Lenguaje preciso: ¿Jesús de Nazaret o Jesucristo?
No es indiferente el lenguaje, porque detrás quiere expresar un contenido. La teología secularizada de nuestros tiempos lleva mucho tiempo queriendo hablar sólo de "Jesús de Nazaret" y pretende así presentar a Cristo simplemente como hombre, pensando que su divinidad y preexistencia es un lenguaje filosófico pero no una realidad; pretende reducir a Cristo a un personaje histórico más valorándolo como un profeta -¡no como el Hijo de Dios encarnado!- con visos de revolucionario y agitador social que, volcando en los pobres y marginados, pretende la transformación del orden social e incluso la lucha de clases. Es el hombre modelo por su compromiso por la justicia. Éste es el lenguaje secularizado de una teología que se vuelve ideología o discurso político. ¿Acaso éste es el lenguaje de la fe?
Se omite su muerte en cruz, descenso a los infiernos y santa resurrección como obra de la salvación, y se la interpreta horizontalistamente: la cruz es la solidaridad con los pobres del mundo; la resurrección ya no es de su carne, sino el impulso (subjetivo) en los apóstoles que comprendieron en ese momento que ellos también debían luchar por cambiar las estructuras opresoras. ¿Acaso ésta es la fe de la Iglesia en el Misterio pascual del Redentor?
¡Cuánto bien nos hace vincularnos a nuestra Tradición y profesar la recta fe con todas las generaciones que nos precedieron! Un texto de la liturgia hispano-mozárabe canta la grandeza de Jesucristo que es Dios y hombre -las dos naturalezas de Cristo- y su acción redentora:
"Es justo, Dios todopoderoso,
es nuestro deber darte gracias
por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor,
que se hizo hombre
para anular el pecado del hombre,
permaneciendo inmutable en la divinidad del Padre.
Él, el último Adán, con su Espíritu llenó de vida
a los que el primer Adán había abandonado a la muerte
por la condena del pecado.
Por su obediencia
reconcilió con el Padre y Dios eterno
a los que la transgresión del padre terreno
había arrebatado a un destino de bienaventuranza.
Con el remedio singular de su Encarnación
y con la sangre derramada de su Pasión y Muerte,
restauró en nosotros la condición en que fuimos creados,
de la que nos habían expulsado la debilidad y la corrupción.
Hizo todo esto
humillándose en su humanidad
sin perder ni un solo momento
la potencia que le pertenece a Él como al Padre.
Se hizo hombre, por lo tanto, para salvar a los hombres
sin apartarse jamás de la naturaleza del Padre.
Permanecía en la naturaleza divina
mientras, por su gracia, reconciliaba a los hombres.
Se hizo como nosotros,
sin dejar de ser igual al Padre en gloria y en poder.
Y de ese modo socorrió a los hombres
asumiendo la humanidad
sin renunciar a la divinidad que naturalmente posee" (Illatio Dom. VI de quotidiano).
¡Atención, entonces, con usar "Jesús de Nazaret", porque es lenguaje equívoco!
1. Ciertamente, en sí, el uso de la expresión “Jesús de Nazaret” no debe tener ninguna connotación peyorativa o errónea. Alude a una persona histórica y la encuadra en su lugar de nacimiento y en su residencia.
2. Decir simplemente “Jesús de Nazaret” no expresa la fe en Él, sino el mero dato histórico. Basta ver que esa es una forma de referirse a Él de sus contemporáneos y paisanos y una referencia de Pedro en los discursos de Hch para que identifiquen bien sus oyentes a Quién se refiere. Pero, inmediatamente, la teología del corpus paulino (que comienza pronto, año 55 su carta más antigua) jamás hablará de “Jesús de Nazaret” sino de “Jesús el Señor”, “Cristo Jesús”, “Nuestro Señor Jesucristo”, etc., para que nunca hubiesen malentendidos sino claridad en la confesión de fe de que aquel personaje histórico es al mismo tiempo el Señor, el Kyrios.
3. La Iglesia lo entendió así desde el principio, y en los Símbolos y textos litúrgicos al nombre bendito de “Jesús” le añaden “Cristo”, “Señor”, de manera que ese es el modo en que era educado todo el pueblo cristiano.
4. El uso hoy de “Jesús de Nazaret” vuelve a la actualidad con las primeras “vidas de Jesús” del s. XX marcadas por el protestantismo liberal y su versión católica, el modernismo, que llega a nuestros días especialmente con las corrientes de las diversas teologías de la liberación y teologías secularizadas que quieren establecer la fisura entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. La obra de Josef Ratzinger-Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret”, es una cierta contrarréplica usando esos mismo términos para superar la ruptura producida.
5. ¿Qué hay detrás, de fondo, con tanto interés en las aproximaciones históricas a “Jesús de Nazaret” y en hablar sólo de “Jesús de Nazaret” en teología, omitiendo sistemáticamente la confesión de fe en Jesucristo? Lo dirá Ratzinger en su libro “Jesús de Nazaret” al hablar de los métodos histórico-críticos que algunos sitúan como la panacea de todo ignorando sus límites:
“Las reconstrucciones de este Jesús, que había que buscar a partir de las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron cada vez más contrastantes: desde el revolucionario antirromano que luchaba por derrocar a los poderes establecidos y, naturalmente, fracasa, hasta el moralista benigno que todo lo aprueba y que, incomprensiblemente, termina por causar su propia ruina. Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado.
Por eso ha ido aumentando entretanto la desconfianza ante estas imágenes de Jesús; pero también la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.
Como resultado común de todas estas tentativas, ha quedado la impresión de que, en cualquier caso, sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús, y que ha sido sólo la fe en su divinidad la que ha plasmado posteriormente su imagen. Entretanto, esta impresión ha calado hondamente en la conciencia general de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío” (Jesús de Nazaret, Madrid, La Esfera de los libros, 2007, p. 8).
6. Como se ve, el uso hoy de “Jesús de Nazaret” encierra detrás mucho más que la alusión al lugar de Cristo y su realidad histórica. Hay una intencionalidad muy concreta cuando se usa. Por eso siempre es preferible emplear los términos paulinos que la Iglesia recibió: “Señor”, “Cristo”, donde sin negar su historicidad, su humanidad real y concreta (¡por supuesto!) señala el reconocimiento del Misterio, el estupor ante su Presencia.
Esa es mi insistencia en habituarnos al uso del lenguaje propio de los Símbolos y de la Liturgia en la predicación, en la catequesis y en la oración personal.