Miércoles, 18 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Los Pelagianos del Papa Francisco

por Creo, Señor, aumenta mi fe

   En la homilía de Santa Marta del 4 de noviembre, el papa Francisco comentaba la parábola de San Lucas de los convidados a la boda. (Lc 14, 15-24) Desde el principio desconcierta el comentario: “No debemos tener miedo a la gratuidad de Dios que rompe los esquemas humanos de la conveniencia y la recompensa.”

   Es la gratuidad de Dios la que nos saca de nuestros límites. Somos tan necios que nos parece imposible que el señor nos llame al banquete gratis. En una sociedad en todo se compra,  se vende o se trampea, que te concedan algo gratis, cuando menos, es sospechoso. O tiene poco valor o algo nos pedirán después.

    El miedo a la gratuidad nos atenaza: “También Tomás <>. Al respecto el Papa recordó el dicho popular <> Entonces, si <> pensamos: <>, mejor permanecer <>. Estamos <>, por que, de este modo, <>. Salir, en cambio, <> nos da <>.

   También nosotros, concluyó el Pontífice, tenemos miedo y <>. En cambio <>. No nos damos cuenta de que como recuerda san Pablo en la carta a los Filipenses (2, 511), todo esto <>. Es Jesús, recordó el Papa, quien  <>. Esta es la <> de Dios. Solo tenemos que <>.

   Quizás, en algunos casos, tenemos que cambiar el chip de nuestra vida creyente. Jesucristo nos ha regalado la salvación con su Muerte y Resurrección. No podemos hacer obras de salvación que anularían la salvación de Jesús.

    El Papa nos ha señalado lo que tenemos que hacer los que hemos sido bendecidos con la salvación de Jesucristo: “abrir el corazón, hacer de nuestra parte todo lo que podamos; pero la gran fiesta la hará Él>>

    ¿Qué podemos hacer?

    Aceptar con sencillez, gratitud y alabanza la salvación que Dios nos da. Vivir con esa actitud, de niños asombrados, por la magnitud del regalo.

    Este regalo implica la liberación radical del poder del pecado, Jesús la ha cargado sobre sí, no de sus consecuencias.

     Implica también la vida nueva que tiene que crecer y desarrollarse. Aquí tenemos una labor personal e intransferible.

      Se nos da la posibilidad de una vida abundante. Se nos da como una semilla viva, una levadura transformante, una luz iluminadora. Siempre en libertad. No soy un recipiente inerte, como un robot que acoge a un ser innominado, Al contrario; soy un ser inteligente y libre que dice sí al don recibido. A este don vivo, puedo anularlo, dejarlo enano, cuidarlo hasta dar el treinta, el sesenta o el ciento por uno.

     Los rosales del jardín pueden ser una imagen de que decimos: Para que den rosas preciosas debemos quitarlos los chupones, cabuchear para dejar la tierra mullida, regarlos convenientemente. Etc. Seguro que las rosas surgirán estupendas. El rosal nos lo han regalado. Nosotros somos incapaces de conseguirlo. Podemos cuidar el rosal para que esté lozano y hermoso y produzca rosas.

     Qué lástima; estamos más preocupados del pecado que de desarrollar la vida nueva de Cristo por la acción del Espíritu Santo.      

  

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