Lo primero y lo secundario (pongamos orden)
A veces las fuerzas se debilitan en las cosas secundarias del cristianismo, entendiendo secundarias no como relativas, sino como aquellas realidades que han de ir en segundo lugar; y lo primero, lo que es realmente prioritario en el cristianismo, a veces lo damos por conocido, o por suficiente. Dicho con el refranero: construimos la casa por el tejado. ¿Qué es lo primero?
Siempre, realmente siempre, llevar a la persona de la mano para que se encuentre cara a cara con Jesucristo (en la oración, en la liturgia, en la predicación, en un retiro, en un cursillo de cristiandad... ¡en todo lo que se haga!), porque el encuentro con Cristo es donde nos lo jugamos todo. Ahí sale uno feliz, pleno, transformado. El Evangelio es un relato maravilloso de encuentros con Cristo, y la narración de cómo salieron transformados de aquel encuentro. ¿Qué es lo secundario? Lo que viene después es que la persona se "rehace", se construye de nuevo, alcanzando una personalidad cristiana. Ésta incluye una mentalidad cristiana que le permite discernir según el Espíritu todas las realidades. Y esta personalidad cristiana incluye la moral, la ley nueva que ilumina la conciencia y la forma y la lleva a actuar según Cristo. Pero esto es fruto de quedar transformado cuando uno se sitúa ante Cristo y se sabe amado, perdonado y redimido por Él. Estos puntos son fundamentales para orientar no sólo la pastoral, la formación y la evangelización, sino también para el propio lenguaje cristiano y para la formulación de la teología y pensamiento cristianos. Primero es conducir al hombre hasta que se encuentre personalmente con Jesucristo y quede impactado; y fruto del estupor de este encuentro, ayudarle en el proceso de conversión y seguimiento.
Si el lenguaje cristiano se reduce al "deber", se hace odioso, gravoso. Nadie sigue a Cristo porque "debe", desde el imperativo categórico kantiano (si lo queremos decir así) sino porque Cristo me ama y yo correspondo a su amor. Si el lenguaje cristiano se reduce al moralismo del "compromiso", entonces la persona queda exhausta y agotada por sus propias fuerzas, en un perfeccionismo que desalienta. Si el lenguaje cristiano presenta el amor de Jesucristo, entonces la persona puede conversar con Él y ser iluminada en sus tinieblas, encontrar respuestas a sus preguntas, encontrar el agua que sacia ya sus deseos. En la pastoral (evangelización, formación) lo primero es Cristo: la experiencia litúrgica cuidada, solemne, orante; la introducción a la vida personal de oración y la escucha de la Palabra; los retiros parroquiales; la adoración silenciosa ante Cristo-Eucaristía; la homilía, la catequesis, el anuncio que lleve a la Persona del Señor. Ya vendrá el segundo momento en que la persona quiere crecer y transformarse y se la educará en la moral nueva, en el testimonio y apostolado. Pero este segundo momento... ¡se nos dará por añadidura tras encontrarse con Cristo! ¿No construimos pastorales que son más "diversión", "que la gente esté a gusto", que todo sea "simpático", en vez de llevarlas a Cristo? ¿Y no encontramos a veces un cristianismo que es todo social, de transformación y compromiso, donde Cristo sólo es el referente moral, pero en realidad se vive de una ideología?