La vida santa y apostólica (Palabras sobre la santidad - XXIII)
La vida de santidad, sin encerrarse en sí misma de manera egoísta, o buscando exclusivamente su propia perfección personal y su salvación, se abre a dimensiones eclesiales, fraternas, convirtiéndose en apóstol de tal manera que otros, los hombres, sus hermanos, puedan conocer a Cristo e incorporarse a la Compañía de Cristo, a la Iglesia.
El santo, conociendo el amor de Dios y gustándolo, lo da a gustar a todos. Ser apóstol le nace de sus deseos más nobles y puros, fruto de su experiencia de Jesucristo. Esta norma se cumple en todos los santos, ya sean seglares en el mundo, o sacerdotes, o religiosos con apostolados específicos, ya sea el monje o la monja desde el silencio de la clausura. Todos ellos son apóstoles aunque de manera distinta. No pueden callar lo que han visto y oído, lo que sus manos han tocado, la Palabra de la vida. Su experiencia de Cristo los pone en movimiento, los lanza al mundo, les infunde una pasión por el Evangelio que ya no les permitirá nunca callar, sino pregonar. La experiencia del encuentro con Cristo, la santidad que ha brotado en ellos, los convierte en enviados que comunican su experiencia.
Las obras apostólicas de los santos de cualquier edad dimanan de su experiencia de Cristo. Quien no hace apostolado, quien se queda con los brazos cruzados, pasivo, inerme, probablemente tenga una piedad exterior, formal, pero el corazón no ha sido alcanzado por Cristo, transformado por Cristo. Por eso el santo es el mejor apóstol... y el verdadero apostolado pide antes una experiencia de vida con Jesucristo.