«La amistad del alma no busca privilegios, sino cuidar la misión del otro»
Armando Jesús Lovera, amigo del papa León XIV, cuenta cómo una vocación “no realizada” se convirtió en misión laical y en un testimonio de amistad que sostiene al Sucesor de Pedro.

Vaticano, 15 de octubre de 2025. Armando Jesús Lovera entrega al papa León XIV los primeros ejemplares de "De Roberto a León. Amistad, memoria y misión".
Peruano de raíces agustinianas y editor en España, Armando Jesús Lovera acaba de publicar "De Roberto a León. Amistad, memoria y misión" (Mensajero), donde narra casi cuarenta años de amistad con el actual papa León XIV. En esta conversación, habla de su vocación laical, del “no” vocacional que abrió otra puerta, de lo que significa una «amistad del alma» y de cómo se cuida cuando uno de los amigos es el Papa. También explica el criterio cristiano con el que ha escrito el libro y qué rasgos del estilo pastoral de León XIV considera más necesarios hoy para una Iglesia herida por la polarización.

.
-Intento, con la gracia de Dios, ser discípulo de Jesús: alguien en camino, que aprende cada día a mirar la vida con el Evangelio y a dejarse transformar por Él.
Como laico en la Iglesia, vivo mi vocación intentando tender puentes entre la fe y la cultura, al servicio de la Palabra que puso su tienda entre nosotros, con el pensamiento, la palabra y la vida allí donde Dios me conduce.
-He aprendido que la llamada de Dios es constante y que la vida cristiana exige una disponibilidad permanente a la conversión, a dejarse moldear por su voluntad. Es lo que rezamos en el Padrenuestro: «hágase tu voluntad». A veces, un «no» no cierra una puerta, sino que abre otra.
Dios llama a todos a la plenitud de la vida y a la santidad, pero esa llamada se descubre en el camino, en la libertad, en el discernimiento y también en la renuncia. Aquella experiencia me enseñó, ante todo, a reconocerme amado por Dios y a comprender que la vocación no se reduce a elegir un estado de vida, sino que es una respuesta cotidiana a su amor.
Lo agustiniano no quedó atrás en mi vida; ha tomado otra forma: una misión laical marcada por la búsqueda de la verdad, la vida en comunión y el servicio a los demás desde la fe, la palabra y la vida cotidiana.

Iquitos (Perú), agosto de 1995. El padre Roberto y Armando Jesús Lovera, en los años de misión y amistad compartida en la Amazonía.
-En realidad, no lo viví tanto como la decisión de escribir un libro, sino como un encargo y, en cierto modo, un servicio a la Iglesia. Desde el momento de su elección, mi teléfono no dejó de sonar: periodistas que querían saber cómo es el nuevo Papa, porque conocían nuestra amistad.
Mi primera reacción fue apartarme: no me sentía con autoridad ni con serenidad para hablar de alguien que acababa de asumir una misión tan grande. Pero un amigo jesuita me hizo ver algo que me quedó resonando: quizá era una oportunidad para mostrar que, detrás del ministerio petrino, sigue habiendo un hombre, un amigo, una persona concreta sostenida por la gracia del Espíritu Santo para llevar esa misión. Entonces entendí que no se trataba de «contar» una historia, sino de ofrecer un testimonio.
Antes de escribir, le pedí permiso al papa León. Le dije: «La gente quiere conocerte. Y yo quisiera mostrarte tal cual te percibo: un amigo que ofrece su amistad y, con ella, la de Aquel que da sentido a su vida, Jesús. Un amigo agustino que ahora es el Papa». Me respondió: «Eres mi amigo. Confío en ti».
-Cuando hablo de «amistad del alma», pienso en esa expresión de los Hechos de los Apóstoles: que los creyentes tenían «un solo corazón y una sola alma». Y san Agustín, en su Regla, retoma esa misma intuición: «vivir con un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios». Ahí está la diferencia esencial. No es una amistad fundada solo en afinidades, afectos o intereses comunes, sino una amistad arraigada en Cristo.
Una amistad cordial puede sostenerse en la simpatía o en la cercanía humana; una amistad del alma, en cambio, se sostiene en la fe y en la certeza de que Cristo está vivo y actúa entre nosotros. Eso cambia la manera de mirarse, de acompañarse y de permanecer unidos.
En nuestro caso, esa convicción ha hecho posible una amistad fiel y continua, incluso en la distancia, porque la comunión en la Iglesia y, de modo especial, en la Eucaristía, custodia una unidad más profunda que la mera proximidad.
-Más que protegerla, hablaría de cuidarla. Y una amistad así se cuida con oración, humildad y verdad. Para san Agustín de Hipona, la humildad no es solo una virtud, sino el camino indispensable para llegar a Dios; y también lo es para conservar una amistad limpia, libre de intereses y de protagonismos. Cuando uno de los amigos llega al papado, la relación cambia en sus circunstancias, pero no debería cambiar en su verdad.
Mucha gente quiere acercarse a él, conocerlo, comprenderlo. Y es natural. Es el Papa de la Iglesia católica. Pero la amistad del alma no busca «poseer» al amigo ni reclamar privilegios; sabe respetar su misión, sus tiempos y su entrega a la Iglesia. En este caso, la mejor manera de cuidar la amistad es sostenerla desde donde nació: en Cristo, en la oración y en la gratitud. Lo demás —la cercanía, las palabras, los encuentros— llega cuando Dios lo permite.
-El criterio ha sido profundamente evangélico: contar aquello que pueda ser buena noticia, que esté sostenido por la verdad y que ayude a edificar. No se trata de decirlo todo, sino de decir aquello que sirve al bien común: lo que ilumina, fortalece la fe, construye comunión y dispone el corazón para acoger mejor el ministerio del Sucesor de Pedro.
La discreción también es un acto de caridad y de verdad. Hay realidades que pertenecen a la intimidad de una amistad y al misterio irrepetible de cada persona. El Evangelio enseña que la palabra está llamada a sanar, reconciliar y sembrar paz. He procurado que cada página pueda ayudar a mirar con más hondura, a querer mejor a la Iglesia y a redescubrir el valor de la amistad como camino concreto de comunión cristiana.
-Los rasgos que considero más necesarios hoy para la Iglesia universal son los mismos que él ha manifestado desde su primera aparición en el balcón central de la basílica de San Pedro: serenidad, gratitud, confianza y respeto. En tiempos marcados por la violencia y la polarización, la serenidad no es pasividad, sino fortaleza interior y apertura a la escucha. La gratitud nos devuelve a la humildad; la confianza abre espacio a la esperanza; y el respeto hace posible el encuentro, porque antes que adversarios somos prójimos y, antes que extraños, hermanos.
Su insistencia en cuidar la vida, proteger la familia y desarmar las palabras revela un estilo pastoral profundamente evangélico. Hoy la Iglesia necesita pastores que cuiden, escuchen y recuerden al pueblo de Dios que el mal no tiene la última palabra, porque Dios sigue sosteniendo la historia.
-Le diría que no pierda la esperanza, porque Dios no ha dejado de actuar en su Iglesia, incluso en medio de sus fragilidades y heridas. El Dios de Jesús es un Dios de sorpresa: no cabe en nuestros esquemas ni se deja encerrar en nuestras expectativas. Su Espíritu siempre nos desborda y nos empuja a ensanchar la mirada y a convertir el corazón.
Más que pretender acomodar a Dios a nuestra manera de pensar, estamos llamados a dejarnos configurar por su presencia y por su llamada cotidiana. Y esa presencia no es abstracta: se hace concreta en el hermano, en el amigo, en el desconocido que se cruza en nuestro camino, que nos sostiene, nos corrige o nos abre horizontes nuevos.
Desde mi experiencia de amistad con el padre Roberto, ahora papa León XIV, he aprendido precisamente eso: que Dios sigue siendo cercano y que muchas veces se deja encontrar en el rostro concreto de quienes caminan a nuestro lado.
NOTA
La mirada de Armando Jesús Lovera —forjada en la amistad, la oración y la memoria agradecida— ofrece una clave privilegiada para acoger al Papa no solo como figura pública, sino como pastor y amigo que viene a confirmarnos en la fe.