Jueves, 18 de julio de 2024

Religión en Libertad

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Camino del centenario de su martirio

San Joselito Sánchez del Río (1)

por Victor in vínculis

Se cumplen hoy, en su fiesta litúrgica, 95 años del martirio de san José Luis Sánchez del Río. Hace unos años rescaté la noticia que se publicó inmediatamente en El Siglo Futuro por un sacerdote mejicano que, huyendo de la persecución en Méjico, se estableció en Madrid, donde murió martirialmente en la persecución religiosa española. Lo publicaré estos días, pero primero quiero recoger este episodio desconocido por muchos.
 
 
LOS OPERARIOS DEL REINO DE CRISTO

La archidiócesis de Toledo cuenta entre a sus mejores hijos a la Confraternidad de los Operarios del Reino de Cristo. Hace casi 45 años, en marzo de 1972, con el beneplácito de los Obispos de Tacámbaro, Texcoco y Morelia, el padre fundador Enrique Amezcua Medina (19181992), viaja a Roma y España, para buscar un lugar para la mejor formación de sus alumnos, y encuentra un generoso apoyo en el cardenal Marcelo González Martín, recién nombrado arzobispo de Toledo.

El 3 de octubre de 1972, el P. Enrique lleva 13 seminaristas a Toledo y los inscribe como alumnos internos ordinarios, tras haber conocido y tratado a don Manuel Hernández Jerez, sacerdote diocesano de Toledo y párroco de Olías del Rey. El 16 de enero de 1979, se hace la erección canónica de la casa de Olías (Toledo), como Seminario Mayor de los Operarios del Reino de Cristo, y se trasladan los seminaristas a la Casa que provisionalmente fue preparada. Don Manuel se incorpora a la Confraternidad y será el Rector de dicho Seminario.

El 1 de mayo de 1982, se inaugura y bendice, por el Cardenal Marcelo González Martín, el Seminario de Olías del Rey con la asistencia de diversas personalidades eclesiásticas y civiles de Toledo, particularmente del Cabildo Metropolitano.

Bajo estas líneas, la vidriera de la Capilla del Seminario de Olías, en la que se venera al nuevo santo mártir.
 
 
¿POR QUÉ TRAIGO HOY AL SANTO PADRE AMEZCUA?

Pues por este hermoso relato que el mismo padre Amezcua dio a conocer en su testamento; lo había referido en otras ocasiones.

Un día mientras José Luis pasaba por una población de Michoacán como abanderado del ejército de Cristo Rey, se acercó a él un niño de nueve años, atraído por su irresistible personalidad. El encuentro relatado después por ese niño fue así:

Entre los recuerdos de mi niñez lo que tengo más grabado, como si hubiera sido una visión sobrenatural, es la presencia de José Luis.

Al llegarme a él para conocerlo, estrechaba contra su corazón la Bandera de Cristo Rey, y con fervor extraordinario hablaba de la Madre de Dios a un joven cristero desalentado, tratando de infundirle entusiasmo para ser fiel a sus compromisos de soldado de Cristo. Me acerqué a él, y obedeciendo a un impulso que no pude contener, le dije:

-José Luis, quiero ser como tú, soldado de Cristo Rey. Quiero ir contigo para llevar también yo esa Bandera.

Sonriendo me contestó:

-Eres muy chico todavía. No puedes venir ahora. Lo que tienes que hacer es rezar mucho por mí y por todos nosotros. Y clavando en mí sus grandes y ardientes ojos con una mirada penetrante, imposible de olvidar, prosigue: A lo mejor Dios te va a querer para sacerdote. Y si tú llegas a ser sacerdote algún día, podrás hacer muchas cosas que ni yo ni nosotros podremos realizar. Así que no te apures. Oye, ¡qué tal si hacemos un trato!

Al aceptar yo, él propone:

-Que tú vas a pedir siempre por mí; y que yo pediré siempre por ti. ¿Aceptas?

-Así lo haré. Gracias, José Luis.

-Pues el trato está hecho, concluye José Luis. Venga esa mano.

Y estrecha fuertemente mi mano con la suya que portaba el estandarte de Cristo Rey, añadiendo:

-Ahora hasta que Dios quiera; hasta pronto, o hasta el Cielo.

Conmovido hasta humedecerse mis ojos en lágrimas de admiración y agradecimiento, vi alejarse a José Luis con su compañero para ir a montar sus caballos, pues ya el clarín daba la orden de proseguir la marcha…

Esta entrevista que hubiera podido parecer intranscendente a algún espectador superficial y este diálogo que podría tal vez causar la risa de los incrédulos, tuvo sin embargo, un profundo significado: aquel niño de nueve años que una vez se acercó a José Luis atraído por personalidad irresistible, es ahora sacerdote, y lleva en su corazón los mismos anhelos que llevó José Luis en el suyo como soldado y mártir de Cristo Rey y Santa María de Guadalupe. Anhelos que equivalen a darle a la Virgen Santísima el Templo Vivo que nos pidió en el Tepeyac. Templo que en México se conoce y se ama con el nombre de Reino de Cristo.

Dicho sacerdote es ahora el primer Director del Instituto de Operarios del Reino de Cristo que comparte los mismos anhelos de José Luis y cuyo lema es: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso”, “Rengabit a Ligno Deus”.
 
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