Tras la misa de masas en Lamezia Terme, el retiro absoluto del monasterio. Benedicto XVI concluyó su visita de un día a la Calabria compartiendo unas horas con los monjes de la cartuja de San Esteban, construida por San Bruno entre 1090 y 1101. Está situada en medio de un espeso bosque de pinos y hayas centenarios, y habitada por pocos eremitas, pero precisamente porque son pocos y parecen algo anacrónico a los ojos de hoy, el Papa ha querido estar con ellos.

Antes de ello explicó el sentido de la vida monástica a los habitantes de la zona que acudieron a saludarle.

"La misma presencia de la comunidad monástica, con una larga historia que se remonta a San Bruno, constituye un constante reclamo a Dios, una apertura hacia el cielo y una invitación a recordar que somos hermanos en Cristo", dijo el Papa.

"Los monasterios tienen en el mundo una función preciosísima, diría que indispensable", continuó, porque contraponen "un modelo de sociedad que pone a Dios y a la relación fraterna en el centro", frente al clima que se respira en nuestras sociedades, que "no es saludable, sino que está envenenado por una mentalidad que no es cristiana, ni siquiera humana, dominada por los intereses económicos, preocupada sólo por las cosas terrenales y carente de una dimensión espiritual, donde no sólo se margina a Dios, sino también al prójimo".


Luego el Papa entró en la cartuja, donde viven los monjes de la orden más austera y penitente, más vinculada a la soledad y al silencio para una entrega absoluta a Dios. Por eso continuó con el mismo discurso, pero detallado para quienes conocen y han probado esa diferente mentalidad que había glosado minutos antes.

"La Iglesia os necesita", dijo tras celebrar vísperas con ellos: "Vuestro lugar no es marginal, ninguna vocación es marginal en el pueblo de Dios. Vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis circular por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios".

Hay una vinculación, explicó, entre la misión de San Pedro y la vocación inaugurada por San Bruno, porque la comunión eclesial que el Papa tiene obligación de guardar "tiene necesidad de una fuerza interior, y el ministerio de los pastores obtiene de las comunidades contemplativas esa savia espiritual que viene de Dios".

Y esto porque "el núcleo de la espiritualidad cartuja es el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo lo que impide esa comunión... Cada monasterio, masculino o femenino, es un oasis donde, con la oración y la meditación, se cava sin cesar el pozo profundo de donde extraer el agua viva para nuestra sed más profunda. Y la cartuja es un oasis especial donde el silencio y la soledad se custodian con particular cuidado".
Luego el Papa lamentó "un fenómeno que ya se perfilaba en los años sesenta: que el mundo virtual amenaza con dominar a la realidad. Cada vez más, sin darse cuenta, las personas se ven inmersas en una dimensión espiritual con mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya con este estilo de vida, parecen querer llenar de música e imágenes todo momento vacío, casi con temor a sentir precisamente ese vacío".

En las zonas urbanas más desarrolladas, añadió, este fenómeno "ha alcanzado tal nivel que permite hablar de una mutación antropológica". Pero es en el silencio donde "el hombre se expone a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente vacío, y sin embargo experimenta la presencia de Dios, de la Realidad más real que existe, más allá de la dimensión sensible".


Es lo que hace el monje, quien "se expone a la soledad y al silencio para vivir sólo de lo esencial". Pero ser monje "exige tiempo, práctica, paciencia", dijo el Papa, quien añadió una frase de San Bruno para caracterizar esa búsqueda: "En una perseverante vigilancia divina, esperando el retorno del Señor para abrile inmediatamente la puerta".

En eso consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia, concluyó Benedicto XVI: "En dar tiempo a Dios para obrar con su Espíritu, y a la propia humanidad para formarse y crecer según la medida de la madurez de Cristo en cada particular estado de vida".

Tras esta bella y profunda reflexión sobre la vida monástica, el Papa compartió unos minutos con los cartujos, y visitó su refectorio, así como una de sus celdas. Cuando se fue, dejó tras de sí unas palabras que serán de las muy pocas que escucharán en los próximos años los monjes. Pero probablemente les valgan para ganar la eternidad.