Eucaristía, cruz y sufrimiento
En el sacramento eucarístico confluyen la Cruz de Cristo con la pequeña cruz de cada cristiano. Es el sacrificio pascual del Señor, la actualización de la obra de la redención mediante la cual hemos sido salvados.
La Cruz de Cristo y su Pascua se hacen presentes en el altar, mediante el pan y el vino separados, su Cuerpo y su Sangre, que es fraccionado, repartido, entregado. Pero es que la Cruz misma de Cristo ilumina y sostiene la cruz que cada cual toma sobre sí en seguimiento diario del Señor. La Eucaristía sostiene, ayuda, consuela, redime y da luz a la cruz personal, al sufrimiento, ofreciendo todo lo que se vive como oblación y uniéndola a la verdadera y santísima Oblación de Cristo. Hay una dimensión ofertorial de todo dolor y de todo sufrimiento para ser entregado a Cristo en favor de todo su Cuerpo. La Eucaristía requiere la propia ofrenda para unirla a la de Cristo. Pero esta ofrenda personal de la cruz y del sacrificio de cada día recibe, por su parte, una iluminación: el sentido profundo de lo que se vive iluminado por el Misterio pascual del Señor. El sufrimiento no es estéril ni infructuoso, sino fecundo y sobrenatural, y lo descubrimos con una mirada sobrenatural en la Eucaristía celebrada y adorada. Entonces, implicados personalmente en la obra de la redención de Cristo por el sufrimiento unido a la Cruz de Cristo, en la Eucaristía hallamos el consuelo, el sostén, el alimento, para proseguir, para vivir. La Eucaristía es, ciertamente, el viático para los que caminan, el alimento de los peregrinos. Y es también el alimento que fortalece cuando uno se va debilitando, como el Señor alimentó a Elías: "come, el camino es superior a tus fuerzas". Vivir la cruz sobre nuestros hombros sólo será posible cuando, con espíritu de fe, descubramos el valor salvífico de la propia cruz con el prisma de la Eucaristía y cuando sea el sacramento de la Eucaristía el alimento y consuelo en los momentos arduos y duros.