Lunes, 26 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Las claves de la nueva evangelización (V)

Retomemos la conferencia de Ratzinger que, mes a mes, estamos estudiando en nuestra virtual catequesis de adultos, sobre la nueva evangelización, pronunciada en el Jubileo de los catequistas, en el año 2000.
 
Partía de la estructura y método de la nueva evangelización (I y II) y luego comenzaba a explicar, con su estilo claro, sistemático, organizado, el contenido de la nueva evangelización: la conversión (III) y el Reino de Dios (IV). Hoy leemos el siguiente contenido de la nueva evangelización: Jesucristo (V). 
 
 
Puede parecer evidente que el contenido de la evangelización sea Jesucristo, sin embargo, en la práctica, los hechos refutan esa evidencia. ¡Cuántas veces en lugar de Jesucristo se ha sustituido la evangelización por objetivos terrenales, de progreso, humanitarios, de 'valores'! El anuncio explícito de Jesucristo se silenciaba o, en el mejor de los casos, se relegaba a lo último e insignificante, más preocupados del progreso social y de las tareas de desarrollo, entendidas de manera secularizada.
 
¿De qué manera, con qué intensidad, es Jesucristo el contenido de la evangelización?
 
"Jesucristo
 
Con esta reflexión, el tema de Dios ya se ha ampliado y concretado en el tema de Jesucristo. Únicamente en Cristo y por medio de Cristo, el tema de Dios se hace realmente concreto: Cristo es el Emamanuel, el Dios-con-nosotros, la concreción del "Yo soy", la respuesta al deísmo. Hoy es fuerte la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, a sólo un Jesús histórico, a sólo un mero hombre. No se niega necesariamente su divinidad, pero con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible dentro de los parámetros de nuestra historiografía. Pero este "Jesús histórico" es un artefacto, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios vivo (cf. 2Co 4,4s; Col 1,15).
 
El Cristo de la fe no es un mito. El denominado "Jesús histórico" es una figura mitológica, autoinventada por diversos intérpretes. Los doscientos años de historia del "Jesús histórico" reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este período.
 
 
En los límites de esta conferencia me resulta imposible entrar en los contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera aludir brevemente a dos aspectos importantes. El primero es el seguimiento de Cristo. Cristo se ofrece como camino de mi vida. Seguir a Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Ese intento fracasa necesariamente; sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más alta; identificarse con Cristo, es decir, llegar a la unión con Dios.
 
Este objetivo suena tal vez raro a los oídos del hombre moderno. Sin embargo, en realidad todos tenemos sed de infinito, de una libertad infinita, de una felicidad ilimitada. Sólo así se explica la historia de las revoluciones de los últimos dos siglos. Sólo así se explica la droga. El hombre no se contenta con soluciones por debajo del nivel de la divinización. Ahora bien, todos los caminos que ofrece la "serpiente" (cf. Gn 3,5), es decir, la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. Seguir a Cristo no es un asunto de moralidad, sino un tema "mistérico", una conjunción de acción divina y respuesta nuestra.
 
En el tema del seguimiento encontramos así presente el otro centro de la cristología, al que quería aludir: el Misterio Pascual, esto es, la Cruz y la Resurrección. De ordinario, en las reconstrucciones del "Jesús histórico", el tema de la Cruz carece de significado. En una interpretación "burguesa" se transforma en un incidente de por sí evitable, sin valor teológico. En una interpretación revolucionaria se trueca en la muerte heroica de un rebelde.
 
La verdad es muy diferente. La Cruz pertenece al misterio divino; es expresión de su amor hasta el extremo (Cf. Jn 13,1). El seguimiento de Cristo es participación en su Cruz, es unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4,24). Quien omite la Cruz, omite la esencia del cristianismo" (cf. 1Co 2,2)".
 
 
 
Y ahora, ¿qué decir? Es un gran correctivo a tanta predicación desvaída, falsa, que busca entroncar con la moralidad propuesta por la modernidad apelando vagamente a la trascendencia y a los valores sociales. Hay que cambiar el rumbo, modificar la perspectiva, volver a lo esencial. Y esto no es otra cosa que anunciar a Jesucristo".
 
 
El programa de la Iglesia ni es el humanitarismo ni el lenguaje ético (claro, en lo políticamente correcto y socialmente aceptado porque otros puntos 'éticos' no se puede nombrar: aborto, eutanasia, educación). El programa de la Iglesia desde su principio no se difumina en mensajes de trascendencia, de filosofía y de ética de valores, sino que es tan concreto como concreta es la Persona de su Señor: anuncia a Jesucristo; ya decía Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi:
 
 
"Revelar a Jesucristo y su Evangelio a los que no los conocen: he ahí el programa fundamental que la Iglesia, desde la mañana de Pentecostés, ha asumido, como recibido de su Fundador. Todo el Nuevo Testamento, y de manera especial los Hechos de los Apóstoles, testimonian el momento privilegiado, y en cierta manera ejemplar, de este esfuerzo misionero que jalonará después toda la historia de la Iglesia.
La Iglesia lleva a efecto este primer anuncio de Jesucristo mediante una actividad compleja y diversificada, que a veces se designa con el nombre de "pre-evangelización", pero que muy bien podría llamarse evangelización, aunque en un estadio de inicio y ciertamente incompleto (n. 51).
 
Más aún, evangelizar es el anuncio explícito y valiente de Jesucristo, Señor y Salvador del hombre:
 
"La evangelización también debe contener siempre —como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios (57). No una salvación puramente inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el cuadro de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvación que desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único Absoluto Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad" (Id. n. 27).
El encuentro con Jesucristo es lo que cambia todo, responde al hombre, lo sana y redime, lo agracia y lo eleva a la comunión con el Padre. Es un acontecimiento de gracia, decisivo, único. Si ocultamos a Jesucristo, lo silenciamos anteponiendo "valores" o un mensaje vago de trascendencia, ¿podríamos decir que evangelicemos? Lo nuestro hoy es señalar como el Bautista: ´"Este es el Cordero de Dios" y que otros, como Andrés y Juan realicen la experiencia única del encuentro con Cristo:
 
"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1).
 
 Realizado ese encuentro, habrá que potenciar y acompañar el seguimiento de Cristo, que se realiza en la Iglesia, en comunión con los demás, y el acceso a la vida de la gracia que, por los sacramentos, se nos comunican. La vida viene de ahí. El mundo cambia cuando alguien reconoce a Cristo y lo sigue, participando de su vida. Así mejora el mundo...
 

Evangelizar no se opone -como se afirmaba gratuitamente en los 70- a los sacramentos, estableciendo la división entre 'evangelización' y 'sacramentalización'. La evangelización, ya que es llevar a Cristo, desemboca con toda naturalidad en la liturgia sacramental para vivir la vida sobrenatural de Cristo. Así quienes han conocido a Cristo, lo seguirán en sus vidas, no imitando un mito histórico, sino a Cristo vivo y presente hoy.
 

La pasión por Cristo será el signo de un buen evangelizador. La nueva evangelización será tal si en todo momento su contenido es Jesucristo y facilita a todos el encuentro con Él.
 
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