Domingo, 24 de marzo de 2019

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"Por Cristo, con él..." (Teología de la oración - I)

Junto a la iniciación de la oración, el método o la práctica cristiana, es necesaria siempre una teología que sustente y explique qué es la oración cristiana, evitando así los riesgos de entenderla mal y vivirla peor.
 
Para una teología de la oración, una reflexión sobre lo que constituye la plegaria cristiana, hemos de superar visiones reductivas en que entendamos la oración como mera fórmula  o como un incremento de subjetividad (buscando paz, serenidad, relax interior...).
 
Von Balthasar nos va a ayudar en esta tarea con su estilo, a veces difícil, pero así haremos un esfuerzo de intelección que nunca viene mal.
 
 
"La oración se convierte en cristiano porque al movimiento, natural, de una palabra del hombre a la divinidad, se añada una palabra de Dios al hombre -el cristiano escucha a Dios hablarle- Más aún, la palabra intercambiada se convierte ella misma en persona -el Verbo hecho hombre, orando el Padre, orado por los hombres; la plegaria se convierte en cristiana al integrar al orante en la misión y la carne de Cristo.
 
 
La oración es un fenómeno conocido en el mundo entero, en las culturas primitivas así como en las civilizaciones evolucionadas. Sólo en la era post-cristiana se ha pulverizado. Esto indica que la oración cristiana ha introducido una modificación crítica en el uso habitual de la plegaria. Pero esto no sería suficiente para imputar la regresión de la oración únicamente a la superioridad técnica que el hombre se enorgullece de poseer sobre la naturaleza, que veneraba antaño como divina. Se podría a este respecto invocar como prueba la falta creciente del sentido de la oración en la filosofía de los últimos siglos.
 
La oración de la criatura
 
La oración del hombre natural, es decir, del hombre situado en el exterior de la Revelación bíblica (se puede dejar de lado por el momento la cuestión de saber si su oración está o no sostenida por una gracia sobrenatural, y no se excluye que lo sea), se caracteriza por dos elementos.
 
Ante todo, el mundo que lo rodea, ya sea inanimado, o que viva una vida vegetal, animal o humana, es para él inconcebible en su diversidad. Cada uno de los elementos que lo componen se recibe de otro y es contingente: ¿dónde se encuentra la fuente de todo? Es la que debe contener la clave del enigma del mundo. Se puede representarla como escondida en la profundidad de donde emana la vida, como el alma única en la diversidad de los órganos del cuerpo, o como dominando desde su elevación la diversidad de lo que existe.
 
Hacia ella hay que tender para hallar la seguridad en lo Sagrado. San Pablo desvela a los Atenienses la esencia íntima del hombre: Dios situó a los hombres en los límites temporales y espaciales "para que busquen la divinidad para alcanzarla, si es posible, como a tientas y encontrarla", y no podríamos buscarlas "si estuviera lejos de nosotros", y si no fuéramos, en cierto modo, "de su raza", por lo que el apóstol remite, para superarlos, a las imágenes divinas fabricadas, "técnicas" (Hch 17,27-29).
 
Los dioses que se consideraban como personales, pero que eran idealizaciones del mundo proyectadas sobre el Absoluto -el poder, el amor, el comercio, la guerra, el arte de la forja, la poesía, etc. (los Olímpicos)- eran honrados por los sacrificios, oraciones, fiestas. Pero Pablo se dirige a los Epicúreos y a los Estoicos (Hch 17 y 18), y quizás también a los Platónicos. Éstos percibieron en su día lo que las representaciones tenían de provisorio, y buscaban con la mirada un principio de unidad subyacente que, en tanto que Absoluto, no podía más que tener un rostro personal en sentido estricto, porque las personas tanto humanas como divinas, estaban limitadas y luchaban a menudo unos contra otros; sólo la idea cristiana de Trinidad permite percibir que la alteridad (de las personas en Dios) no se opone ya a la unidad sustancial. La consecuencia de esto era el segundo momento de la religión natural: el esfuerzo para unirse a quien es absolutamente Uno, para salir de su propia finitud y fundarse en él. El extremo Oriente hará resurgir las dos características de la oración "natural" con más nitidez aún. Verá en este punto en la multiplicidad de las cosas del mundo algo secundario, y por tanto de precario (para Platón, la caída lejos del mundo de las ideas), que llegará a explicar que la multiplicidad, y por tanto la oposición entre las personas, sólo son una apariencia que haya que tratar de disipar.
 
Pero Pablo insiste en este punto que la búsqueda de Dios por el hombre finito es una característica fundamental que ha recibido de Dios y que no debe suprimirse por el hecho de que el descubrimiento verdadero no tiene lugar más de manera fragmentaria, y que la mayor parte del tiempo, se hace vana por lo que no podemos impedir que nos proyectemos sobre el Absoluto y por el esfuerzo por deshacer estas proyecciones. Si el hombre no estaba por naturaleza a la búsqueda de Dios, Dios no podría dirigirse a él en la religión de la Biblia".
 
(en Communio, ed. francesa, X,4, juillet-août 1985, pp. 7-9).
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