Miércoles, 28 de octubre de 2020

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¿Dónde están Francisco, Domingo e Ignacio?

¿Dónde están Francisco, Domingo e Ignacio?

por Carlos J. Díaz Rodríguez

Sostengo la importancia de las primeras órdenes religiosas. No porque las nuevas sean menos significativas, sino porque las antiguas han sido el punto de partida. A veces, al contemplar el contexto social y eclesial, me pregunto, ¿dónde están Francisco, Domingo e Ignacio?, es decir, ¿qué pasa con los franciscanos, dominicos y jesuitas? No es que desconozca su realidad, sino que me parece muy importante, relanzar sus respectivos carismas, para que sean conocidos en el mundo de hoy. Sé que están comprometidos en diferentes proyectos pastorales, sin embargo, falta el ingrediente principal, es decir, fortalecer la identidad carismática. Conseguir, por ejemplo, que el fraile dominico, recupere su faceta como teólogo y predicador itinerante.
Los miembros de las órdenes religiosas, ante el declive vocacional, lejos de dar nuevos pasos, han caído en un sentimiento de derrota, pues si bien es cierto que no es el sentir de todos, hay que reconocer que muchos de ellos se encuentran un tanto desanimados, llegando incluso, a plantearse serios cambios que, en lugar de hacerlos mejorar, los hunden en los problemas del relativismo. Me refiero a esa extraña “obsesión” de olvidar el propio carisma, para asumir las corrientes pastorales que están de moda.
Urge que, por ejemplo, los jesuitas, sin olvidar su compromiso social con los más pobres, sean capaces de hacerse nuevamente presentes en las grandes ciudades, posicionando a la fe en los diferentes escenarios de la ciencia, la cultura, el diálogo interreligioso, la formación de líderes, las misiones en tierras lejanas, etcétera. Ver, una vez más, a los franciscanos, comprometidos con la nueva evangelización, a través de su vida alegre y sencilla. No porque sean una estructura descompuesta, sino porque hace falta acentuar aún más el espíritu franciscano y, a su vez, hacerlo visible en el aquí y el ahora. Volver a las plazas, abrir los conventos, proyectando la imagen de aquel Jesús que se acerca a los pobres y excluídos.
En síntesis, acudir a las raíces, tal y como lo sugiere el Concilio Vaticano II, para actualizar el sentido y vivencia del carisma. Lo anterior, sin lugar a dudas, es la clave para alcanzar el tan soñado despertar vocacional. Las órdenes religiosas, llevan consigo, un tesoro a gran escala, pues reflejan rasgos muy importantes de la fisonomía espiritual de Jesús que no deben perderse o esconderse. ¡Manos a la obra!
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