San Germán de Auxerre, obispo. 31 de julio.

Nacimiento y juventud.
Nació Germán en la misma ciudad de Auxerre, en 380, de una familia noble, que le educó en la fe, y la sabiduría del mundo. Luego pasó a Roma, donde estudió leyes y formó parte del tribunal imperial. El emperador Honorio le creó Dux (como un virrey) de su provincia y le casó con una noble dama romana llamada Eustaquia, familiar del mismo monarca y ferviente cristiana. Volvió Germán a Auxerre a hacerse cargo de su encomienda como Dux, cargo que incluía el mando sobre las tropas, sobre asuntos civiles y económicos. Era amante de la caza, y gustaba organizar monterías para luego exponer las cabezas y entrañas de las grandes piezas que se cobraba, colgándolas en un árbol que había en la plaza pública. A muchos repugnaba esta costumbre, sobre todo a los conversos al cristianismo, pues les recordaba las ofrendas públicas que los nobles paganos hacían a los dioses. Pero nadie osaba reconvenir al joven Dux Germán que, ciertamente, lo hacía por diversión solamente. Nadie, salvo el obispo de la ciudad, San Amador (1 y 11 de mayo), el cual le reconvenía sobre las trazas de idolatría que yacían en su gesto, pero Germán no le hacía caso alguno. Así que, en un viaje que Germán tuvo que hacer, Amador mandó cortar el árbol, lo cual provocó la ira de Germán, que llegó a amenazar de muerte al obispo.

Obispo a la fuerza.
La leyenda dice que Amador se retiró prudentemente a Autun, y allí tuvo la revelación de que Dios quería que su sucesor al frente del pueblo fuera ¡el Dux Germán! Lo sufrió Amador, que no entendió aquella voluntad divina, pero a pesar de su incomprensión, se dispuso a cumplirla presto. Ocurría que, según la ley romana, ningún oficial o funcionario del imperio podía dejar su puesto sin permiso del mismo emperador o, en su lugar, de sus Prefectos. El Prefecto de la Galia era Julio, y a este se fue a ver Amador para confiarle la voluntad de Dios. Este, cristiano devoto, dio el permiso y Amador regresó a Auxerre y dio orden secreta de que cuando el Dux entrase a la catedral, se cerraran las puertas y no le dejasen salir. Así se hizo y cuando Germán entró al templo a los oficios, San Amador se acercó a él, le confió la voluntad de Dios y le ordenó de diácono, nombrándole sucesor. Germán, que era cristiano piadoso, quedó sorprendido, pero no osó contradecir la voluntad de Dios. Pero esto anterior es legendario. En realidad, esto no ocurrió así, sino que el 1 de mayo de 418, murió Amador y el mismo imperio fue quien eligió como a Germán como obispo, eso sí, en contra de su voluntad. Fue consagrado el 7 de julio del mismo año.

Obispo por amor.
Si buen se había opuesto, una vez consagrado, la gracia de Dios llenó a Germán, haciéndole ver el gran bien que podía hacer a la extensión del Evangelio, misión a la que Dios le había llamado. Convino con su mujer vivir en adelante como hermanos, aunque continuaron casados, y además, repartieron todas sus riquezas y bienes a los pobres y a varias iglesias y monasterios. Ambos abrazaron la pobreza y la sencillez evangélicas. Nunca volvió a beber vino, ni a comer pan que no fuera de cebada. Pasó a dormir en unas tablas cubiertas de cenizas, y vestido de sayal. En 429 construyó un monasterio en Auxerre, en honor de Santos Cosme y Damián (26 de septiembre) junto al río Iona, frente al cual colocó de abad a San Aloge (8 de marzo). Poco tiempo después bautizó y sanó milagrosamente a San Mamertino (30 de marzo), que era un pagano manco y tuerto, al que incorporó a dicho monasterio. Fue Germán protagonista de la invención de las reliquias de un mártir de los tiempos de la persecución de Aureliano: San Prix (Prisco, Brys, etc., 23 de septiembre), que aún se veneran en su iglesia de Saint-Bris-le-Vineux. Construyó una iglesia a San Mauricio (22 de septiembre).

Martillo de los herejes y misionero en Anglia.
En este tiempo comenzó el hereje Pelagio a predicar su doctrina, llamada “pelagianismo”, que se enfrentaba a la corriente teológica de San Agustín (28 de agosto; 24 de abril, bautismo; 29 de febrero, traslación de las reliquias a Pavía; 5 de mayo, conversión; 15 de junio, en la Iglesia oriental). Si bien la fe católica enseña como Verdad que Dios crea libremente y da libertad al hombre, y no puede "oprimirle" con una gracia que anule su voluntad, pues estaría destruyendo su propia obra, al eliminar el libre albedrío; pero tampoco la voluntad del hombre puede por sí sola alcanzar la salvación, sin la gracia efectiva de Dios. Sin embargo, los pelagianos rompían este equilibrio entre la gracia de Dios y la voluntad humana, negando la prolongación del pecado original en la raza humana partiendo de Adán, único al que habría afectado este pecado. Por ende, el bautismo de infantes era innecesario. También propugnaba que la gracia era supletoria en la salvación, para la cual bastaba el conocimiento y el seguimiento de Cristo. San Agustín había refutado con amplitud y profundidad estos errores, demostrando que todas las acciones humanas dependen de Dios, que es el que otorga gratuitamente al hombre la salvación. En 418 había sido condenada esta herejía por el Concilio de Cartago, convocado por el papa San Zósimo (26 de diciembre). Esta condena sería luego refrendada por el Concilio de Éfeso, en 431.

En la Galia se extendió pronto el pelagianismo y su variante, el semipelagianismo, del que fue seguidor San Vicente de Lèrins (24 de mayo), que murió antes de la condena formal de esta herejía. El papa San Celestino I (6; 8, Iglesia Oriental; 9 de abril y 27 de julio) envió a San Paladio (7 de julio) a Escocia para rebatir la herejía, y para predicar en Inglaterra eligió a nuestro Germán en 429, y por su parte, los obispos de la Galia decidieron en un Sínodo que le acompañase el obispo San Lupo de Troyes (19 de julio). La crónica de este viaje, obra de San Próspero de Aquitania (25 de junio) mezcla historia con exaltación de la recta fe católica y prodigios de ambos santos, con lo cual aunque es un testimonio de primera mano, hay que tomar "con pinzas".

Llegados a Nanterre, cerca de París, ambos prelados predicaron contra el pelagianismo, y allí se le acercó una jovencita a Germán, deseosa de consagrarse a Dios. El santo, antes que la joven dijera nada, colocó su mano en la cabeza de la niña y predijo su gran santidad. Allí mismo la joven, que no es sino la gran Santa Genoveva de París (3 de enero), hizo su voto y Germán se lo recibió y confirmó solemnemente. Partieron hacia la Gran Bretaña, y cuando estaban navegando, se levantó una terrible tormenta que San Germán conjuró derramando unas gotas de aceite bendito en el agua (Beda dice que fue agua bendita). En Gran Bretaña, el pueblo católico les recibió con alegría, pues venían los santos a confirmarles en la fe católica. Los herejes en un principio rehusaban cualquier controversia hasta que para no quedar en ridículo, aceptaron una conferencia. Fue en Verulam, y los herejes presentaron su doctrina pelagiana con gran aparato, por su parte, Germán expuso la sana doctrina apoyándose en las Escrituras y los Santos Padres, obligando a callar a los pelagianos. Pero para confirmar la Verdad, un tribuno y su mujer presentaron ante ambas facciones a su hijo de diez años, ciego. Los pelagianos nada pudieron hacer, y Germán, sacando una arqueta en la que guardaba reliquias de santos, hizo una oración, la aplicó al niño y este recobró la visión. Todos juntos fueron a dar gracias a San Albano (22 de junio y 2 de agosto, traslación de las reliquias), y Germán mandó abrir el sepulcro del santo, cambió algunas reliquias de las suyas por un poco de polvo y sangre del protomártir de Inglaterra. A su regreso a Auxerre construyó una iglesia en su honor y depositó dicha reliquia allí.

Capitán de ejércitos.
También tuvieron Germán y Lupo parte activa en las contiendas entre los ingleses enfrentados a los pictos y los sajones. Estos invadían constantemente los territorios de los primeros. En 439 dedicieron los de Gran Bretaña presentar batalla y pidieron ayuda a los santos para que orasen por ellos en medio de la contienda. Los santos obispos invirtieron todo su tiempo en corregir las costumbres de los soldados cristianos a la par que convertían a los paganos prisioneros, obteniendo promesa de mejorar de vida y ganando para ellos la libertad. Pasada la Pascua de ese mismo año, y viendo Germán que los enemigos iban a más se puso al frente de las huestes anglas e ideó un ardid: dejó un pequeño ejército en un valle entre dos montañas y él subió a un cerro, luego de dar la orden de que repitieran lo mismo que él. Al ver a los piratas sajones, Germán clamó “Alleluia, Alleluia, Alleluia”, grito que repitieron sus soldados. Y el eco hizo lo siguiente: se repitió tanto, que los adversarios creyeron que aquel bramido correspondía a un terrible ejército, y huyeron dejando un valioso botín.

De vuelta a Auxerre.
Luego de su cruzada evangelizadora, Germán y Lupo regresaron a sus sedes. Germán halló la suya gravada de impuestos, por lo cual se fue a Arlés, a arreglar la situación con Auxiliar, el Prefecto de Roma para las Galias. Este le recibió con amabilidad y le pidió sanase a su mujer, cosa que hizo el santo a cambio de librar al pueblo de las cargas e impuestos que le habían sido exigidas. Vuelto a su diócesis el Santo se dedicó con ahínco a reformar las costumbres del clero y del pueblo, reparó algunas iglesias y se ocupó de la caridad para con los enfermos. Cuando tenía un tiempo libre, se retiraba a su monasterio de Santos Cosme y Damián para hacer oración, leer y hacer penitencia "por sus muchos pecados", decía.

Segunda misión en Gran Bretaña.
En 446 fue llamado otra vez a la Gran Bretaña para predicar y socorrer a la iglesia local frente al pelagianismo, que volvía de nuevo a fomentarse. Para esta misión tomó de compañero a San Severo de Trier (15 de octubre). Ya en tierra de misión, buscaron a los que se habían desviado de la doctrina católica y caído en el pelagianismo, para convertirlos, luego convirtieron a algunos predicadores de aquel error, y de nuevo con milagros probó la verdad del Evangelio que predicaba, sanando a un niño cojo, hijo de un hombre principal. Constató Germán que sin buenos predicadores y misioneros, nunca se extirparía aquella y otras herejías, así que estableció algunas escuelas para los presbíteros en las catedrales y principales iglesias. Ordenó presbítero a San Illtud (6 de noviembre) y de obispo a San Dubricio (14 de noviembre), aunque con esto hay alguna confusión, porque ambos santos florecieron más bien en el siglo VI. De estas escuelas monásticas salieron santos evangelizadores como los hermanos San Tugdual (30 de noviembre) y San Lunaire (1 de julio; 2 de septiembre, Todos los Santos Obispos de Rennes, y 30 de julio, la liberación de Trélévern).

La Galia y Rávena.
Volvió el santo obispo a su país y ya llegaba a Auxerre cuando tuvo que interceder ante Eocarich rey bárbaro de los germanos, que castigaba a los habitantes de Armorica a causa de una rebelión. El bárbaro se enfrentó a Germán, pero el santo apenas tocó la brida del caballo y comenzó a hablar en voz baja, desarmó al pagano, que prometió mansamente no hacer más daño a los afligidos de la provincia, si el mismo emperador Valentiniano III les perdonaba. Y, claro, partió Germán a Rávena, donde se hallaba el emperador. Sin poder descansar ni visitar su sede, de nuevo a los caminos. Al pasar por Milán, liberó a algunos posesos del demonio, y sanó a algunos enfermos. En Rávena le recibió el obispo, a la sazón, San Pedro Crisólogo (30 de julio). El emperador y su madre, Galla Placidia, le recibieron con honores, y para no faltar a la humildad del santo, le enviaron todo tipo de manjares sencillos y sin nada de carne o vino. El santo en respuesta envió a la emperatriz madre una rebanada de pan de cebada en un trozo de palo. Esta, teniéndolos por grandes reliquias, recubrió de oro el palo y el pan lo conservó con devoción y algunos milagros alcanzó de Dios por su medio. Alcanzó Germán el perdón de Valentiniano, realizó algunos milagros como resucitar al hijo de Volusiano, Canciller y Secretario real. Una leyenda externa dice que convirtió a cinco  hermanas Magnencia, Pallacia, Máxima, Porcaria y Camila, las cuales habrían acompañado el cortejo de las reliquias de Germán hasta Auxerre, donde Santa Camila (3 de marzo) quedó como reclusa.

Entrada a la gloria.
Estando en Rávena, se sintió enfermar Germán y un día, después de Maitines, dijo a los obispos y clero reunidos a su vera: "Hermanos míos yo os encomiendo a vuestras oraciones mi partida a la eternidad. Me parece que vi esta noche a mi Salvador, que me daba prevenciones para mi jornada, y me dijo que aquello era para que me fuese a mi verdadera patria, para recibir el eterno descanso". A los pocos días cayó enfermo, con gran pena de todos. A la emperatriz dijo el santo que procurase que su cuerpo fuera llevado a Auxerre, y esta asintió, aunque con pena, pues pretendía gozar de la presencia de sus santos restos. Luego de días de padecimiento, el gran apóstol Germán entraba a la Vida el 31 de julio de 448, luego de un episcopado de 30 años. La traslación de las reliquias fue espectacular. La emperatriz cubrió el cuerpo con una tela brocada y riquísima, y lo depositó en un bello ataúd. Se dispusieron carruajes reales y seis obispos acompañaron el cortejo. Habiendo sido avisados en Auxerre, el clero y pueblo de esta ciudad salió a recibirlo, llegando hasta los Alpes, donde se hizo la entrega del cuerpo de San Germán. Fue sepultado a 1 de octubre, en el oratorio de san Mauricio, la actual abadía de San Germán. Su culto se extendió pronto y varias iglesias le fueron dedicadas en la Galia y Gran Bretaña, donde tan buen recuerdo tenían de él.
 

Fuentes:
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año". Julio. R.P. JUAN CROISSET. S.J. Barcelona, 1865.
-"Vidas de los Santos". Tomo VIII. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD.
 

A 31 de julio además se celebra a San Antonio de Hungría, carmelita mártir.