Miércoles, 24 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Palabra y silencio, bien articulados

El mensaje del Papa Benedicto XVI en 2012, orientado para la Jornada de los Medios de comunicación social, fue una reflexión inusual, si pensamos en el contenido y en la ocasión.
 
Referente al contenido, articuló la "palabra y el silencio" como complementarias y hondamente humanas, que se reclaman y se necesitan mutuamente. Fue una lección del sabio humanismo cristiano, una enseñanza espiritual de primer orden.
 
Y referente a la ocasión, tal vez sorprenda que refiriéndose a los medios de comunicación social, buscase crear un espacio para la palabra y para el silencio, cuando el silencio está clamorosamente ausente y la palabra se convierte no en diálogo sino en muchos mensajes unidireccionales.
 
Toda palabra, para que sea humana, vehículo de relación personal y comunicación de la interioridad, pide el silencio en el que es pronunciada, el silencio del cual brota; la comunicación necesita silencio interior para saber y poder acoger las palabras del otro, su confidencia, su intimidad, sus búsquedas.
 
Así comenzaba el Mensaje del 2012:
 
"Deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.
 
El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de “ecosistema” que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.
 
Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.
 
En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que “cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011)".
 
La reflexión sobre el silencio y la palabra debería educarnos, tanto humana como espiritualmente, para saber hablar con palabras ponderadas, de peso, sinceras y veraces, reflexionadas, que nacen del silencio interior. Muchas veces más que hablar (¡comunicarse!) se parlotea con palabras vacías, tal vez huyendo del propio silencio interior. Pero la palabra debe brotar de la riqueza personal, del mundo interior, en el que uno bucea (introspección).
 
El silencio no sólo enriquece la propia palabra, sino que permite que la palabra del otro, es decir, la manifestación de su ser, de su persona, pueda ser acogida cordialmente. Así nace el diálogo.
 
El gran ejemplo, referido a las comunicaciones sociales, es Internet y sus redes sociales, donde la relación que se entabla puede ser una relación fructífera cuando se amasa con silencios y palabras. Un dato revelador es la búsqueda de muchas personas en la red, sus inquietudes, el hallazgo de espacios de comunicación y de relaciones personales sanas. 
 
Cuando, como católicos, estamos en la red y lo vivimos con conciencia evangelizadora, podemos tanto acoger y comprender a muchos que buscan, como ofrecer también palabras que sean válidas y orientadoras. De la riqueza personal del corazón, hablará la boca. Y en Internet se puede hacer mucho.
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