Religión en Libertad

Dios como problema académico: la asignatura de Religión necesita recuperar su estatuto teológico

Arsenio Alonso Rodríguez: razón mutilada y la urgencia teológica de la asignatura de Religión en la escuela.

Profesor Arsenio Alonso Rodríguez, teólogo y filósofo, defensor del estatuto académico de la asignatura de Religión como saber teológico en la escuela.

Creado:

Actualizado:

Formado en Filosofía, Teología y Derecho, Arsenio Alonso Rodríguez —profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas “San Melchor de Quirós” de Oviedo y doctor por la Universidad de Oviedo— reflexiona sobre la presencia de la asignatura de Religión en el sistema educativo español. En esta conversación, denuncia la “mutilación de la razón” que ha hecho incomprensible este saber en la escuela y reclama clarificar su estatuto epistemológico: la Religión como ciencia teológica, lugar donde fe y razón dialogan sobre el misterio de Dios y la esperanza última del hombre. Desde su sólida formación zubiriana y blondeliana, Alonso propone “sentar a Cristo en las cátedras”, devolviendo a la Universidad y a la escuela el coraje de pensar la verdad total.

-¿Cómo cree que la concepción empobrecida de la razón ha contribuido a la incomprensión de la asignatura de Religión en el sistema educativo?

-La asignatura de Religión resulta incomprendida porque se parte de una noción reducida de razón, limitada al manejo de hechos empíricamente verificables o a un racionalismo autosuficiente que se basta a sí mismo.

Al menos desde inicios del siglo pasado, una especie de filosofía positivista vulgar, opera como forma mentis a nivel de calle, en forma de cientifismo, historicismo, sociologismo e historicismo. En ese marco, todo lo que remita al ser de lo real, al fundamento último, sentido definitivo o revelación de Dios, aparece como “subjetivo”, “privado” o “no escolarizable”, y por tanto la Religión se percibe como intrusa o ideológica, no como saber.

Lamentablemente, esto no solo afecta al pensar religioso, sino a la misma filosofía y a las ciencias humanas en general, lo que retroalimenta la crisis de la asignatura de Religión.

Cuando se olvida que la razón es capaz de aprehender la realidad yendo más allá de las apariencias, del dato fenoménico, y de remontarse al fundamento último, se le niega su apertura constitutiva a la verdad total y a Dios. Esta mutilación hace imposible comprender que la pregunta por Dios y por la salvación forme parte legítima del currículum, y empuja a vaciar la asignatura de su contenido propio para tolerarla solo como si fuera mera ética, historia de religiones o cultura religiosa.

Hay que advertir además que nuestro occidente cultural vive instalado en el ateísmo, “uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo” (Concilio Vaticano II; Cf. GS 19-22), en una especie de “eclipse de Dios” (Buber).

Respiramos en la llamada era “post-metafísica” y nihilista, lo que hace muy difícil y a la vez, paradójicamente apasionante y urgente, el logos sobre Dios, objeto y núcleo central de esta asignatura.

-Usted afirma que la razón humana es capaz de interrogar la realidad y reconocer su contingencia. ¿Cómo cree que esta capacidad se relaciona con la búsqueda de la plenitud última del hombre?

-La razón reconoce que la realidad es contingente, es decir, que las cosas existen, pero podrían no existir. Esta constatación no es un callejón sin salida, sino un punto de partida: nos remonta a la necesidad de un fundamento último. La búsqueda de plenitud no es un añadido emocional, sino la consecuencia lógica de reconocer nuestra finitud. El hombre descubre que su inteligencia apunta hacia una verdad que lo trasciende y que es la única capaz de dar respuesta a su existencia.

-¿Qué implicaciones tiene para la educación el hecho de que la razón no pueda agotar el misterio de Dios, y cómo debería abordarse esta cuestión en la asignatura de Religión?

-Que la razón no pueda agotar el misterio de Dios implica, para la educación, dos consecuencias decisivas:

a) Por un lado, la escuela no puede reducir la formación a lo técnicamente controlable; 

b) por otro, debe educar en la conciencia del límite y de la apertura a un más allá de la pura razón, sin negarla o contradecirla. 

Una razón abierta y elevada. El Misterio de Dios no designa irracionalidad, sino una realidad inteligible que sobrepasa infinitamente la capacidad de comprensión exhaustiva: la razón puede pensar su coherencia, mostrar que no es absurdo, pero no puede abarcarlo; más aún, la razón en el culmen de su búsqueda admite como necesario, desde la fe razonable, lo que la revelación cristiana, le presenta, como nos dice el magisterio de la Iglesia (Carta Encíclica Fides et ratio,n.42). La Revelación es luz para la razón y la salva a sí misma en su crónica limitación y aspiración al infinito de la verdad.

En la asignatura de Religión, esto se traduce en un modo específico de trabajo: se ejercita la razón hasta su culmen, mostrando cómo ella misma reconoce sus límites y su ordenación constitutiva a una revelación posible. El aula de Religión deviene así lugar donde se piensa el Misterio de Dios y del hombre con rigor, se deja que la razón sea afectada por la luz de la fe sin renunciar a su propio ejercicio crítico, y se educa en una esperanza que no es evasión sino apertura al “futuro absoluto” de Dios.

-Usted sostiene que excluir la asignatura de Religión de la escuela no es neutralidad, sino que niega legitimidad pública a la pregunta por la plenitud última del hombre. ¿Cómo cree que debería abordarse esta cuestión en un contexto de pluralismo religioso y cultural?

-En un contexto plural, la neutralidad no consiste en el “silencio sobre lo esencial”, en palabras de Jean Guitton. Excluir la pregunta por el sentido último y la plenitud del hombre es, en realidad, una toma de postura que no solo empobrece el debate público, sino, lo que es más grave, mutila una dimensión constitutiva del ser humano: el ámbito de fundamentalidad y transcendencia. Es una forma de represión humana (prohibición de una dimensión constitutiva) y una nueva alienación del hombre a la mera inmanencia. La asignatura de Religión tiene legitimidad porque da una salida; ofrece una propuesta histórica y razonada (la Revelación) a una inquietud que es antropológicamente universal. En suma, silenciar esta posibilidad en la escuela es negar al alumno el acceso a una parte constitutiva de sí mismo, de la historia y del pensamiento humano.

-¿Cómo cree que la fe y la razón se relacionan en la búsqueda de la verdad, y qué papel juega la asignatura de Religión en esta búsqueda?

-No son opuestas, sino complementarias. La razón prepara el camino reconociendo la necesidad de un fundamento, y la fe eleva a la razón para comprender el plan de Dios. La asignatura de Religión es el espacio académico donde se articula esta relación: es el lugar donde se "piensa la revelación y la fe" con rigor científico, mostrando que el creer no es un salto al vacío, sino un acto profundamente humano y razonable.

-Usted cita a Tomás de Aquino y su concepto de "desiderium naturale videndi Deum". ¿Cómo cree que este deseo natural se relaciona con la enseñanza de la Religión en la escuela?

-El desiderium naturale videndi Deum (el deseo natural de ver a Dios), tal como lo formula Tomás de Aquino, indica que el hombre, en cuanto “espíritu psicosomatizado”, desea naturalmente ver a Dios (participar de la misma vida divina); no le basta solo conocerle como causa primera a través de sus

efectos. Este deseo (un querer inexorable) no es un lujo cultural ni un añadido histórico inducido, sino algo intrínseco a la estructura del espíritu humano: todo hombre, “quiéralo o no, sépalo o no”, se sitúa en esta tensión hacia una plenitud que le excede.

La enseñanza de la Religión en la escuela debe precisamente tematizar y hacer consciente este deseo ontológico, mostrando cómo se expresa en las grandes tradiciones religiosas, en la filosofía, en el arte, en las biografías concretas (los testigos de la fe, los santos). Al mismo tiempo, debe presentar la propuesta cristiana según la cual ese deseo encuentra la posibilidad de su cumplimiento en la autocomunicación histórica de Dios en la persona de Jesucristo, no como conquista humana, sino como don ofrecido a la libertad.

De este modo, la asignatura no fabrica el deseo, sino que ayuda al alumno a reconocerlo, pensarlo y confrontarlo con la pretensión de verdad de la revelación.

-¿Qué cambios cree que serían necesarios para que la asignatura de Religión sea comprendida y valorada en su justa medida en el sistema educativo?

-Esta es una pregunta decisiva. Es un grave error el pensar que los cambios deban ir por la excelencia del hacer pedagógico y didáctico, el apostar por unos nuevos lenguajes y métodos para llegar mejor al destinatario, o por un buen uso de las nuevas tecnologías IA; pues esto ya se da por supuesto y exigido por el sistema educativo para todas las asignaturas del currículo y, como resulta obvio, no respondería a la pregunta que me hace, de por qué esta asignatura en concreto debe ser “comprendida” como necesaria y por tanto “valorada”. Tampoco sería suficiente para legitimar su presencia académica la de la fuerte carga ética y cultural que aporta esta asignatura, clave para entender a su vez la propia identidad cultural, la historia o el arte; pues esto bien se puede cubrir con otras áreas curriculares ya presentes en el sistema educativo. No es la utilidad que ofrece una asignatura, sino la verdad que aporta a la realidad.

Ciertamente, no se pretende quitar importancia a todo cuanto decimos; solo se quiere advertir que tales argumentos no responden, en modo suficiente, a la pregunta de por qué este tipo de saber debe formar parte intrínseca del saber académico.

Se ve claro entonces que la cuestión reside en clarificar el estatuto epistemológico de este tipo de saber, y en responder a esta pregunta: ¿qué aporta de sustantivo esta asignatura a la ciencia (a la verdad) en sentido integral y amplio del término? Por ahí debe venir el cambio de comprensión.

¿Qué tipo de verdad específica y propia aporta al saber la llamada asignatura de Religión? Dicho en un lenguaje más técnico, ¿cuál es el ámbito de demarcación científica de este tipo de saber, de tal modo que no pudiera ser subsumido o solapado en otro saber que la diluyera y la hiciera superflua (por ejemplo, en filosofía moral o ética, o mera cultura religiosa); un saber, sin el cual, el ser humano quedara estructuralmente incompleto, mutilado en aquello que lo define? Delimitado este campo específico, la asignatura se haría invencible e incuestionable.

Considero que ese campo debe ser el que siempre fue en el campo de los tipos de saberes históricos, el de la teología. La naturaleza gnoseológica de la asignatura de Religión es la ciencia teológica. Debe ser: Dios como problema (Zubiri), la verdad de la realidad divina, (pues también el increyente debe dar razón y tomar una actitud de sí mismo en el mundo); el sentido último de nuestro ser y el cumplimiento de nuestro destino último; el problema, en suma, de la esperanza absoluta del hombre y del mundo. Dicho de forma más sintética: ¿Quién soy yo en última instancia, qué será de mí, qué me cabe esperar? (Kant) desde un punto de vista individual, social, histórico y del mundo. Un saber que partiera de una filosofía del ser realista, fuerte, y se abriera necesariamente a la oferta de salvación que razonablemente pudiera venir de afuera como don, para ser acogida en libertad, no como un añadido extrínseco, sino como lo esencialmente buscado y esperado por el hombre. Un Dios que salve a la razón. “Sólo un dios puede salvarnos”, decía Heidegger.

Desde este fulcro o punto de apoyo, o más aún, desde este “punto de fuga”, por utilizar un término muy iluminador, sacado del dibujo técnico y artístico, se percibiría con claridad la proporción y la configuración en el ámbito de la verdad, este saber específico en el sistema académico, de manera concluyente y para todos.

-Por último, ¿querría usted añadir algo más?

-Todo cuanto venimos afirmando nos abre a preguntas que deben hacernos pensar, con el fin de abrir vías de solución de enorme importancia para el futuro próximo.

Dando por supuesto que deba estar este tipo de saber en la enseñanza, desearía plantear las siguientes cuestiones, que considero relevantes:

1º) Si este tipo de saber tiene un ámbito de demarcación propio en la verdad, ¿Cómo debería ser el modo de presencia institucional de la asignatura de Religión que posibilite el ser cursada por todos los alumnos en la enseñanza pública?

2ª) La Constitución española dice que “los padres tienen el derecho de elegir para sus hijos el tipo de formación religiosa […] que esté de acuerdo con sus convicciones” (art. 27.3). ¿Cómo hacer ver que, con independencia de este derecho fundamental, este tipo de saber se legitima también por sí mismo desde la verdad antropológica, aunque no lo garantice la ley?

3º) La actual presencia de la asignatura de Religión en España exige para ser impartida, “el requisito de idoneidad”, expedido por la Iglesia Católica y demás confesiones reconocidas (Acuerdos España y Santa Sede y otros).

¿Cómo hacer ver que este requisito de idoneidad, no es esencial desde el punto de vista del estatuto científico de la asignatura, y que puede legítimamente no ser requerido en el futuro, sin que tenga que verse alterada la identidad o naturaleza de la misma asignatura, ni el derecho de los padres a elegirla para sus hijos?

4º) Por último, hay que tomar conciencia de la tierra yerma en la que nos movemos. En España, la teología ha desaparecido de la universidad estatal española y el estudio del problema de Dios sólo se mantiene en las facultades de filosofía, en concreto en una asignatura, la filosofía de la religión, o en una parte de la asignatura de metafísica.

Si miramos a la Universidad Católica, excluyendo las facultades de teología, aunque en alguna se pueda dar una “teología poco teológica” (Kasper), Dios también ha sido sacado del centro de la “unidad de la verdad universitaria”, en tanto que fulcro y “punto de fuga” que debiera dar unidad, dirección y sentido a la verdad multiforme de las distintas ciencias, y se ha desplazado a lo meramente cultual y litúrgico, a lo carismático y testimonial, y excepcionalmente, al estudio de alguna asignatura transversal como Doctrina Social de la Iglesia o análogas, que dan por supuesta la razón y la fe en Dios, sin a penas potencia metafísica y teológica en el debate público de la verdad universitaria.

¿Cómo sentar a “Cristo en las cátedras”, dicho en proféticas palabras del filósofo español Fernando Rielo? ¿Cómo, en fin, combatir esta secularización interna de la Iglesia?

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente