Miércoles, 23 de octubre de 2019

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Vocación y felicidad

por Daniel Torres Cox

Por definición, la vocación es un llamado —viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar—. En todo llamado, hay alguien que llama, alguien que es llamado, y algo a lo cual se llama. En la vocación, es Dios quien llama; y todas las personas, sin excepción, son llamadas. ¿A qué llama Dios?

El deseo de felicidad

Toda persona obra siempre buscando una finalidad (Cfr. Santo Tomás de Aquino, STh, I, q44, a4, c). Cuando uno se pregunta para qué hace lo que hace, busca conocer la finalidad de dicha acción. ¿Para qué estudio? Para aprender y ser un buen profesional. Lo interesante es que, sobre esa respuesta, uno puede volver a formularse la misma pregunta: ¿Y para qué quiero aprender y ser un buen profesional?  Sobre lo que se responda, la pregunta puede formularse nuevamente, y así de manera sucesiva.

En la medida que uno vuelve a preguntar por el para qué, uno empieza a conocer las motivaciones más profundas, que son más fuertes, pues sostienen a las demás. Ahora bien, uno no puede formular esta pregunta de manera indefinida: las preguntas se terminan cuando la respuesta es “para ser feliz”.

La felicidad es el motivo último por el cual hacemos todo lo que hacemos. Se trata del deseo más fuerte del ser humano, pues es el que sostiene todos los demás. Aristóteles señala que podemos no estar de acuerdo acerca del contenido de la felicidad —cómo la conseguimos—, pero todos estamos de acuerdo en que, en última instancia, es lo que más anhelamos (Cfr. Ética Nicomáquea, I, 1095a, 20). Somos libres de elegir cómo buscamos la felicidad, pero no podemos cambiar el hecho de que, en todo lo que hacemos, la buscamos. Si lo que da sentido a la existencia del lápiz es escribir —pues esa es su finalidad—, lo que da sentido a la existencia del ser humano es la búsqueda de la felicidad. Como el lápiz existe para escribir, el ser humano existe para ser feliz.

Felicidad y santidad

El ser humano nunca está satisfecho. Cuando uno anhela con ansias tener algo, una vez que lo consigue, siempre experimenta el deseo de algo más. Lo que ocurre es que la sed de felicidad del ser humano es “infinita” —en el sentido de que permanentemente está en aumento—. Y una sed de felicidad infinita sólo puede ser saciada con algo —mejor dicho, con Alguien— que también es infinito. Por definición, ninguna realidad creada es infinita. De ahí que nada de lo que ha sido creado puede saciar plenamente la sed de felicidad del ser humano. Esto es algo que rige para todos, creyentes o no.

Cuando uno descubre que esta sed del felicidad sólo puede ser saciada con Dios, este deseo de ser feliz empieza a ser visto como el elemento fundante de un llamado. ¿Un llamado a qué? A “poseer” el único “bien” con el que dicho deseo puede ser saciado. Y la forma de “tener” a Dios es entrando en comunión con Él. Dios llama a todos, sí, pero no como imponiendo algo “desde afuera”. Llama a partir de un deseo que Él mismo ha puesto en el corazón del ser humano. Ya lo expresaba San Agustín con estas palabras: “Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones I, 1, 1).

Dice el Catecismo que “Dios nos llama a todos a la unión íntima con Él” (n. 2014), y esta unión con Dios no es otra cosa que la santidad (Cfr. Gaudete et exultate, n. 20). De ahí que la vocación primordial de todo ser humano —creyente o no— es a la santidad. ¿Quién es santo? Aquel que está unido a Dios y que, por lo tanto, “posee” ya el mayor de los bienes: aquel único que puede saciar plenamente su sed de felicidad. Santo no es otra cosas que ser auténticamente feliz. A la luz de la fe, felicidad y santidad se identifican. Querer ser feliz no es otra cosa que querer ser santo.

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