El santo evangeliza (Palabras sobre la santidad - XXVII)
Aunque haya que desarrollar un nuevo ardor, un nuevo método y hasta un nuevo lenguaje para la evangelización; aunque cambien las formas y los métodos para responder a una nueva cultura y a las búsquedas del hombre de hoy, hay algo que permanece invariable: se evangeliza por el testimonio personal de santidad. Los santos fueron y son los mejores evangelizadores porque presentaban su propia vida como un testimonio de belleza, de coherencia y de verdad.
Sin esta santidad de vida, sin este compromiso personal de santidad, ya se podrán elaborar planes pastorales e inventar fórmulas o métodos, que resultarán estériles, infructuosos. Donde hay un santo, se comunica vida y Evangelio; pero si el misionero, el enviado, el apóstol, carece de esa santidad de vida, sus palabras se ve despojadas de fuerza y de verdad. Ya Juan Pablo II lo recordaba en la encíclica Redemptoris missio:
La larga historia de la Iglesia es una historia de santidad, donde brillan señeras las figuras de los santos, evangelizadores natos allí donde estuviesen por la propia santidad de sus vidas. Ellos, en medio del mundo, y en cada época histórica, fueron testigos del Amor de Jesucristo, diferentes entre sí, pero mostrando ese mismo Amor y anunciando ese Amor de Cristo. Así, hoy también, el testimonio personal de santidad es una condición previa para evangelizar todo. Habrá que suscitar, antes que planes pastorales y lenguajes nuevos, un verdadero deseo de santidad que será, sin duda, el mejor método de evangelización, la premisa indiscutible.
La santidad y sólo la santidad evangeliza, porque evangelizar es comunicar la vida sobrenatural y el amor de Jesucristo y esto sólo es posible si el evangelizador ha vivido en toda su hondura esa experiencia de salvación y responde por completo a Cristo con una vida santa.