Miércoles, 22 de septiembre de 2021

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Sí que existe, ¿y qué?

Sí que existe, ¿y qué?

por Canta y camina

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 SÍ QUE EXISTE, ¿Y QUÉ?

El demonio existe.  Jesús habla de él en los Evangelios, en diversos libros de la Biblia también se habla de él y algunos santos lo han hecho en sermones y escritos.

Su mayor éxito es hacernos creer que no existe, así no nos preparamos contra sus acciones porque nadie se siente amenazado por alguien que no existe.

Pero Satanás existe. Dios lo creó como un ángel bellísimo e inteligentísimo para que le sirviera, como a los demás ángeles. Su nombre era Luzbel, Luz bella.

Este hermoso y perfecto ángel vio que Dios amaba con predilección al hombre, la última de sus criaturas y mucho más imperfecta que los ángeles. ¡Y encima le entregó la Tierra para que la poseyera y dominara! Sintió envidia del hombre y se rebeló contra Dios de un  modo que sabía que le dolería: engañó a la mujer para que desobedeciera a Dios. Y como es un ángel bastó un único acto libre de su voluntad para decidir su destino eterno: escogió rebelarse contra Dios y Él le cambió el nombre por el de Satanás, Adversario, y lo expulsó del Cielo. Más aún, lo arrojó al Infierno.

Tiene permiso para andar por ahí y “(…) va tras de vosotros para zarandearos como el trigo (…)” Lc 22, 31-32, “(…) como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar.” I Pdr 5, 8.

Ignoro las condiciones de ese permiso, ignoro hasta qué punto conoce nuestro interior, nuestros pensamientos y sentimientos. Pero sé que odia a Dios con todo su ser y todo lo relacionado con Dios, y a todos los que le aman y desean serle fieles y hacer Su voluntad. Por eso nos odia y nos ataca, nos distrae y nos asusta.

Los grandes males del mundo como las guerras, el terrorismo, el Holocausto, la persecución y asesinato de cristianos, el aborto, los genocidios, el hambre, la violencia contra las mujeres y los niños y todo lo que se te ocurra tienen su origen en Satanás, no tengo la menor duda al respecto. Y los males que podríamos llamar pequeños, de andar por casa, como rencores entre hermanos, enemistades, listas de agravios… también.

Satanás engañó al hombre por envidia al principio y sigue haciéndolo y no aprendemos porque “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.” A él Dios lo desterró al infierno por un solo acto de desobediencia mientras que al hombre, que le desobedece una y otra vez, le envió un Redentor. Por eso Lucifer nos guarda rencor para siempre.

Rechazó a Dios -que es el Amor- y es infeliz. Quiere que todos hagamos como él y nos sintamos como él. No tiene amigos porque desde que se apartó de Dios no puede sentir amor más que hacia sí mismo. Se vale de sus seguidores y adoradores para obtener sus propios fines: los utiliza. En el infierno no hay luz, ni amor, ni felicidad, ni esperanza, ni paz, porque todas esas cosas buenas y hermosas proceden de Dios, y en Satanás y todo lo suyo no está Dios.

Por eso trata de quitarnos la paz, porque si no hay paz dentro de nosotros mismos pronto no habrá paz entre nosotros y quienes nos rodean (cónyuge, novio-a, familia, vecinos, compañeros de trabajo, amigos), ni entre nosotros y Dios. Y piénsalo: el mundo está poblado por millones de “nosotros”.

Va a por el hombre al acoso y derribo a todos los niveles, desde los ciudadanos anónimos como tú y yo hasta los gobernantes de las naciones, pasando por banqueros, médicos, legisladores, artistas… todo le vale con tal de apartarnos del camino hacia Dios.

Pero no va de frente porque le veríamos venir y nos prepararíamos, nos cambiaríamos de acera, le evitaríamos como a la vecina plasta que si nos coge por banda nos está soltando su rollo durante veinte minutos. No, la suya es una acción constante y sutil; nos confunde, nos enreda porque mezcla verdades con mentiras, atrae nuestra atención con cosas que nos gustan, que halagan nuestra vanidad en un plano intelectual, luego en el plano material.

Si ve que no le hacemos caso, que no caemos en la trampa, se mosquea y sus ataques se agudizan. Nos quita la paz interior, nos hace inquietarnos, sentir desasosiego.  ¿Cómo hace eso? Se mete en nuestros sueños y en nuestros pensamientos, pensamos en él sin querer hacerlo y nos cuesta quitárnoslo de la cabeza. Esto suele pasar más por la noche, que es cuando todo nos da más miedo porque en la oscuridad, a menos que seas “segurata” en turno de noche, nos sentimos más vulnerables. Él sabe todo eso y se aprovecha, lo dice el refranero popular: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo.”

Otras veces trata de asustarnos escondiéndonos cosas. A mí varias veces me ha escondido mi crucifijo bendecido pero la última vez decidí comprarme varios de golpe y creo que se ha aburrido porque no ha vuelto a pasar.

En ocasiones podemos percibir su presencia aunque no lo vemos, oímos ni tocamos con los sentidos corporales pero notamos que está y, lo más fuerte, sentimos su odio hacia nosotros. Y no es autosugestión, ¡qué narices!

Otras veces, las menos aunque las más escandalosas, se manifiesta de forma perceptible para los sentidos y eso nos sobrecoge porque lo que vemos, oímos y tocamos nos parece más real.

Podemos asustarnos, ¡somos humanos!, queremos gritar y no nos sale la voz, o salir corriendo o movernos pero nos quedamos paralizados… Y eso ¿por qué? ¡Si tenemos armas para luchar y defendernos del enemigo! Tan sólo un pensamiento, una palabra o un objeto pueden hacer huir a Satanás y a todos sus secuaces porque son cobardes.

Basta con invocar a la Virgen María mentalmente si no nos sale la voz, con agarrar un crucifijo, una medalla o un rosario bendecidos, o con esparcir unas gotas de agua bendita y huyen al instante y recobramos la paz. Dice Santa Teresa de Jesús que “de ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita.”

Del rosario he oído recientemente dos ideas que me han gustado tanto que me las he quedado: que es el látigo con que azotamos al diablo y que es la cuerda con la que ahorcamos al enemigo. Y eso sin ruido ni violencia, sentados tranquilamente en el sofá de nuestra casa o mientras corremos por el parque, yendo a clase en el autobús o mientras planchamos, en la iglesia antes de misa de siete, con una aplicación del móvil o con el MP3 y los cascos mientras vamos en Metro o mientras conducimos de vuelta a casa.

Pero no sólo podemos rechazar sus ataques, también podemos prevenirlos frecuentando los sacramentos, que son el alimento que fortalece nuestra alma, orando habitualmente, teniendo presencia de Dios, tratando a nuestro ángel de la guarda, que si le dejamos será un gran amigo.

Esto es una guerra entre Satanás y Dios que empapa el mundo desde siempre. Yo ya he tomado partido: estoy con Dios y contra Satanás. Él lo sabe y de vez cuando la toma conmigo pero me da igual, yo sigo combatiendo. Para empezar procuro estar en gracia de Dios y cuando caigo voy a confesarme, por mucha vergüenza que me dé. Siempre llevo en el bolsillo uno de mis crucifijos, al cuello un escapulario del Carmen y en el bolso un rosario (en realidad más de uno), todos bendecidos por un sacerdote, y un frasquito de agua bendita que cada noche pongo en mi mesilla al alcance de la mano, y que me ha sacado de situaciones desagradables.

Bajo mi almohada hay dos cosas: mi reproductor MP3 y un rosario, ¡cómo no! A veces me duermo rezándolo con San Juan Pablo II, otras escuchando a Coti o a Pablo Alborán, según me dé…

Estas cosas no son amuletos de la buena suerte, son ARMAS poderosas. ¡Y funcionan!

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