Religión en Libertad

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La Unción de Cristo, permanente, lo ha constituido en Señor del Espíritu, el Santificador, cuya humanidad glorificada por el Espíritu se convierte en una fuente eterna para nosotros, que, por medio de Él, recibimos el Espíritu Santo.

Su santísima humanidad fue ungida en su concepción, al ser cubierta la Virgen María por la sombra y rocío del Espíritu; su santísima humanidad fue ungida en el bautismo en el Jordán y en su santa Resurrección. Para nosotros, una fuente de vida perenne. Él es Ungido y recibe el Espíritu en su humanidad en vistas a nuestra salvación, siempre en nuestro favor.

Su carne es ungida, su corporalidad entera, y deviene en fuente de la Gracia y del Espíritu para todos. Se unge la carne de Jesús, instrumento de nuestra salvación, en nuestro favor.

Ha sido ungido para poder ungirnos ahora a nosotros y participar de su Santo Espíritu. Cristianos es nuestro nombre, porque participamos de la vida divina de Cristo, el verdadero Ungido y Señor del Espíritu.


Las unciones sacramentales que sellan nuestra vida para siempre poseen un contenido salvífico espectacular: comunicarnos el Espíritu del Señor.

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