Domingo, 22 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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"No entristezcáis al Espíritu"

Por el bautismo y la confirmación, cada cristiano es un templo del Espíritu Santo, y éste inhabita en nuestras almas, haciendo morada en nosotros. De este modo nos santifica, nos va divinizando y es una prenda, una garantía, de nuestra propia resurrección y de la vida eterna.
 
 
Habitando en nosotros, dirige nuestros pensamientos, nos conforma a Cristo, impulsa la alabanza y la oración, sugiere el bien, nos lleva a reconocer la Verdad, permite que nos adentremos en el tesoro de la revelación y que vivamos santamente, obrando como hijos de Dios, con una libertad gloriosa, sin seguir los deseos de nuestra carnalidad, la inclinación de nuestra concupiscencia.
 
Esto no significa que el Espíritu Santo anule nuestra voluntad. Somos libres para seguir sus mociones e inspiraciones o para rechazarlas, de modo que es nuestra voluntad la que peca o la que se deja santificar. 
 
San Pablo, en la carta a los Efesios, recomienda que "no entristezcáis al Espíritu", que no lo contristemos ni lo expulsemos de nosotros por el pecado.
 
¿Cómo es esto?
¿Qué quiere decir el Apóstol?
 
"No puede el Espíritu Santo sufrir el consorcio y la compañía del espíritu del mal. Cierto que en el momento de pecar reside en el corazón de cada uno el mal espíritu, que realiza sus acciones. Cuando se le da a éste un lugar y se le recibe en nosotros, el Espíritu Santo, contristado por los malos pensamientos y las pésimas concupiscencias y, por decirlo de alguna manera, atormentado, huye de nosotros.
 
Por lo cual el Apóstol, sabiendo que estas cosas suceden así, advertía, diciendo: "No contristéis al Espíritu Santo, en el cual habéis sido sellados en el día de la redención". Así pues, pecado "contristamos al Espíritu Santo", mientras que obrando justa y santamente le preparamos un descanso en nosotros" (Orígenes, Hom. in Num., VI, 3, 1).
 
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
 
Pero si permitimos que el mal espíritu nos guíe carnalmente, contristamos al Espíritu Santo, lo expulsamos de nosotros.
 
Sólo mediante el sacramento de la Penitencia volverá a nosotros, habitando felizmente. El sacerdote, al absolvernos, impondrá las manos sobre el penitente, diciendo: "Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo..."
 
Dejemos al Espíritu obrar y dirigirnos desde dentro, y tratemos siempre con suma familiaridad a este Huésped de las almas.
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