Sábado, 21 de septiembre de 2019

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Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son dinamismos, hábitos sobrenaturales, que vienen de Dios gratuitamente para conducirnos a Él. Son la fe, la esperanza y la caridad. Se nos infunden en el alma mediante el sacramento del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y sostienen nuestra vida tendiendo hacia Dios.
 
 
 
1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.
 
1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).
 
 Como en un salón de catequesis de adultos, aula de formación, cuando se distribuyen fotocopias de un texto, se leen en voz alta, se explican y se dialoga a partir de ellas confrontando con la propia experiencia, así vamos a hacer en dos o tres catequesis.
 
 
El texto es un artículo de Von Balthasar, "Las virtudes teologales son una", en Communio, ed. francesa, IX, 4, julio-agosto 1984, pp. 10-20.
 
Probablemente, por la forma de escribir de Balthasar, requiere leerlo varias veces, pero el esfuerzo por comprenderlo nos permite descubrir nuevos horizontes y relaciones.
 
 
"La fe, la esperanza y la caridad están fundadas en las relaciones que unen a las personas trinitarias: conforman al hombre con Cristo que vive, en su humanidad, el don total del Hijo al Padre.
 
1. La esperanza en el centro
 
Fe, esperanza y caridad forman una unidad como testimonian numerosos pasajes del Nuevo Testamento (1Ts 1,2s; 5, 810; 1Co 13,13; Col 1,4; 1,27; Gal 5,5s; Ef 1,1518; Hb 10,22-24; 1P 1, 21s), pero se describen como modalidades diferentes según las cuales hacen cristiana una existencia. No se confunden pura y simplemente, sino que son indisociables. Y como en muchos textos bíblicos, la esperanza se sitúa entre fe y caridad, se le dará, como punto de partida en estas páginas, esa posición central sobre la cual Péguy tanto insistió en el Pórtico del misterio de la segunda virtud. La "pequeña esperanza", que "parece que no es nada", parece corretear al lado de sus grandes hermanas, fe y caridad, -pero es ella de hecho la que "arrastra todo con ella". "La fe sólo ve lo que es. En cambio, ve lo que será. La caridad sólo ama lo que es. En cuanto a la esperanza, ama lo que será". "Y las dos grandes sólo corren por la pequeña". "Si alguien se interesa, dice Schlier, por el sentido de la existencia cristiana, la esperanza es la que lo determina. Si se considera lo que informa esta existencia, hay que nombrar a la caridad. Si se pregunta cuál es el fundamento, hay que nombrar a la fe". Tanto para el poeta como para el exégeta, la esperanza es el elemento dinámico de la existencia cristiana, es un elemento propiamente cristiano, que los paganos no poseen (1Ts 4,13) ya que viven en el mundo "sin esperanza y sin Dios" (Ef 2,12).
 
Ciertamente, la esperanza presupone siempre la fe que le otorga el qué esperar (Rm 5,1-9). Pero la salvación en la que cree la fe es una salvación esperada (Rm 8,24). Y la fe misma es "garantía de lo que se espera, prueba de lo que no se ve (aún)" (Hb 11,1). El centro de nuestra existencia es, según Pedro, el movimiento que nos conduce a la salvación, y a una salvación manifestada en la resurrección de Jesús -y puede considerar mucho mejor este centro cuando abre su carta con una alabanza a la misericordia de Dios, que "por la resurrección nos ha regenerado para una esperanza viva". Y en los dos versículos siguientes evoca la fe en una herencia que la resurrección de Jesús permite entrever (1P 1, 3-5), fe que hace amar a Cristo "sin haberlo visto", y que en medio de las pruebas terrenas está llena ya de una "alegría indecible y glorificada" (1P 1, 8). Lo mismo en Pablo: la esperanza pone la fe en movimiento, hacia un fin aún no esperado, pero ya, porque tiene fe, alcanzado por adelantado (Flp 3, 1216). 
 
Fe y esperanza descansan sobre una común certeza, la cual no se produce por el hombre, sino que esta certeza y seguridad le son dadas por Dios. El cristiano puede ser exhortado a "permanecer en la fe, sólidamente fundada y firme, sin que jamás se deje apartar de la esperanza aportada por el Evangelio que él ha esperado" -esto señala la diferencia que existe entre la fe que espera y toda certeza subjetiva de una salvación.  Esto se vuelve totalmente evidente cuando Pablo dice que "llevamos en nosotros mismos la sentencia de muerte para aprender a no poner nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos" (2Co 1,9), cuando manifiesta una "firme esperanza" respecto a la comunidad de Corinto porque sabe que, participando de sus sufrimientos, tendrá parte en su consolación (2Co 1, 7), o cuando deja a Abraham "esperar contra toda esperanza y creer" (Rm 4,18). "Contra toda esperanza": lo que el hombre puede querer hacer de sí mismo y de su carne mortal, y para no esperar más que en la fe al Dios que "da vida a los muertos" (Rm 4, 17).
 
Fundamento de toda vida cristiana, la fe tiene sus propias leyes, aplicables a ella sola. Es fe nacida de una buena noticia históricamente transmitida (Rm 10,1417), obligando radicalmente a sus mensajeros a transmitir la noticia (1Co 9,16), y que en el hombre "oyente de la palabra" sólo alcanza sus dimensiones plenas bajo la acción del Espíritu -en aquellos que anuncian (2Co 4,6), en aquellos que reciben su mensaje y lo aceptan, según una "obediencia" preparada por el Espíritu, pero que es también una opción de libertad (Rm 1,5; 16,26) y decisión (1Ts 1,8s). 
 
La fe es recepción de un don exterior a quien lo recibe, y libre decisión de recibir. La confianza radical que se expresa ahí autoriza así a la fe a ser una certeza objetiva, tan fuerte que Pablo puede hablar de ella pura y simplemente como de un conocimiento: "sabemos que Dios hace cooperar todas las cosas al bien de aquellos que le aman" (Rm 8,28); "creemos... sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará, a nosotros también, con Jesús" (2Co 4,14; 5, 1-6; Rm 13,11). Esto no asimila el "conocimiento"obtenido en la confianza creyente a un saber "gnóstico" concebido por el hombre a la medida del hombre, y que no sería sino vacía "hinchazón" (1Co 8,1) de lo humano. La fe está fundada en un abandono que solo "abre el camino que conduce a Dios" (Ef 3,12) y en una confianza que solo da a las "obras" del creyente una base -la de su abnegación, su desinterés de sí- y, así, "justifica" (Rm 3,28; Gal 2,16; Flp 3,411). En lo hondo de la fe está un deseo de Dios (desiderium, noción fundamental del pensamiento de Agustín): Dios la anima por la esperanza y la conduce hacia la caridad, sin la cual sería inútil y vana (1Co 13,2).
 
La esperanza es también mediadora entre fe y caridad. La esperanza desencadena en la fe un movimiento tendente a la caridad -"buscad la caridad" (1Co 14,1). La caridad de Dios revelada en Jesucristo es finalmente la única razón de no vivir más que por la fe (Gal 2,20). Nuestro amor, o nuestra caridad, sólo es cristiana si responde a la caridad de Dios, que nos precede, que se nos manifiesta en el don de su Hijo (1Jn 4,10), cristiana pues si es primero amor de Dios (2Ts 3,5) y amor de Cristo ("si alguno no ama al Señor, sea anatema" (1Co 16,22) y, a causa de la Encarnación, amor al prójimo, y fundamentalmente "a todo hombre" (2Ts 3, 12; 5,14s; Rm 12,18; Gal 6,10). Como el amor de Dios que entrega a su Hijo "supera todo conocimiento" (Ef 3,19), la caridad es un impulso a lo infinito, que según Gregorio de Nisa es a la vez vuelo y reposo, y que según Pablo recapitula todo el dinamismo de la fe y de la esperanza: "la caridad todo lo cree, todo lo espera" (1Co 13,7) y en esta medida es, de las tres, "la más grande" (1Co 13,13).
 
Cada una de las tres virtudes teologales tiene su "estructura" propia -lo que no les impide coincidir y, analógicamente, ser "consustanciales", lo mismo que las personas divinas son un conjunto siendo cada una única. La comparación se impone, en la medida en que fe, esperanza y caridad son llamadas "virtudes teologales", "virtudes divinas" -dones resultantes de la profundidad de la vida divina y ofrecidas al hombre caminante sobre la tierra. Pero aquí se presentan nuevas cuestiones".
 
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