Religión en Libertad

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La Eucaristía es una inagotable fuente de santidad. De ella depende la unión con Cristo, íntima y transformadora. Las almas que avanzan en la vida de santidad, son aquellas que han ido modelando su existencia con una forma eucarística, es decir, de caridad sobrenatural, sacrificio, donación.

La Eucaristía modela la vida cristiana realizando una transformación crística. El Espíritu Santo obra en nosotros esa transformación y así, vivir el misterio de la Eucaristía, entrando en él, es tener la garantía segura de una transformación interior. Fuente de santidad, la Eucaristía requiere y pide nuestra adoración, ya que es el mismo Señor quien está en el Sacramento dándose y amando. Lo vivido en la celebración de la Misa, es profundizado, contemplado, asimilado por los largos ratos de adoración eucarística, de manera que la adoración es una escuela básica de esa inagotable fuente de santidad. Tanta importancia tiene, que una buena pastoral (parroquial, comunitaria, diocesana) potenciará la vida eucarística y la adoración, consciente de los frutos de renovación y santidad que aporta, y buscará y fomentará "los medios litúrgicos y pastorales con los que la Iglesia de nuestro tiempo puede promover la fe en la presencia real del Señor en la sagrada Eucaristía y asegurar a la celebración de la santa misa toda la dimensión de la adoración" (Benedicto XVI, Disc. a la Plenaria de la Cong. para el Culto divino, 13-marzo-2009). La Eucaristía no se agota en su celebración, como muchas veces se ha presentado y se vive; su permanencia en el Sagrario nos permite entrar en la adoración, en un contacto íntimo e interior, ya sea personal o comunitariamente (en Horas santas, exposición del Santísimo, etc.). Es una dimensión que a veces se ha oscurecido o ha pasado desapercibido, centrando el esfuerzo pastoral y espiritual únicamente en la misma celebración litúrgica.


La Eucaristía santísima es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, el hontanar de toda gracia. Vivimos de la Eucaristía; la Iglesia misma vive de la Eucaristía. Es su corazón, su centro. Es su impulso, su fecundidad.

En la celebración eucarística hemos de participar plena, consciente, activa, interior, fructuosamente. En ella nos unimos a Cristo ofreciéndonos al Padre, se actualiza el sacrificio de la cruz, y recibimos al mismo Señor en su Cuerpo y en su Sangre. Es el crisol de nuestras vidas.

Esa Presencia real -sustancial- de Jesucristo mismo en la Eucaristía conduce a la adoración, que es reconocimiento y amor, sumisión y abrazo espiritual al Señor, reposando en su Corazón como el discípulo amado. Esta adoración primeramente ha de realizarse en la celebración misma de la Misa, cuidando su santidad y decoro, sin transformar la celebración en un mero encuentro festivo de hermanos comprometidos, un banquete fraternal de construcción del mundo (o de una sociedad nueva); aspectos éstos tan propios de la reducción secularista de la liturgia.

La adoración es un elemento propio de la celebración de la Misa, pero implica también poder disfrutar de la Presencia del Señor mismo después de la Misa, tributando nuestro amor y nuestro homenaje de reconocimiento en las formas de culto eucarístico. A sus pies, como la Magdalena ante el Resucitado, le adoramos y confesamos: "¡Maestro!"; le reconocemos y confesamos y como Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" El papa Benedicto XVI ofrece una lección sublime sobre la adoración partiendo, incluso, de la etimología de la palabra:

Siempre será un bien, en lo litúrgico, en lo pastoral y en lo espiritual, cuidar la adoración del Sacramento tanto en su celebración como en el culto fuera de la Misa, por el honor debido a Jesucristo y por las gracias que reporta a quien quiere vivir seriamente su vocación a la santidad. Esto se hará posible incrementando la vida litúrgica de las comunidades eclesiales así como educando en la vivencia eucarística:

Hemos de favorecer e intensificar un espíritu de adoración eucarística, descubriendo las riquezas del Sacramento y, sencillamente, adorando, postrándonos con amor ante el Señor.

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