Lunes, 30 de enero de 2023

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Los pastores de Duruelo

Los pastores de Duruelo

por Sólo Dios basta

Cada vez que llega el adviento todos ponemos la mirada en Belén, pero los carmelitas descalzos además de dirigir la vista a la cueva de Belén, también volvemos los ojos al lugarcillo de Duruelo, donde nacemos un primer domingo de adviento de 1568. Este año, como preparación a la Navidad en este tiempo litúrgico, decido ponerme en camino hacia Belén. Voy de la mano de un gran pastor, el Papa Benedicto XVI, que en su libro La infancia de Jesús, nos mete de lleno en cada escena de la Navidad. Son páginas para leer con calma y sacarles el máximo provecho en cuanto a doctrina, espiritualidad e historia. Todo se une en esta obra que nos presenta los primeros momentos de vida de nuestro Señor Jesucristo.

Al ir paso a paso en el relato de San Lucas, llega el momento de la adoración de los pastores una vez que los ha presentado mientras guardan el rebaño y reciben el aviso del ángel. Me fijo y me quedo con lo que el Papa Benedicto quiere subrayar en su obra:

Los pastores se apresuraron […] se apresuraron ciertamente por curiosidad humana, para ver aquello tan grande que se les había anunciado. Pero estaban seguramente pletóricos de ilusión porque ahora había nacido verdaderamente el Salvador, el Mesías, el Señor que todo el mundo estaba esperando, y que ellos eran los primeros en poderlo ver. ¿Qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios? Si algo merece prisa son precisamente las cosas de Dios.

El ángel había anunciado también una señal a los pastores: encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Éste es un signo de reconocimiento […] el signo es al mismo tiempo también un no signo: el verdadero signo es la pobreza de Dios. Para los pastores que habían visto el resplandor de Dios sobre sus campos, esta señal es suficiente. Ellos ven desde dentro. Esto es lo que ven: lo que el ángel ha dicho es verdad” (La infancia de Jesús, pp. 85-86).

Quería seguir leyendo, pero no puedo, se termina la lectura. Es la tarde de la víspera del aniversario de la fundación del Carmelo Descalzo un 28 de noviembre de 1568. Me doy cuenta que todo estaba preparado para poner la mirada en otros pastores, y con ellos unirme a los de Belén. Es imposible seguir si no me abro otra vez, como cada año, al recuerdo de Duruelo. Volver a Duruelo, al nacimiento de los carmelitas descalzos, es algo que me emociona cada vez que llega el día, porque es contemplar una obra que sigue viva gracias a la herencia que se va transmitiendo de generación en generación,  y que ahora, en estos momentos nada fáciles, nos toca presentar a los que vienen por detrás…

Y doy el salto de Belén a Duruelo. Duruelo en aquel entonces y en la actualidad sigue sin cambiar mucho. Es un lugar donde hay ganado, casas de pastores y alquerías donde guardar animales y cosechas. Paso de los pastores de Belén a los de Duruelo, tienen puntos de unión: la pobreza y el asombro. Aquellos por lo que han visto y oído del ángel y éstos  por lo que ven junto a ellos. Los de Belén van corriendo a ver qué pasa en aquella cueva y los de Duruelo seguro que también correrían hacia aquella casa medio abandonada. Ahora la ven restaurada y transformada en un pequeño convento donde empiezan a vivir tres frailes descalzos: fray Juan de la Cruz, fray Antonio de Jesús y fray José de Cristo. Los pastores de Belén se encuentran  con Jesús, María y José; y los de Duruelo con tres hombres decididos a empezar una vida nueva en todos los sentidos. Van al encuentro, con ganas, decididos y con el corazón abierto. Pasan hambre y frío, como aquellos a los que visitan. Saben bien los que son las noches. Miran al cielo, a lo que hay más allá de las estrellas, donde ese Dios que los ha creado por amor, ahora se les hace presente a unos de modo directo en la cueva de Belén, y a los otros por medio de aquellos que les llevan hasta el mismo Dios a través de su vocación como religiosos. Dios es lo más grande. Y se revela. ¿A quién? A los más sencillos y a los que están mejor preparados, y sobre todo físicamente más cerca de donde tiene lugar dicha manifestación: los pastores de Belén y de Duruelo.

Estos pastores son anónimos. No conocemos sus nombres, sólo su existencia. Pasan por este mundo teniendo a Dios en el centro de su corazón gracias a su presencia viva y directa por habitar cerca del lugar donde Dios se hace presente para bien de las almas que lo buscan, lo quieren, lo adoran y ansían un día estar con Él para siempre en una eterna Navidad. Así viven, en esa humildad y anonimato que a nadie importa porque sus hogares están fuera de los lugares habitados, viven entre animales y no tienen muchas relaciones humanas. Una vida dura gracias a la cual los que viven en ciudades y pueblos tienen carne, leche y abrigo. Dios quiere estar con ellos para con ellos llegar a todos. Son estos pastores los que luego hablan de lo que han visto y oído. De este modo la noticia se difunde por las comarcas de Belén y de Duruelo. Unos viven hace 2000 años, otros hace casi 500 años, y en este adviento del año 2022 son traídos a la memoria en una tarde de fin de retiro.

No termina aquí el recuerdo, sino que mientras acompaño a los pastores de Belén a visitar a Jesús, José y María, y luego me voy con los de Duruelo a presentarles a los primeros carmelitas descalzos, fray Juan, fray Antonio y fray José, se hacen presentes otros pastores que acaban de ser llamados a ese encuentro con unos y con otros. Se trata de dos frailes carmelitas descalzos que el miércoles antes de empezar el adviento terminan su vida en este mundo: José Vicente Rodríguez y Román Llamas. No es casualidad que en un miércoles San José los acompañe. El primero lo lleva en el nombre y el segundo ha dedicado toda su vida a difundir su biografía con charlas y libros. Y qué mejor manera de concluir este retiro de adviento que con estos dos guías que nos enseñan magistralmente a mirar a Duruelo y a Belén. El Padre José Vicente cuántas veces pasaría por Duruelo para recorrer los caminos de fray Juan de la Cruz  mientras estudiaba su vida y nos hacía mucho más cercana su doctrina que nos ha dejado explicada en sus numerosas publicaciones. Y el Padre Román sabía llevarnos con maestría hasta el corazón de San José cuando acoge a los pastores de Belén. Cada uno de estos pastores del Carmelo Descalzo ha dejado una huella profunda en la historia del Carmelo Español y de la Iglesia. Han sido pilares y faros de donde uno siempre salía fortalecido, animado y con ganas de repetir pronto. Con los Padres José Vicente y Román termina una generación de carmelitas descalzos que han sabido transmitir con su vida y con sus escritos gran parte de la esencia del Carmelo: vivir unidos a San Juan de la Cruz y a San José.

El Carmelo Descalzo se gesta bajo el amparo de San José, que lanza a Santa Teresa de Jesús a fundar un convento de monjas y luego otros muchos más. Más tarde Dios le pide fundar la rama masculina de la nueva orden. Así nacemos los carmelitas descalzos a la luz de San Juan de la Cruz. Por eso ahora, en este adviento tan especial, es bueno mirar atrás, ver de dónde venimos, saborear lo que hemos heredado tras casi cinco siglos de historia, dar gracias por lo que nos acaban de dejar como legado los dos grandes maestros de la vida que han seguido esta vocación hasta el final, y ponernos en camino para  ser puentes por medio de los que fray Juan de la Cruz siga mostrándose como un santo que atraiga a los jóvenes por su modo de vida para plantearse la misma vocación que él, y San José siga siendo ese padre y señor que cuida del Carmelo Descalzo nacido en compañía de los pastores de Duruelo.

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