Jueves, 21 de marzo de 2019

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La santa Iglesia... formada por pecadores (y II)

Formada por hombres que sufren la herencia de Adán, redimidos y salvados en esperanza, la Iglesia es una Comunidad Santa en sí misma, cuyos miembros somos pecadores.
 
Esta es la paradoja del Misterio de la Iglesia: santa y formada por pecadores. Será la piedra de escándalo en ocasiones evitar esa paradoja ha llevado a una situación de cisma, de buscar una perfección imposible en esta humanidad nuestra; de catarismo, de puros y perfectos, que se creen santos y poseedores de toda ortodoxia y espiritual. Ellos arrancaron la cizaña y el trigo a la vez. Ellos se autoconstituyeron jueces de la Iglesia, y quedaron al margen de la vida de la Iglesia.
 
"Cristo crucificado vive eternamente en la Iglesia. Podríamos arriesgarnos a hacer una comparación y decir que los defectos de la Iglesia son la cruz de Cristo; que toda la realidad del Cristo místico -su verdad, su santidad y gracia, su persona adorada por los fieles- está atada y ligada a esas deficiencias de la Iglesia, así como un día el cuerpo de Cristo estuvo clavado en el madero de la cruz. Quien quiere a Cristo debe compartir su cruz, ya que ninguno de nosotros lo desclava de ella.
 
Se dijo que nos dignificamos con las deficiencias de la Iglesia, si percibimos su más profundo sentido. Tal vez sea así; es decir: que esas imperfecciones deben crucificar nuestra fe, para que busquemos verdaderamente a Dios y nuestra salvación, no a nosotros mismos. Por eso, esos defectos están siempre presentes. Bien se dice que, en el cristianismo primitivo, la Iglesia había sido idealizada...
 
¿Qué sería de nosotros, si, en la Iglesia desaparecieran las imperfecciones humanas? Quién sabe, quizás nos ensoberbeceríamos, nos volveríamos arrogantes y egoístas, llenos de criterios esteticistas, o quizás nos sentiríamos reformadores del mundo. No seríamos creyentes a partir de los únicos principios verdaderos, para encontrar a Dios y alcanzar, así, la felicidad, sino que, posiblemente nuestra fe intentaría configurar un sistema cultural, buscaría instituir una espiritualidad perfecta o guiar una vida llena de belleza espiritual. Las deficiencias de la Iglesia hacen que todo esto sea imposible, porque ellas constituyen la cruz en la que se purifica nuestra fe.
 
 
En el fondo, esta forma de considerar a la Iglesia es la única que hace posible formular un crítica constructiva, porque se apoya en la previa aceptación de la misma. Quien quiere mejorar a un hombre, primero debe aceptarlo, con lo cual despierta todas las energías buenas contenidas en él y corrige los defectos desde adentro. En cambio, la crítica negativa destaca las imperfecciones, por eso es necesariamente injusta, y sólo consigue que el que es criticado la rechace, razón por la cual el sentimiento del honor y la defensa justificada se unen a los defectos y los protegen. Si primero se acepta al otro totalmente tal como es y, ante todo, se contempla lo bueno que hay en él, entonces se desarrollan todas sus energías, al ser reclamadas por el amor, y merecen ser reconocidas. Comienza un desarrollo a partir del centro, que no se detiene.
 
Debemos amar a la Iglesia tal como ella es. Solamente así la amamos realmente. Para un amigo o para una novia, sólo es bueno realmente quien los ama como son, porque también ve sus defectos y busca corregirlos. Hay que aceptar a la Iglesia tal como ella es, y también tenemos que mantener vivo ese sentimiento todos los días. No podemos dejar que nuestra mirada se enturbie a causa de sus defectos, ni mucho menos a causa de concentraciones tumultuosas motorizadas por entusiasmos superficiales ni a causa de artículos periodísticos, ya que siempre debemos ir más allá de todas sus imperfecciones y fijar nuestra mirada en su núcleo esencial. Tenemos que estar convencidos de su perdurabilidad y, al mismo tiempo, decididos a hacer lo que esté a nuestro alcance para que ella sea siempre, cada vez más, lo que debe ser. Ésta es la actitud que un católico debe adoptar frente a la Iglesia" (Guardini, R., El sentido de la Iglesia, Buenos Aires 2010, pp. 46-49).

Esto mismo lo afirmó la Iglesia en la constitución dogmática Lumen Gentium:
 
"Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación. La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos" (LG 8).
 
El Papa Pablo VI lo enunciaba en el famoso Credo del Pueblo de Dios:
 
«es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo».
 
Para quien quiera una mirada general a este aspecto, vaya al Catecismo de la Iglesia y consulte el artículo "La Iglesia es santa".
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