Jueves, 25 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Dos curas, uno cofradiero, otro secretario



Odisur

A la edad de 79 años ha fallecido el padre Sebastián Llanes Blanco, un sacerdote gaditano -cadista y cofradiero- que nació en el Barrio de Santa María y que, en las diferentes tareas pastorales desarrolladas en Cádiz y, sobre todo, en Algeciras, siempre hizo gala de su proximidad a la gente sencilla. Como Delegado Dicocesano de Cofradía, nos mostró que estaba dotado de una personalidad poliédrica, de una abierta simpatía y de una cordial amabilidad: hizo compatibles unas cualidades que, en otros resultarían irreconciliables como, por ejemplo, su honda pasión, su indomable rebeldía, su intenso vigor, su aguda sabiduría y su incesante búsqueda de autenticidad.

Entre sus diferentes cualidades prefiero destacar en estos momentos un rasgo que, en mi opinión, constituye la clave del esmero con el padre Llanes cultivaba el valioso patrimonio que había recibido de su familia: su lealtad y su compromiso con sus raíces sociales y con sus convicciones más íntimas. Siempre me llamó la atención de manera especial su permanente defensa de sus “semejantes”, su solidaridad inquebrantable con los “iguales” y, sobre todo, su sintonía con un estilo de vida: con la manera de sentir, de pensar y de actuar de los hombres y de las mujeres del Barrio en el que nació y transcurrió su niñez.

Dotado de una singular capacidad de adaptación y de una notable destreza para traducir los mensajes evangélicos al lenguaje de sus oyentes, el padre Chano era un sacerdote jovial y solícito que vivía el ministerio como una respuesta a las necesidades concretas de las comunidades que los Obispos le confiaban, y como un servicio directo a cada uno de los feligreses. Y es que este gaditano, que estudió en el Colegio de la Mirandilla y que fue monaguillo de la Parroquia de la Merced, poseía la habilidad de ser también un algecireño bondadoso y comprensivo que prestaba una atención prioritaria a los enfermos, a las familias heridas por la miseria, y que se esforzaba, también, por escuchar a todos y por explicar el Evangelio con palabras que entendieran los más sencillos.

Recuerdo cómo repetía que su secreto para no desanimarse era acudir a la oración sintiéndose servidor de la comunidad. Él estaba convencido de que el mejor lenguaje era el del testimonio y que su tarea sacerdotal consistía en enseñar mirando al más allá, infundiéndonos ilusión, brindando amistad, partiendo el Pan en la mesa, enseñándonos el misterio de la Iglesia y preparándonos para la vida. Como un creyente inserto en la realidad y en la historia del mundo en el que él vivía, se sentía también comprometido con la tarea de humanizarlo y de luchar por hacerlo más habitable y más fraterno. El padre Chano vivía la libertad, aceptando e interpretando con naturalidad las misiones encomendadas, como una continuidad interna de sus deseos y de sus convicciones profundas; como un crecimiento paulatino y tenaz de su vida de fe, como una maduración progresiva que le conducía a los modelos que él mismo había proyectado desde su niñez y juventud. Hombre perseverante y sacerdote coherente se acercaba sin prisas a las metas siempre soñadas, a sus opciones libremente asumidas y a sus proyectos renovados. Que descanse en paz.



Diócesis de Málaga

El Señor ha llamado a vivir definitivamente junto a sí a nuestro hermano sacerdote Marcelino. Estamos en días santos y para Marcelino el Señor ha adelantado la Pascua. Nos duele su ausencia, pero nos satisface mucho su vida entregada siempre al evangelio y sirviendo en todo momento de forma sencilla.

Marcelino nació el 25 de enero de 1929 en Urda (Toledo), en el entorno de la devoción al Santo Cristo, en una familia de cuatro hermanos, quedando huérfano de padre a los siete años. Su madre, al frente de la casa, sacó adelante a sus cuatro hijos. La hermana más pequeña, María José, optó también por la vida religiosa en el Instituto de la Hijas de María Inmaculada. Hoy nos acompañan en la oración sus dos sobrinos, hijos de su difunto hermano Manolo.

Tras sus estudios de Seminario, Marcelino fue ordenado sacerdote el 12 de junio de 1954 en la diócesis primada por el cardenal Pla y Deniel. Lema sacerdotal suyo fueron palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Señor me ha ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18), lema que él supo hacer vida.

Sus primeras tareas pastorales fueron, en los primeros años de sacerdocio, en varios pueblos de la Sierra de Alcaraz (Guadalajara); después párroco del Salobre (Albacete), y luego cura propio de Pantoja y Cobeja (Toledo).

uando D. Antonio Dorado recibió el nombramiento de obispo de Guadix, en 1973, Marcelino, con el permiso y animado por el cardenal Tarancón y por D. Gabino Díaz Merchán, pasó a ser secretario particular de D. Antonio en Guadix. Marcelino siempre contaba con gracia que “en su 600 llevó a D. Antonio a su presentación como obispo al Jefe del Estado”.

Al ser nombrado D. Antonio obispo de Cádiz y Ceuta, allí se trasladó con él, con la misma tarea: secretario particular. En Cádiz desempeñó también la tarea de profesor de Religión en las Damas Sanitarias y en el colegio Lasalle Mirandilla.

En 1993 viene con D. Antonio a Málaga. En esa ocasión en Málaga tuvimos la suerte, decíamos bromeando, de “tres en uno”: con el obispo nos llegaron Marcelino y Juan Antonio Paredes. Tenemos la rica experiencia de que los tres trabajaron mucho y muy bien al servicio de nuestra diócesis: damos gracias a Dios por ello.

Al poco de llegar a Málaga, el párroco del Puerto de la Torre le pide a Marcelino que le ayude pastoralmente en las dos parroquias entonces: (Nuestra Señora de los Dolores y San Álvaro). Durante 23 años allí colaboró Marcelino todos los fines de semana en las celebraciones, haciéndose cargo de la pastoral de la salud y visitando con unas religiosas las residencias de ancianos. En esos años atendió igualmente la capilla rural de la Junta de los Caminos.

En 2004 fue nombrado Prelado Doméstico de Su Santidad el Papa. Haciendo la “Visita ad Limina” con D. Antonio, el papa S. Juan Pablo II le dijo: “Quiere mucho a tu obispo, que yo también fui secretario”, momento y palabras que Marcelino siempre refería con gozo.

En 2005 fue nombrado capellán del Sanatorio Gálvez, servicio que prestó siempre con gran delicadeza y atención.

Y el 14 de mayo de 2007 fue nombrado canónigo de esta Santa Iglesia Catedral.

Llegadas ya la enfermedad y la ancianidad, ha pasado sus últimos años en la residencia de la Madre Carmen, de las Madres Franciscanas de los Sagrados Corazones, donde ha sido muy bien acogido y muy bien atendido por las religiosas, por el personal de la residencia y por el capellán, D. Antonio Ariza, quien lo ha tenido como un verdadero hermano.

  Muchas gracias hemos de dar a Dios por Marcelino, y muchas gracias a todas la gente que a Marcelino ha ayudado; y concretamente a dos personas que él decía que eran como dos hijos del alma: Mavi y Alejandro Escobar.

Pues, agradecidos al Padre Dios por este hermano nuestro querido, profesamos en estos momentos las palabras del mismo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá (Jn 15, 25). Marcelino vive en el Señor.

 


 
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