Martes, 22 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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Las olas del mar

por Sólo Dios basta

Tumbado sobre la arena de la playa contemplo el mar. Una imagen a la que estoy poco acostumbrado, con diferencia voy con más ganas al monte; el mar, para los que me conocen bien, no me va mucho. Prefiero la montaña, sobre todo la sierra riojana de Cameros donde tantas veces “me pierdo” para dejarme encontrar por ese Dios vivo que sale a mi encuentro “por esos bosques y espesuras plantados por la mano del Amado” que diría San Juan de la Cruz.

Dejo que la grandeza de este paisaje que me envuelve entre en mi vida de un modo especial. En pocos minutos me encuentro lleno de Dios al ver más allá de una mirada normal. Miro, observo y contemplo mientras mi madre descansa a mi lado después de la comida. Me quedo ahí, contemplando la escena que se hace vida en mi interior.  Enseguida me viene el recuerdo de mi querida Madre Ángeles Sorazu, concepcionista franciscana. De niña muchas veces tendría esta misma imagen, es más, la lleva consigo cuando decide entrar como religiosa de la Orden de la Inmaculada Concepción en Valladolid. ¿Y por qué? Porque nace y vive sus primeros años muy cerca de la playa donde me encuentro. La niña Florencia Sorazu, así se llama antes de ingresar en el monasterio, viene a este mundo en la costa guipuzcoana, en Zumaya. Por eso, al estar tan cerca, la siento muy presente y me ayuda a contemplar el mar de este modo.

Madre Ángeles descubre el amor de Dios que le envuelve de modo singular y responde tomando el hábito blanco de las concepcionistas franciscanas; nos describe el amor de Dios en sus escritos espirituales y nos lo representa en sus originales dibujos. ¿Y qué mejor manera de abrirse al amor de Dios que ante la inmensidad, la grandeza y la majestuosidad del mar abierto ante el que da sus primeros pasos? Algo parecido me pasa cuando miro el mar. Me ayuda en esto conocer bien la espiritualidad de esta gran mística del siglo XX cuyo centenario de la muerte vamos a celebrar el año 2021.

Entonces observo cómo se junta el cielo con el mar, las aguas del cielo con las de la tierra, en el horizonte donde se pierde la vista y abre las puertas a la presencia de la omnipotencia de Dios, que es mucho más grande que lo que tengo ante mis ojos que no son capaces de alcanzar el final del mar. Eso me hace ver lo pequeño que soy, un insignificante grano de arena que unido a otros muchos sirve para que los niños que juegan en la playa eleven hacia lo alto castillos y otras construcciones similares sobre la playa. Así actúa Dios con nosotros si nos dejamos en las manos de los niños que nos enseñan el camino hacia el Reino de los cielos. Somos poca cosa, un grano de arena, hay muchos y sin ellos no hay playa. Nos muestran con facilidad que se puede tener a Dios dentro cuando vemos que en el interior de los castillos de arena, de nuestro ser, hay agua del mar, hay presencia de Dios. Así, viendo a los niños jugar en la playa, podemos adentrarnos en nuestro conocimiento propio y descubrir si vemos a Dios dentro de nuestra vida interior.

La marea va subiendo, va ganando terreno a la arena de la playa y va haciendo suya la finitud de los muchos granos de arena. Sube despacio, sin prisas. Se hace barro y después deja de verse. Ya queda todo en el mar. En otro estado. No se ve, pero sigue existiendo. ¿Alguna vez hemos pensado en esto? El agua del mar cubre la playa cada día cuando llega la noche y a la mañana siguiente queda de nuevo despejada para que todos los que quieran se acerquen al mar. Así es Dios. Nos va tomando, haciendo suyos para hacernos criaturas nuevas que nos abrimos a la grandeza de un Dios que es puro amor y que es más grande que el mar y que el cielo unidos. A la vez nos ama y se fija en cada grano de arena porque conoce a cada uno y para cada uno tiene una historia de amor concreta que tiene lugar si en el castillo de arena dejamos entrar el agua del mar. Tenemos que descubrirla. Eso una aventura preciosa. Ahora que comienza el curso y hemos dejado atrás la playa es bueno volver a esos momentos y desde ahí dar el paso a la vida espiritual al recordar como el agua del mar nos refrescaba y hacía barro a nuestros pies dejando una huella. Es la huella del paso de Dios por la vida de aquel que sabe mirar en lo interior de lo vivido este verano para seguir empapándose del agua del mar durante el resto del año. Esto es contemplar el mar.

Para eso hay que dejarse mojar y cambiar por Dios. Solos no podemos. Como la arena de la playa cuando sube la marea mientras quedan al fondo, en el infinito, el cielo y el mar hermanados en el lejano horizonte. Junto a nosotros se encuentran los granos finitos de arena que son muchos, pero no podemos decir que son infinitos. ¿Y en  medio que tenemos? Pues el amor de Dios que toma esos granos de nuestras vidas abiertas a la infinitud del Creador. ¿Y cómo es  ese amor de Dios que nos transforma? Ese amor de Dios es como la fuerza de arrastre que nos envuelve por completo y tira de nosotros cada vez con más poderío hacia el interior de nuestras vidas donde está Dios. ¿Y dónde encontramos ese amor de Dios? Ese amor de Dios lo encontramos en las olas del mar.

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