Sábado, 14 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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¿Vivamos juntos?

por Daniel Torres Cox

Vivir juntos antes de casarse parecería tener sus ventajas. Permite pasar más tiempo juntos, conocer aspectos de la otra persona que sólo se ven cuando está en su “hábitat”, y también ver si ambos son lo suficientemente compatibles como para comprometerse a vivir juntos para toda la vida. Y si la cosa no funciona, mejor saberlo antes de asumir un compromiso definitivo.

Vista así, la decisión de vivir juntos parece una win-win situation —en la que todos ganan—. En efecto, se tendría todos los privilegios del matrimonio, pero sin los riesgos de comprometerse para toda la vida. ¿Esto es así? ¿Hay acaso privilegios a los que sólo se accede en el matrimonio? Creo que sí. Intentaré exponer dos en este artículo. Pero antes, una aclaración.

Una aclaración previa

Antes de casarse, uno no conoce totalmente a la otra persona: conoce sólo lo suficiente para animarse a dar ese paso juntos. El hecho de empezar a vivir juntos permitirá que cada uno vaya descubriendo aspectos del otro que no conocía. Se irán conociendo cosas buenas, que harán que la convivencia sea más agradable. Pero se conocerán también cosas de la otra persona que tal vez no sean tan agradables. Algunas de estas podrán irse mejorando; sin embargo, habrá que aprender a vivir con otras que no puedan cambiarse por se parte de la “esencia” de la otra persona. De ahí que empezar a convivir genera siempre una cierta incertidumbre.

Cuando uno se casa, se compromete a amar a la otra persona hasta la muerte. No se trata de un amor entendido como un sentimiento, porque no es posible comprometerse a sentir cosas fuertes por alguien, ya que los sentimientos no son algo que se pueda controlar libremente. Sólo un amor entendido como decisión puede durar toda la vida —decisión de buscar el bien y lo mejor para la otra persona—. El amor consiste, pues, en una elección: “te elijo a ti, elijo comprometerme a buscar tu bien”.

1. Una elección permanente

En el ser humano, ninguna decisión es definitiva. Uno permanentemente aprende cosas nuevas, lo cual hace que pueda cambiar de parecer respecto de decisiones ya tomadas. Una relación de pareja no es la excepción. ¿Cómo sé que la otra persona no se va a despertar un día sintiéndose diferente? ¿Cómo sé que no voy a cambiar de opinión respecto de esa persona?

Al casarse, uno asume un compromiso para toda la vida. Pero uno no se compromete a que sus sentimientos hacia la otra persona no vayan a cambiar. De hecho, van a cambiar, pues la vida matrimonial no está libre de dificultades. A lo que uno se compromete es a renovar la elección del otro —el “sí acepto” del matrimonio— todos los días. Y esto es algo que uno sí puede sostener incluso cuando los sentimientos momentáneamente son adversos.

Antes de casarse, ninguno de los dos sabe si le va a gustar lo que empiece a descubrir del otro. Que les guste todo o no es algo que ninguno puede controlar. Lo que sí saben ambos es que asumen juntos el compromiso a volver a elegirse todos los días “en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, durante toda la vida”. Este es un privilegio de los esposos. No se está juntos para ver si la cosa funciona, sino para hacerla funcionar. El amor matrimonial empieza a debilitarse cuando se olvida que la elección del otro debe renovarse todos los días.

2. Una donación total

En el amor de pareja, la búsqueda del bien de la otra persona está llamada a ir adquiriendo progresivamente la forma de una donación. “Busco tanto tu bien que te entrego lo mejor que tengo: te entrego mi persona.” En la medida que esta donación es recíproca, es inseparable de la aceptación del don que la otra persona hace de sí.

Llevado esto al matrimonio, el amor matrimonial no sólo adquiere la forma de una elección permanente, sino también de una donación. La vida matrimonial no es otra cosa que un estado de donación y aceptación permanente. ¿En qué consiste la vida matrimonial? En amar entregándose mutuamente todos los días. De ahí que las expresiones “soy tuyo” o “soy tuya”, dichas comúnmente en el marco del amor, tienen un significado más fuerte en el matrimonio.

Las relaciones sexuales son casi inevitables en toda convivencia. Sin embargo, en el matrimonio adquieren un sentido particular: vienen a expresar el estado de donación permanente que supone la vida matrimonial. “Te entrego mi cuerpo como expresión de la entrega permanente y total de mi persona” “Recibo tu cuerpo como expresión de la aceptación permanente y total de tu persona”. Este es otro privilegio de los esposos. La donación permanente que cada uno hace de su persona se expresa y se hace más fuerte con la mutua entrega de una relación sexual.

Artículo publicado en AmaFuerte.com.

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