Viernes, 23 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Pelagianismo y luteranismo

por Contemplata aliis tradere

 

Hace unos días hubo una discusión en varios blogs en la que he sido protagonista sin proponérmelo. Ya ha salido publicado en varios medios pero ahora, ya sin cortapisas de espacio, lo amplío un poco. El punto de fricción o escándalo fue el tema de la gravedad del pecado de masturbación. Se trataba de un ejemplo que yo había puesto en una entrevista grabada para Alfa y Omega. Me invitaron a que aclarara brevemente mi punto de vista y ahora voy a extender la aclaración con algún párrafo más.

Soy un sacerdote dominico de 80 años y 56 de sacerdocio. Concedo a la Moral y al ejercicio de las virtudes todos sus derechos. Es más, si yo pecara en algo de eso les aseguro que me iría a confesar muy pronto porque es lo que he recibido en mi formación y está en mi tradición. Desde ahí he crecido y esa es mi perspectiva del pecado. Sin embargo, tengo que decir que además del rango o plano de las virtudes y de la moral está el de los dones en el que predomina la acción del Espíritu Santo. Es el plano que hace a uno cristiano adulto.

Cuando hay un predominio de los dones en un individuo o comunidad cambian las perspectivas. Se sube un escalón y se ve otro panorama. Desde la moral y las virtudes no se puede juzgar este nivel del don porque, aun con la gracia infusa, actúan a nivel humano. No dan más de sí. Pues bien, desde el don podemos entender lo que dijo el papa el 15 de octubre pasado en Santa Marta: La doctrina de la salvación gratuita en Cristo Jesús es la única verdadera. Fuera del don esto solo es un concepto no una vivencia salvadora.

Cuando se tiene esta experiencia en el alma, suceden una serie de mociones o fenómenos espirituales: El pecado sigue siendo pecado en ambos rangos, pero el dolor por haber pecado en uno es compunción y en otro culpabilidad. La moral engendra culpa; el Espíritu Santo compunción. La vivencia fenomenológica del pecado varía en cada una de las situaciones. El ir a confesarse es muy distinto: uno va con el sentimiento de estar perdonado y celebra el perdón y afianza su entrega a Dios; el otro lo hace por temor o miedo a las consecuencias. Es más, si hemos muerto y estamos sepultados con Cristo, es decir, no queremos ya vivir desde el pecado y para el pecado, se trasforma nuestra personalidad de pecadores, como dice la traducción española, y nos hacemos una criatura nueva. Si pensamos que este proceso es quietismo debemos crecer aún un poquito más.

Este es el sentido profundo del bautismo que la Iglesia ha ritualizado y hecho sacramento. Aquí está el tema: en una experiencia honda del bautismo ratificada por la confirmación y un pentecostés personal que te haga entrar en la dimensión del Espíritu. La Renovación carismática es ahí donde pone su evangelización: en la renovación del bautismo para llegar a una vida nueva. Sin la experiencia personal del Espíritu Santo no se entienden las cosas más que a medias. El Espíritu te enseña entre otras cosas a no tomar el sacramento de la penitencia como algo mágico. Peco y me confieso, y hasta la próxima. Tengo ahí el conjuro o elixir que me soluciona el problema con lo que no necesito ni a Jesucristo. Con el rito me basta. El sacramento pierde su magia si vamos a confesarnos con el sentimiento profundo de que ya estoy perdonado por la sangre de Cristo.

Al hablar de experiencia me refiero a vivencia que no es un simple sentimentalismo sino un modo de conocimiento no ontológico pero sí óntico. Santa Edith Stein sabía mucho de eso. Mi fe y mis libros están enmarcados en la filosofía fenomenológica que es la que vive hoy la gente no anhelando conceptos sino experiencias vivenciales. Hemos cambiado de época y esto hay que tenerlo en cuenta. Ontológicamente yo no tengo problemas en admitir que una masturbación sea un pecado pero vivencialmente desde la gratuidad de la salvación tiene, sin necesidad de rebajas, un tratamiento distinto que es muy necesario conocer para llegar a la gente de hoy. Con parámetros griegos o escolásticos mucha gente no puede hablar ni con sus propios hijos.

Siendo así, aunque experimentemos por debilidad algún pecado sin desearlo, es evidente que si tu personalidad pecadora ha cambiado por la gracia, o mejor, gratuidad de Jesucristo, la esencia del pecado se ha trasformado también y se ha convertido en un peso, una carga y una cruz. La propia debilidad te sirve de hipoteca y molestia hasta el punto de poder clamar ante el Señor, como San Pablo, para que nos la quite. Seguro que oiremos esta respuesta: Te basta mi gracia, porque la fuerza se realiza en la debilidad. La Vulgata, exhorta en cualquier caso a luchar contra el pecado, pero añade: Peccatum vobis non dominabitur;  non enim sub lege estis sed sub gratia (Rm 6, 14). El pecado no dominará sobre vosotros, aunque caigáis alguna vez. La gracia de que se habla aquí no es la gracia creada, traída a colación por los teólogos desde el siglo XIII, sino la gratuidad y misericordia  con la que Jesucristo nos salva en su cruz y resurrección. De ahí que un pecado cometido sin quererlo y por pura debilidad, como puede ser uno de masturbación, no rompe tu muerte y entrega a Cristo. Otra cosa es si vives en la masturbación sin arrepentimiento pensando que Dios lo perdona todo. Si lo vives así ni estás en el don ni entras en el ámbito de este artículo. En este caso no entregas ni sometes tu masturbación o cualquier otro pecado al señorío de Cristo con lo cual te haces reo de él.

Gracias a Jesucristo y a su gratuidad, el cristianismo no es una fábrica de neurosis y de temores sino de alegría y salvación aun para los más pobres entre los pobres. Incluso para los más pobres y tirados que no pueden librarse de sus pecados existe la esperanza y esta es la gratuidad y misericordia de Cristo resucitado que murió por nuestros pecados. Te pregunto, quienquiera que seas: ¿prefieres morir en ti mismo con todos los pecados vencidos desde tus esfuerzos o en la misericordia de Cristo? Yo prefiero más morir en la misericordia de Cristo que en mis obras y esfuerzos aunque venciera todos los pecados. Cuando esté ante él no citaré ninguna de mis obras buenas como descargo porque en todas me habré buscado a mí. Es más: el ser perfecto, de suyo, no me haría cristiano. Yo he visto entre los budistas gente exteriormente tan perfecta como cualquier cristiano.

            El pelagianismo quiere salvarnos con las obras propias; el luteranismo por la gratuidad extrínseca. En el catolicismo lo que es gratuito es la gracia santificante y su progreso, que al asumirla y padecerla lleva consigo el mérito. La alternativa, pues, no está entre pelagianismo o luteranismo sino entre un cristianismo de esfuerzo y otro movido por la acción del Espíritu. La teología basada en el esfuerzo y en las  virtudes y moral, cree que la experiencia del Espíritu pertenece al reino de la gracia barata y del buenismo. Esa teología ha estado vigente durante mucho tiempo pero ahora se está renovando. No ve más ni puede verlo porque es racional y bajo el dominio de la razón, aunque sea ayudada por la gracia, no se capta la sabiduría misteriosa y escondida de la que habla San Pablo en 1ª Corintios.

No me extraña que el papa Francisco sea tan mal comprendido, porque muchos, sin darse cuenta y sin malicia, forman parte de una Iglesia que está muy cercana al semipelagianismo. La misericordia de la que habla el Papa, actuada sólo por la razón y sus virtudes, no traspasa el corazón del mísero que está necesitado de ayuda y comprensión. Para practicar la misericordia tenemos que haberla experimentado primero nosotros en nuestro pecado y en nuestra pobreza por obra de Jesucristo.  Santa Teresita decía: Lo que agrada a Dios en mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza. Es la esperanza ciega que tengo en su misericordia. ¿Se atreverá alguien a tachar de quietista a esta joven doctora de la Iglesia?

La gratuidad, como correlato, necesita que el Espíritu Santo le revele a cada uno la hondura de su pecado. No bastan los manuales de moral. Desde ahí, desde esa hondura y pequeñez, desde esa indigencia original, se entiende lo que es la muerte de Cristo y la entrega gratuita de su sangre por nosotros. Un abismo invoca al otro: la gratuidad requiere de la pobreza o pecado. Por eso sólo en nuestro pecado encontraremos a Cristo, frase que creo que ha dicho el papa. No se trata, pues, de librarnos de los pecados al uso de los que nos confesamos cada cierto tiempo. Cuando se te revela tu pecado, te enteras de que no sólo cometes pecados sino que lo eres, y entonces todos tus esfuerzos para salir de él se te revelan inútiles si Dios no es el que apuesta por ti en Cristo a pesar de ser como eres.

                                                         Chus Villarroel O.P

 

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