitales.
  3. Intervención del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, en la inauguración de la exposición "La mitad del mundo. La mujer en el México indígena" (2025), donde reconoció los “claroscuros” de la historia compartida y afirmó: “Hubo injusticia, justo es reconocerlo y lamentarlo. Esa es parte de nuestra historia compartida, no podemos negarla ni olvidarla”.
  4. Crónicas y análisis sobre las reacciones políticas y diplomáticas posteriores (Gobierno español, oposición y autoridades mexicanas) publicados en la prensa española entre el 16 y el 18 de marzo de 2026.
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