Sábado, 24 de julio de 2021

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La noche de las espigas

La noche de las espigas

por Sólo Dios basta

Pocas experiencias tan vivificantes hay en este mundo como adorar a Dios en la noche. Si además se hace en plena naturaleza, a la luz de la Luna, rodeado de montañas y en un silencio acogedor el alma se llena del Dios vivo al que ha venido a adorar. Recibir la bendición desde lo alto de una montaña y bendecir desde allí a todas las ciudades y pueblos en unión a la Virgen de Valvanera, en cuya casa  se ha celebrado la eucaristía, es algo que enciende el corazón de todos los presentes. Es lo que vivo ante la custodia que bajo palio es llevada hasta el altar para hacer allí la visita y la bendición. El lugar, el momento y la oración une a todos en un mismo pensar: ¡Qué gran regalo estar con el Señor en medio de la noche en el monte como cuando Él mismo pasaba las noches en oración!

En esta tierra de pastores de ganado y en esos momentos tan íntimos en que el Buen Pastor contempla y bendice a sus ovejas reunidas para adorarle, le pido que remueva los corazones de los jóvenes para que descubran la grandeza de la vocación sacerdotal. Si cada turno de la Adoración Nocturna Española orara con esta intención y pusiera los nombres propios de sus hijos o nietos en cada vigilia mensual puede llegar el momento en que todos estén bien atendidos por sacerdotes nacidos de entre los adoradores nocturnos y pasar juntos las noches en adoración. Se lo presento en una vigilia diocesana como ésta, la Vigilia de Espigas, la más importante después de la del Corpus Christi, para que Jesús Eucaristía ponga la mirada en esos posibles candidatos al sacerdocio que están llamados a recibir a otros jóvenes dentro de la Adoración Nocturna al igual que ellos fueron acogidos por un sacerdote que no deja de rezar por ellos.

Sigue la procesión y volvemos a la iglesia del monasterio para comenzar el turno de vela teniendo muy presente a San José en la oración de presentación de adoradores:

 

“Aquí estamos a tus pies Señor y Dios Nuestro Jesucristo, el Hijo de María y de José. Venimos esta noche especial en esta Vigilia de Espigas a contemplarte, a adorarte a alabarte y a darte gracias por tantos dones como nos das. No te cansas de darnos todo. Te das tú mismo. Te das con tu Cuerpo y con tu Sangre. Tenemos que entrar en este gran misterio. Para eso venimos a estar contigo.

 

Lo hacemos al terminar el curso cuando las espigas de los campos están doradas por el Sol y nuestras almas han pasado un año más adorándote mes a mes en cada vigilia nocturna. Deseamos unirnos a María tu Madre y nuestra Madre la Virgen de Valvanera. Volvemos a su casa, la casa donde Ella nos espera todo el año para que vengamos con nuestras familias a darle gracias por tantas maravillas como obra en nuestras vidas. Ahora estamos aquí los adoradores nocturnos de La Rioja para presentarnos como esas espigas que ya están maduras para la siega. Llega la cosecha de nuestra vida, del curso que termina y de esos momentos de intimidad contigo. Queremos que entres en nuestros corazones y nos tomes uno a uno para ser presentados al pie del altar. Que este altar donde estás vivo y al que mira con predilección nuestra Madre de Valvanera sea el lugar de encuentro para escuchar tu palabra viva que brota de tu vivo Corazón. Un Corazón vivo que da vida. Si nos alejamos de ti nos perdemos y no  sabemos volver a casa. Es de noche, estamos en el monte, alejados de todo pueblo y ciudad, en medio de la espesura del bosque y no hay luz. Fuera hay lobos y oscuridad. Aquí en esta iglesia tenemos la luz que ilumina tu presencial real en la Eucaristía y la que nos muestra el rostro de tu Madre y nuestra Madre. Dos lumbreras que su unen para iluminar la noche.

 

Aquí en la oscuridad de la noche queremos estar contigo, con tu Madre y de modo especial también con tu padre y nuestro padre San José. Siempre ha estado muy olvidado y este año todos por invitación del Papa Francisco ponemos la mirada en el glorioso patriarca San José.

 

San José es nuestro padre y el que nos enseña a acercarnos a ti, Jesús Eucaristía, Dios vivo, Redentor de nuestras almas. Cuando vemos a José en la oscuridad de la cueva de Belén o huyendo a Egipto para salvar tu vida o buscándote cuando te pierdes en Jerusalén nos llega la luz y compañía de un padre que sabe muy bien cómo tenemos que estar contigo.

 

En esta noche de inicio de verano queremos contemplarte; sin contemplación no puede haber vida interior. Volvemos a Belén, a la cueva de Belén donde naces y donde José contempla la escena que remueve todas las entrañas del universo. Una joven doncella da a luz al Hijo de Dios en plena noche, en un lugar alejado donde sólo hay pastores. ¿Y dónde te contemplamos esta noche sino en un monte alejado, cerca de cuevas y donde abunda el ganado con sus pastores? Aquí queremos contemplar y hacer silencio en nuestro corazón.

 

Al contemplarte nuestro amor madura, el corazón se ensancha y lo que busca es adorar. Adorar tu persona, tu grandeza, tu divinidad que no deja de asombrarnos cuando José toma a tu Madre y a ti de niño y te lleva a Egipto. Sólo se adora a Dios. Eres adorado hoy en esta noche porque San José recibe un aviso nocturno para sacarte de casa y llevarte a otro lugar para que sigas vivo. Nosotros esta noche hemos dejado nuestra casa para adorarte y ponernos a tus pies como lo haría San José en ese tiempo tan especial lejos de casa pero sabiendo que Dios estaba con él.

 

Y de la contemplación y la adoración brota la alabanza. Las alabanzas que al final te cantaremos muestran que estás vivo, que te amamos y que te hemos encontrado como al final te encuentran José y María en Jerusalén; ellos en el Templo y nosotros te encontramos en otro templo donde siempre está tu Madre. Queremos elevar nuestro corazón a ti con San José para mostrar que siempre estás cerca de nosotros, pero tenemos que buscarte y al encontrarte de verdad romper nuestro corazón de júbilo y ensalzarte con todos los sentidos del cuerpo y del espíritu para dar gloria a Dios.

 

Sí, Señor Jesús, hemos venido para darte gloria. Todos unidos como adoradores nocturnos para seguir dando pasos en nuestra vidas y hacerte presente allí donde estemos, decir a todos como San José, que estás vivo, que eres nuestro Dios, que tenemos una Madre, la Virgen del Valvanera, que todo es obra del Padre que por el Espíritu Santo enciende nuestros corazones para decir a una sola voz que tú eres Nuestro Dios, Nuestro Rey, Nuestro Salvador al que contemplamos, adoramos y alabamos como ese humilde carpintero que en un silencio acogedor mira a los ojos a Dios. Amén”.

 

Ahora se adora a Jesús en silencio dentro de la iglesia a la que los riojanos acudimos con cariño a honrar a nuestra Madre, la Virgen de Valvanera. Las banderas de las diversas secciones presentes, al igual que en la procesión de inicio de vigilia, acompañan hasta el camarín a los sacerdotes al terminar la ceremonia para hacer la última oración ante la Madre que no deja de mirarnos y enseñarnos a poner la mirada en su Hijo al que hemos venido a adorar.

 

Muy agradecidos nos despedimos de los monjes, ellos se quedan en su casa, con la Virgen de Valvanera. Al salir de la iglesia me despido de San José. Le digo ante una imagen suya que hay frente a la puerta de entrada que se acuerde de lo aquí vivido con su Hijo para que mantenga vivo el fuego de la Adoración Nocturna. Es un carisma que revive esas noches que Cristo pasa en oración cuando es adulto y las que María y José viven en silencio adorador cuando es Niño. Lo que nos queda a todos en el corazón son las ganas de volver a encontrarnos el año que viene en otro lugar para adorar una vez más al Hijo de San José en la noche de las espigas.

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