Sábado, 20 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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El cura de Ezerezetik y el futuro de la Iglesia nacionalista.

por Josue Fonseca

Ezerezetik es un pueblo de la costa vasca, al este de Ondárroa. La mayor parte de sus habitantes se dedican a la pesca e industrias auxiliares. También hay bastante hostelería y  el reclamo turístico es cada vez mayor.

A finales de los 80 tuve mucha relación con dicho lugar por motivos personales. Pasaba fines de semana y hasta quincenas allí, casi siempre de vacaciones; como me gusta pasear, disfrutaba de lo lindo recorriendo las estrechas callejuelas que llevaban al puerto, o los pinares que rodeaban la pequeña bahía en que se asienta. Los domingos, por supuesto, iba a misa.

Había bastantes celebraciones, tanto en la parroquia como en el colegio de religiosas: tal vez unas cinco, contando la víspera. Si no recuerdo mal, casi todas eran en euskera. Para mí eso no suponía demasiada molestia; entiendo perfectamente que en el pueblo todo el mundo habla esa variedad “arrantzale”, silbante y peculiar, cuyo sonido llegué a amar. Al final, hasta podía seguir (a grandes rasgos) de qué iba el sermón, y rezaba o cantaba el Gure Aita  de pie con todo el mundo. No, el problema no era yo. Ni siquiera los turistas.

El problema eran los gallegos. Muchos gallegos emigraron en los años 50 y 60 al País Vasco para trabajar en la mar, porque allí los salarios eran más altos. Pues fíjense, un día acompañé a un señor mayor a la iglesia. Quería hablar con el párroco y pedirle que hubiera una misa (al menos una) totalmente en castellano. El cura debía ser bastante nacionalista. Era joven y le sonreía al buen paisano. Creo que no le hizo mucho caso.

También creo que la mayor parte de los gallegos siguieron sin aprender euskera. ¡Bastante tenían con un trabajo duro e ingrato y con sacar adelante a sus familias! Por supuesto, cuando salí de la sacristía aquel día, me di cuenta de que la Iglesia vasca podía ir despidiéndose de los gallegos de Ezerezetik.

Cambiemos un poco de tercio. Hace algún tiempo unas chicas de nuestra comunidad residentes en una ciudad catalana me pidieron consejo en cuanto a su actividad pastoral. “¡Hay tanto qué hacer!” “¿Dónde crees que podemos ser más útiles?” Se me ocurrió pensar en los inmigrantes latinoamericanos que son numerosísimos en esa zona, y les dije: “dedicaos a ese colectivo, me parece que deben ser quienes lo necesitan más”. Bueno, pues se las arreglaron para que un sacerdote dijera una misa en castellano dirigida a ellos. Era un cura ya mayor, y no se expresaba muy bien en la lengua cervantina. Además la misa era los domingos a las 10 (un horario no muy allá para quien quiere dedicarse a la pastoral juvenil, pero en fin).

Bueno, pues ¿saben qué? Fue un éxito. No solo acudió mucha gente, sino que, con el tiempo se estableció hasta un grupo de oración permanente. No hacía falta ser un genio para intuir que la cosa podría salir bien: sencillamente, en una ciudad de 100.000 habitantes con una gran población inmigrante de América Hispana, no había ni una sola celebración para ellos.

Un buen amigo, barcelonés de pura cepa, me hablaba hace unos años de las celebraciones andaluzas del Rocío, y otras similares en Cataluña. “No te puedes hacer ni idea de lo que son, ni de la gente que atraen: es todo un espectáculo lo de las misas rocieras y todo eso”. A mí me llamó la atención, porque no tenía la idea de que el clero de allí fuera muy partidario de unas manifestaciones religiosas tan ajenas a la “cultura del país”. Así se lo dije, pero él me respondió: “¡No majo! A esas cosas no van los curas de aquí. Se los traen ellos de Andalucía, si no, no hay manera.” Y añadió en tono sombrío: “La Iglesia catalana  pagará algún día esto muy caro!”

Que quieren que les diga. Yo, personalmente, comprendo el afán de expresar en el idioma particular de uno la fe y la liturgia que de ella se deriva. Para los nacionalistas que me lean, diré que el castellano en el que escribo no es mi verdadera lengua materna, así que les entiendo muy bien. Sé que, aunque se conozca perfectamente el otro idioma, no es lo mismo una misa con las palabras en que tu madre te hablaba de pequeño, a otra con un código que “no te dice nada”, personalmente, aunque lo entiendas a la perfección. Pero verdadero problema del nacionalismo religioso no es ese.

El auténtico problema es la idolatría.

La idolatría de creer que las cosas efímeras (sí, efímeras), las que tienen que ver con las realidades de este mundo: la “lengua”, la “cultura”, la “identidad”, la “historia”, pueden más que los valores cristianos como la solidaridad, la justicia, la igualdad, la apertura, la prioridad hacia el más débil (el más pobre, el extranjero y el diferente). La idea de que los gallegos, o los andaluces, o los pakistaníes deben aprender mi idioma, deben asumir las “señas de identidad” de la patria en que habitan, para merecer ser atendidos debidamente, para ser cristianos de igual nivel que los nativos, como si ser hombres y mujeres bautizados no fuera bastante, o suficiente.

No existe ninguna Iglesia nacional. Creo que no tiene derecho a existir. Solo existe la Iglesia de Jesucristo, que se sabe peregrina en Cataluña, el País Vasco, Jerez de la Frontera o Zimbawe, y que, como peregrina (y como Iglesia todavía mucho menos), no tiene ningún derecho a conceder su complacencia ni su benevolencia a cosas destinadas a pasar y a morir. Porque todo aquello que no esté fundado en amor y que no sirva al amor, está destinado a desaparecer en la nueva Creación que Jesús inaugura, y donde “ya no hay judíos ni griegos, libres o esclavos, hombres ni mujeres, porque todos somos uno en Él” (Gal 3,28).

Y cuando no es así, cualquier religión se contamina y se camufla con el veneno de los ídolos: la patria, la raza, la etnia, la historia, la identidad, la lengua de mi madre. Y entonces, casi sin darse cuenta, ella misma se identifica y se pone al servicio de América, de La Cruzada española, de la Gran Serbia o del Reich, y enseguida se encontrará bendiciendo cañones que matarán a otros cristianos, o justificando lo injustificable. Enseguida perderá el norte, y rechazará la evangelización a los pobres, la caridad y el compromiso, para dedicarse a cuestiones que ni son suyas, ni le competen, ni tendrán la más mínima relevancia para la sociedad dentro de cien años, ni la tienen ahora mismo ya a los ojos de Dios.

¿De verdad le importará tanto al Señor, que su santa misa se diga en castellano, latín, catalán o swahili? ¿No mirará él el corazón de quien se acerca a su altar para ver si es justo, si no rechaza, si está limpio de odio y maldad?

¿No habría que ser judío con los judíos, y gentil con los gentiles, y aprender gallego o esperanto para llevar la palabra de Dios a todos, como sea y cuando sea?

Me gustaría acabar con el pensamiento de aquel recio santo catalán que debió ser Guillermo Rovirosa: “que me apunten con los pobres”. Ésa era su verdadera patria.

Espero que la mía también. Y la suya, hermanos católicos nacionalistas. De verdad.

(Y, ya puestos, aprovecho la circunstancia para enviar una fuerte felicitación y un abrazo cristiano a los obispos catalanes Xavier Novell y Romà Casanova, que han sabido celebrar un Encuentro sobre Nueva Evangelización para todos y donde todos, de cualquier parte, se han sentido en su casa: una Iglesia que por algo se llama Católica.

Que el Senyor us beneeixi per la vostra iniciativa profètica: el futur és de pastors com vosaltres! ).

 

 

 

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