Abandonarse...
Para mí, y esto es una opinión muy personal, un punto fundamental de la vida espiritual es saber abandonarse. El abandono es una piedra de toque fundamental de la espiritualidad. El abandono exige madurez, la madurez de la humildad, donde el hombre sabe caminar sin llevar las riendas, sino poniendo éstas en manos de Dios. Se trata, entonces, de hacerse niño, hacerse pequeño, pisoteando orgullo y soberbia, para dejar que Dios sea Dios en la propia existencia. ¡Cuántas veces hay que repetir: "Dios proveerá"! ¡Cuántas y cuántas veces! Él, y sólo Él proveerá. ¿Para qué angustiarnos ni agobiarnos? Lo nuestro es caminar... y Dios proveerá. Lo nuestro es confiar y reconocer al mismo tiempo la paternidad de Dios ejercida en nuestra vida concreta. ¡Abandonarse!
Él y sólo Él lleva la vida por vericuetos que de pronto no se entienden, pero que a la larga, revelan su sentido último y providencial. Sí, sólo Él. Más que un obligado cumplimiento de normas y de pureza (con resabios de jansenismo, de puritanismo), el abandono confiado es, a fin de cuentas, hasta más exigente, porque no busca una perfección moral creada según la propia imagen, sino una santidad desconcertante que Dios a golpe de cincel, va labrando. Él sabrá. Él hará. Este abandono es activo y no resignado: uno trabaja en su interior quitando las resistencias naturales e interiores de la propia voluntad y de la propia soberbia. Trabaja para hacerse disponible movido por el deseo más fuerte y mayor de darse, de donarse completamente, al Señor.
El grande se hace pequeño, el orgullo humilde, y entonces le entrega la vida a Dios. Para Ti: confío en Ti, me abandono en Ti. Entonces soy libre.