Lunes, 19 de agosto de 2019

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De San Melquíades, el papa madrileño

por En cuerpo y alma

 
            Si señor, como lo oyen, aunque mejor será que vayamos por partes para saber mejor de lo que hablamos.
  
Papa San Melquíades

           Del que luego será el 32 obispo de Roma, o si lo prefieren Vds. el trigésimo segundo papa -en la época casi hay que hablar más de obispo de Roma que de papa-, Melquíades o Milcíades, sabemos que nace en Africa, pero no su fecha de nacimiento. Tampoco sabemos a ciencia cierta la de su exaltación a la silla de Pedro, pues aunque el “Catálogo Liberiano de Papas” citado por el “Liber Pontificalis” de Duchesne da el 2 de julio de 311, el mismo libro afirma luego que la muerte del Papa ocurrió el 2 de enero del 314, y que su pontificado había durado tres años, seis meses y ocho días, lo que retrotraería su nombramiento a un año antes, el 310. En cualquier caso, desterrado su predecesor, San Eusebio, por el Emperador Majencio, a causa de los disturbios que causaba en Roma la cuestión de los lapsi, es decir, la readmisión en la Iglesia de los que habían apóstatado ante el martirio, la sede romana bien podría haber estado vacante algún tiempo.

            El papado de Melquíades es un papado crucial. Y es que a Melquíades le va a tocar gestionar una situación absolutamente novedosa en la Iglesia, la del definitivo fin de su clandestinidad y la no persecución. Primero, con el Edicto de tolerancia de Nicomedia de los emperadores Galerio, Licinio y Constantino, del que por cierto hemos celebrado su 17 centenario hace poco (pinche aquí si desea conocer más sobre el tema), el cual pone fin a la persecución de los cristianos, aunque en la parte oriental dicha persecución aún se prolongue algún tiempo bajo el imperio Maximino Daia. Y luego, con la definitiva victoria sobre sus rivales al trono imperial del pro-cristiano Constantino, que emitirá, como se sabe, el importantísimo Edicto de Milán en 313, también durante el reinado de Melquíades. Un edicto que si en puridad no cristianiza el Imperio como con ligereza acostumbra a decirse (el emperador que verdaderamente lo cristianiza será el español Teodosio), sí supondrá sin embargo su definitiva despenalización y una inicial implantación que posibilitara la total y definitiva algo más de un siglo después.
 
            Lo primero que, en consecuencia, toca hacer a Melquíades es nombrar a las personas que tienen que negociar con la autoridad romana la restitución de los bienes eclesiásticos, para lo cual habilita a dos diáconos, Strato y Casiano. Por cierto que entre los bienes a los que accede la Iglesia se va a encontrar también el Palacio de Letrán, regalo personal del Emperador, convertido en residencia papal y en sede de la administración eclesiástica.
 
            Amén de ello, Melquíades hace traer los restos de su predecesor, Eusebio, desde Sicilia hasta Roma, y los hace enterrar en las catacumbas de San Calixto. Melquíades convocará también un sínodo de dieciocho obispos para resolver la cuestión del nombramiento del obispo de Cartago, cargo que se disputan Cæciliano y Mayorino, en lo que cabe interpretar como una nueva actuación verdaderamente papal del obispo de Roma, decidiendo a favor del primero. Habrá de hacer frente también a la herejía maniquea, que se había incrustado en la misma capital del Imperio. Y emitirá un decreto que prohibe que los cristianos ayunen jueves y domingos, por ser los días que guardaban “los paganos como ayuno sagrado”. Le atribuye El “Liber Pontificalis” también un decreto que establecía que la oblación consagrada por el Papa debía ser llevada a las diferentes iglesias de Roma, costumbre que se ha conservado en la Ciudad Eterna durante mucho tiempo.
 
            A su muerte, ocurrida el 10 u 11 de enero de 314 de manera natural y no por el martirio, en lo que también se ha de contemplar una ruptura con el pasado, Melquíades será sepultado en la catacumba de San Calixto, donde en seguida se implanta su culto como santo. De hecho, el Martyrologium Hieronymianum del mismo s. IV deja constancia ya de la celebración de su fiesta el 10 de enero, aunque actualmente la celebremos tal día como hoy (ayer para Vds.), es decir, justo un mes antes, el 10 de diciembre.
 
            Y me dirán Vds. ¿y lo de Madrid? ¿Pero no decía Vd. que el Papa Melquíades era madrileño? Bueno, yo, lo que se dice propiamente yo, no. Quienes sí lo afirman son, entre otros, los conocidos cronistas de la villa y corte Jerónimo De la Quintana (15701644) y José Antonio Alvarez y Baena, (17541799), quien en su obra “Hijos de Madrid, ilustres en santidad dignidad, armas, ciencias y artes” escribe sobre nuestro Melquíades:
 
            “Papa y mártir [cosa que, por cierto, no fue, como hemos tenido ocasión de constatar] fue natural de Mantua de los Carpetanos (después Madrid) según la autoridad de Flavio Dextro, cuya voz han seguido el Abad Maurolico, Fr. Alonso Chacón, Gregorio López Madera y otros que pueden verse en Gil González y Quintana. Sus padres fueron africanos que huyendo de los herejes donatistas vinieron a España y moraron en Madrid, en donde les nació este hijo, que fue excelente discípulo y maestro de los estudios sagrados y escribió varios libros en defensa de la fe. Pasó a Italia por el año 299”.
 
            Para hacer tan aventurada afirmación uno y otro beben en las fuentes de Flavio Lucio Dextro, historiador barcelonés del s. V autor de la “Omnímoda Historia” (“Chronicon Omnimodae Historiae”). Nada importa que de dicha obra sólo conozcamos el título, porque su texto no nos haya llegado ni a nosotros ni por supuesto a los cronistas citados, que para eso el padre jesuita Jerónimo Román de la Higuera fue capaz de encontrar en el monasterio de Fulda, y “casualmente” en 1594, es decir, cuando la joven capital española se afianzaba en su condición de tal, valiosos fragmentos de la misma. Unos fragmentos que el obispo de Segorbe, Juan Bautista Pérez se apresuraría a publicar aun cuando ni él mismo los creyera otra cosa que apócrifos, y en cuyo libro segundo, se contiene una breve biografía del glorioso San Melquíades(1). Con lo que la entonces joven capital española, necesitada de una historia que la equiparara a las grandes capitales de las potencias europeas, no sólo se equiparaba, sino que las superaba, pues a ver cuántas eran las que en todo el continente podían presumir de haber dado a luz todo un papa.
 
            Felicidades pues a todos los Melquíades del mundo y de España, pero muy especialmente a los que haya en Madrid, que para eso llevan el nombre del único papa “gato” de toda la historia.
                (1) La presente información la tomo de la obra “Madrid. Mitos y utopía” de José María Sanz García, del Departamento de Geografía Humana de la Universidad Complutense de Madrid.
 
 
            ©L.A.
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